12 diciembre, 2006

De los avisos de Dios

ube de dar muchos avisos, mas hubo uno que yo no esperaba, pues a media tarde, llamóme don Julio:

“Capitán – dijo con cierta sorna -, no diréis agora que las faltas de asistencia a las clases son cosa de los niños o cosa mía. Siento deciros con adelanto, que si siguen los niños sin acudir diariamente, como está establecido, habré de tomar otras medidas”.

E a esto que me dijo nada contesté, sino que guardé silencio.

“Capitán, ¿seguís al teléfono? – preguntó con intriga -. Eludir las responsabilidades de nada os ha de servir”.

E fue entonces cuando mi mente se levantó e le dije gravemente e con toda seguridad:

“No, don Julio, sigo, por desgracia, oyéndoos. Mas he de deciros que disponéis de las plazas libres de todos ellos, incluida la que teníais para Julio. Haced con esas plazas lo que Dios os dicte”.

“¿Acaso vais a cambiar a los niños de escuela porque esta no os gusta – dijo - o es que mis comentarios os molestan?”.

“Diría yo que por ambas cosas - respondíle – mas no sería verdadero e deso, puedo aseguraros, no podéis tacharme. Tomad buena nota de lo que os digo, pues han muerto en accidente Diego Jesús, Fermín e Julio e Marinín ha salvado la vida, mas no volverá a escuela donde un director no le cree”.

“¿Qué cosas me decís, vive Dios? – farfulló - ¿Muertos en accidente?”.

“Así es, señor director. Os habéis librado de tener a vuestras órdenes a niños que podrían dároslas a vos. Id preparando los documentos, que las plazas os quedan pagadas todo el año e libres para niños más tontos que obedezcan vuestras órdenes”.

“¡Santo Dios, espero habléis en serio!, pues…”.

E colgando el teléfono, acabé la conversación.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario