iendo el día frío e de mucha ventisca, sentámosnos en el salón a escuchar las músicas e parecióme ver a Marinín hacer ciertos movimientos con las manos e mover su boca como si hablase, mas no decía palabra. Acabada la pieza musical, preguntéle qué hacía con las manos mientras oía la música e me dijo:“Así como nos han enseñado en la escuela e yo mesmo he leído, trataba de medir los compases e las frases e solfear sin pronunciar palabra para no molestar. ¿Es que no debo hacer eso?”.
“¿Qué cosa decís? – respondíle -, que no hay placer mayor que unirse a la música aunque sea con leves movimientos de las manos e no son éstos molestos. E bien cierto es que debe solfearse en silencio por no estorbar la escucha a los demás”.
“Es el Concierto en Re menor de Marcello – dijo Diego Jesús -; uno de nuestros preferidos e que sabemos casi de memoria”.
Y en oyendo esto los mayores, nos miramos con sorpresa e preguntéle a Diego Jesús:
“¿Acaso la música que os gusta es la barroca?; pues hay agora también músicas muy bonitas”.
“De todas las épocas las oímos – contestó -, mas esta es de las menos dificultosas, que si hubiésemos instrumentos, podríamos tocarla”.
“¡Santo Dios! – exclamó don Juan -, ¿es cierto eso que decís o es que lo imagináis?”.
“No tal – contestó Fermín -, que muchas noches hacemos con sonidos de la boca algunas piezas e Marinín dirige nuestra orquesta”.
E levantándome un tanto sorprendido e otro tanto incrédulo por ir a ver el funcionamiento de la cocina, le dije a Marcos:
“Preguntad e anotad los instrumentos que cada uno quiere para hacer la música, que es ésta arte que cultiva la mente e regala los oídos de los demás”.
Así, pasé a la cocina e vi al servicio hablando e riendo:
“¿Qué cosa sucede? – les dije - ¿acaso no pueden fregarse e recogerse la loza e los cubiertos?”.
“A fe, capitán – respondió Cayetano -, que cosa tal ya no hay que hacer, pues esa máquina (me señaló un pequeño armario blanco), ya lo está haciendo. No tengáis cuidado, que se harán mientras tanto las habitaciones, que son agora más”.
Sorprendido otra vez, volví al salón e vi Marcos me miraba confuso e me decía:
“Marino, capitán, coronel, excelencia o lo que seáis, ¡que piden estos niños tanto instrumentos clásicos como actuales!”.
E pensando yo que antes de comprar nada habría que hacer una prueba, le dije a los pequeños:
“Cosa como la que vi e oí la otra noche, cuando cantabais el Salve Regina con sólo haberlo oído dos veces, me dejaron suspenso. Mas quisiera yo, si ello fuese posible e no os fuera de mucha fatiga, oír algo de lo que decís cantáis”.
“Por ventura, capitán – me dijo don Diego -, que no entiendo tal cosa pueda ser cierta”.
E levantáronse los niños e, poniéndose en pie frente a nosotros, dio Marino la entrada con la mano e oímos un Salve Regina perfecto, con su letra e bien temperado.
“¿Tan mal lo hacemos?”.
En Grazalema e a nueve de diciembre del año de dos mil e seis.


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