iendo la semana de tanta fiesta, decidí visitar a don Julio esta mesma mañana e, saliendo con Valeriano e los niños, fuime de paseo en el coche a la escuela e parecióme ver en el rostro de don Julio un gesto de incomodo al verme. Bajando del coche con más lentitud que los niños, fui a saludar al director:“Muy buenos días nos dé Dios – le dije descubriéndome -, aunque frescos parecen”.
“Buenos días, capitán – respondióme -, agora he de atenderos cuando venga el padre Emilio”.
“Aquí os espero – respondíle -, que no quiero ser estorbo ni para los niños ni para vuestro trabajo”.
E pasada una corta pieza, llegó ese tal don Emilio (uno desos curas sin sotana) e pasamos al despacho donde hubimos una larga plática, pues ni creía del todo el niño había hecho solo sus tareas, ni pensaba un padre debería permitir a su hijo faltar a sus obligaciones en la escuela. E a pesar de mis razones sobre lo sucedido, insistía de tal manera, que le pedí fuese el niño llamado a nuestra presencia e, dando un aviso, tocó Marinín a la puerta e le dio don Julio su permiso.
“Pasad, hijo – le manifestó -, e sentaos en este lado. Vuestro padre insiste en que son estas vuestras las labores e quisiera yo desmostráseis tal cosa ante él e ante mí”.
No habló Marinín, sino que hizo un gesto de aprobación primero a don Julio e luego a mí.
“Mientras platicamos nosotros – dijo don Julio – os pondría yo unas pruebas aparte e sin documentación donde basaros, que bien pudiera ser que seáis muy listo e toméis los datos de quién sabe qué otro lugar”.
“Permitidme, padre – le dije -, por esta vez os dé un consejo, pues vos sabéis cómo habréis de llevar la escuela, mas sé yo cómo llevar a mi hijo. Ya conocéis su escritura perfecta e docta. Hacedle aquí mesmo, ante mí, cuanta pregunta creáis necesaria; sin pluma ni papel. Si esta prueba no os satisficiera, haced cualquier otra”.
“Sea pues – contestó -, que lo que me interesan son sus conocimientos e no su letra”.
Así, comenzó con preguntas fáciles e Marinín a todas le daba respuesta, e luego fue haciendo preguntas más complejas, e también Marinín le fue contestando. E a tal nivel llegó, que alguna que otra respuesta yo no sabía. Parecióme don Julio sentía disgusto e le dijo al niño con un tanto de ira asomando en sus ojos:
“Paréceseme que deberíais ser vos quien hiciera las preguntas, pues con los conocimientos que parecéis tener, ya hubieseis examinado de bachiller”.
Así, sin otro pensamiento, e manteniéndome yo quedo, le preguntó Marinín:
“¿En qué consiste el embolismo del calendario hebreo, señor?”.
E siendo esta pregunta que, en cierto modo, debería saberla un sacerdote, levantóse don Julio con furia, tomó al niño por el brazo e me dijo ya hablaríamos al acabar las fiestas. Sentí nos obligaba a salir de su despacho, tal vez por despecho e, tomando yo a mi hijo por ese brazo (mas con cariño e no furia), le dije volvería a visitarle con algunas otras novedades que tendría que meditar. Así, volvióse hacia su mesa e le dijo Marinín:
“Padre, no me habéis contestado a la pregunta que os he hecho. ¿Me dais licencia para salir?”.
“Ni vos mesmo sabéis lo que preguntáis – contestóle con gravedad -. Idos”.
E antes de salir e cerrar la puerta, volvióse Marinín en diciendo:
“El embolismo del calendario hebreo consiste en la duplicación del mes Adar, señor”.


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