asó el domingo en fiestas y en regalos y en pláticas hasta la hora de la vuelta e, tomando el nuevo coche, fuimos a Ronda a dejar a Su Ilustrísima, e vinimos para Sevilla.Pensaba el servicio yo iba a empezar a ausentarme otra vez e hube de prometerles tal cosa no sería posible, pues había que cuidar de los niños e preparar algunas cosas más. Noté en Marinín, por la mañana, cierta desgana para asistir a las clases, mas viendo luego a sus amigos felices por ir a la escuela, fuése de más contento.
“Si mal acostumbráis a este niño a cumplir con sus obligaciones – me dijo Marcos -, muy dificultoso os será luego volverlo a su camino”.
“Cosa parecida me ha dicho don Juan – aclaréle -, que aún sabiendo que el niño tiene conocimientos como los adultos tenemos, piensa debe cumplir con su obligación de asistir a la escuela e cumplir con precisión sus horarios”.
E llegaron a la hora esperada e les ordené se quitasen el uniforme e bajasen al almuerzo e, tras éste, hubieron una pieza de descanso e pusiéronse a cumplir con sus obligaciones mientras Marcos e yo preparábamos documentos en el bufete, cuando sonaron las musiquillas de mi móvil:
“Capitán – era la voz de don Julio -, pienso imagináis quién soy”.
“Lo he visto escrito en el teléfono, lo pienso e conozco vuestra voz – le dije -. ¿Acaso hay cosa nueva que yo deba conocer?”.
“Bien pensáis e no erráis – contestó -, que después de permitir a Marinín la ausencia de una semana en acercándose algunos exámenes, creo no es de razón me entregue sus tareas como las he visto, que más bien me parece alguien se las ha hecho e debe ser él el que las haga”.
“Permitidme deciros, don Julio – le dije con amabilidad -, que cuanta labor os haya entregado, él mesmo la ha hecho e Su Ilustrísima don Juan las ha revisado e ha visto que tareas tan bien hechas como esas tiempo ha que no ve”.
“Así me ha dicho su profesor – replicó -, que más parecían tareas hechas por un obispo que por un pequeño de siete años”.
“¿Dudáis entonces – le dije – de que haya sido el niño el que las ha hecho?, porque si así es, dispuesto estoy a ir con él mañana e ponerle ante vos tareas más complicadas que esas sin perderle la vista. Bien sabéis que Marinín no parece niño de siete años”.
“Ni lo parece ni lo es – apuntó -, pues dudando de que las tareas las hubiese hecho él, yo mesmo he hablado con él una pieza, e debo deciros que es éste niño para una escuela de niños especiales, que sin haberle enseñado más cosas que a los demás, sabe cosas que yo dudo”.
“En vuestras manos dejo pues – le dije -, se haga con él lo que sea menester, mas también os digo que reservada tengo su plaza en esa escuela e pagado está su sitio, desta forma, si cambiásemos a mi pequeño de lugar por su sabiduría, quisiese yo su plaza se cubriese con otro niño al que sería gustoso de darle una buena educación”.
E percibiendo en él cierta duda, le dije iría a visitarle.
En Sevilla e a cuatro de diciembre del año de dos mil e seis.


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