ra la mañana muy fría e vinieron a vernos don Antonio e su señora e hubieron los niños gran contento e les decían les había tocado la lotería que les había regado Su Ilustrísima.“¿Os ha tocado, hijos? – les decía Pastora -. Tendréis que comprobar agora cuánto e habrá que ir a cobra ese montante a Sevilla”.
“Así ha de ser, señora – espetó Su Ilustrísima -, aunque habrá que ir a Santiponce, que los números que les he dado se han vendido en el Ventorrillo Canario”.
“¿E qué cosa hacías vos allí – preguntéle con asombro – a no ser que fueseis a comeros una buena chuleta asada?”.
“Mal encaminado no andáis, sobrino – me dijo en risas -, que como se come allí una buena pata de cordero no se come en otro sitio y en estando de tanto fideo, alguna alegría tendría que darle al cuerpo e una pata me comí e la lotería compré”.
Y en casa estuvimos cerca del belén una buena pieza e los dos niños más mayorcitos volvieron a mostrar al pequeño cada parte dél.
Y en marchándose el matrimonio, pusiéronse los niños a hacer sus trazados para usar el dinero e según los oía Su Ilustrísima, los miraba por encima de las gafas:
“Hacer esos trazados – les dijo – puede haceros sentir luego algún disgusto, que no es el primer cuento de la lechera que oigo”.
“¿E cómo es ese cuento, tío Juan? – preguntóle Marinín - ¿Acaso a esa lechera le tocó también la lotería?”.
E riendo e mirándome como asintiendo, les dijo:
“Más que tocarle la lotería, se le fue el santo al cielo. Venid aquí, pequeños, que he de referiros el tal cuento porque os sirva también de ejemplo para vuestras vidas”.
Así, pasamos Ildefonso e yo al comedor por sentarnos una pieza apartados en la otra chimenea e, al acercarnos a ella, vi una de las cuatro banquetas caída en el suelo:
“¡Santo Dios! – exclamé palideciendo -, que cosa tal no esperaba”.
“¿Qué os sucede, Marino? – preguntóme Ildefonso -, que más parece habéis visto al mesmo diablo que una banqueta caída, pues antes sentéme yo en ella e parecióme poco fuerte e, viendo podía verme con los huesos en el suelo, así la he puesto y he de repararla”.
“No se repare – le dije grave -, sino cámbiese por otra nueva que no se caiga”.
E porque me diese un poco de aire fresco, salí ancá Castro [a casa de Castro] a comprar unos dulces para los niños e, habiendo subido pocos metros de la calle, cruzóse conmigo una mujer enlutada y embozada en diciendo:
“Os lo advertí, excelencia; ni campesino ni marqués”.
En Grazalema e a veinte y tres de diciembre del año de dos mil e seis.


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