12 diciembre, 2006

De los avisos e del sentimiento de la impotencia

legó entonces el peor de los momentos, pues había que avisar a las familias de lo ocurrido. Antes desto, quise hablar con Su Ilustrísima e, al narrarle los hechos, le oí gritar e me pareció arrojó el teléfono, mas tomándolo luego casi en llantos, me dijo:

“Capitán, no podemos en estos momentos flaquear; pensemos con la cabeza e no con el corazón. Dejadme a mí avise yo a las personas de Ronda, mas deberéis avisarme cuándo e cómo se celebrará el entierro”.

“Tal cosa aún no puedo deciros, que deben averiguarse aún muchas otras. Sus restos deberán estar juntos hasta que todo se aclare. Pediré se oficie una misa de responso aquí, en la capilla de San Jorge”.

“¿Estáis en la Caridad? – preguntó -, pues siendo así, os prometo no tardar más de dos horas en llegar allí. Mientras tanto iré dando avisos e ya diremos cuándo se celebrarán los funerales”.

“Tío Juan – le dije en lágrimas -, Dios os lo pague, pues no sabéis lo culpable que me siento de todo esto”.

“Erráis – contestó con enfado -, que estos últimos tiempos de vuestra vida la habéis entregado en cuerpo e alma. No quiero volver a oír esas palabras, sino que, si es preciso, yo mesmo buscaré al verdadero culpable”.

Así, avisé también a Cayetano e oíle gritar con impotencia e no atinaba éste a decirle lo ocurrido a María, que fuese retirando en amargo llanto.

“¿Cómo he decir esto a doña Dolores, capitán? – me dijo más sereno -. De razón no me parece se lo digáis por teléfono. Dejadme ir a comunicárselo e a consolarla”.

“¡Tomad fuerzas! – le dije -; bebed si es necesario e llevadla con vos a casa con sus hermanas porque no se sientan solas e atendedlas como a mí mesmo me atendéis”.

“Dejad sea yo – dijo el hermano mayor – el que prepare el entierro cuando llegue el momento. Toda Sevilla llorará lo ocurrido e pedirá justicia, mas debemos ser humildes”.

E así pasé un día entero hablando con unos e con otros e firmando papeles e haciendo llamadas.

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