18 diciembre, 2006

De los trazados para volver a Sevilla

oco antes de sonar la campanilla para el almuerzo, llamó Su Ilustrísima para decirnos que el día veinte se daría cristiana sepultura a los restos de los finados, pues ya la guardia e los científicos habían cumplido con sus tareas. Así, decidimos partir para Ronda mañana en la mañana e luego volver para Sevilla al atardecer. E Antonio, casi en llantos, lamentaba no poder asistir a tal ceremonia, mas, estando presto el almuerzo, le dije:

“Llevadme esta tarde a hablar con Carmen, la tahonera para la que trabajáis, pues debe saber ella lo ocurrido e pienso llevaros a Sevilla. No quiero lágrimas agora, que tenéis aún mucha vida para verterlas”.

Y en oyendo esto, dijo Ildefonso podía traer de Ronda a un hombre que hiciese el reparto, mas aseguróle Antonio que no sabría donde llevar el pan ni las cantidades que habría de entregar en cada casa.

“Oigamos entonces lo que dice doña Carmen – le dije -, que no creo se niegue a que vengáis con nosotros a despedir a vuestros amigos desaparecidos”.

“No creo se niegue – me dijo – si sois vos quien se lo dice, pues os aseguro que siempre me pregunta cosas sobre vuesas mercedes, que gran admiración os tiene, e de saber que Marinín es mi amigo se siente orgullosa”.

“El almuerzo espera – mostré el camino al comedor -, mejor tomemos los alimentos calientes e no fríos, e sabed que hoy también seréis vos, Antonio, quien presida e bendiga la mesa”.

«Señor, bendice estas viandas que vamos a yantar ganadas con el sudor de nuestras… de la frente de su excelencia, para que sean alimento para nuestro cuerpo e así podamos glorificarte e bendice también a los que ya no las van a poder tomar con nosotros».

Hubo un silencio luengo en la mesa y en el servicio e, al cabo, oímos una voz conocida desde la entrada al comedor:

“Dios me advirtió de que entraba en una familia cristiana e sincera e agradecida, mas no me dijo que el que en ella entra abre su corazón”.

Su Ilustrísima, nos miraba con asombro junto a Valeriano desde el salón. E, pidiendo licencia, levantáronse los niños e fueron a besar su cruz.

“¿Cómo estáis aquí – preguntó Marinín – si habéis llamado ha poco por teléfono?”.

“Desde un coche – le dijo – también puede llamarse”.

«Dios ya os ha bendecido, hijos; tan fácil me lo pone, que sólo he confirmar su voluntad».

En Grazalema e a diez y ocho de diciembre del año de dos mil e seis.

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