18 diciembre, 2006

De las costumbres del despertar

uy de temprano, parecióme Ildefonso se levantaba, mas, al mirar hacia el lado, encontré los brillantes ojos de Marinín e me dijo éste muy quedo:

“Restar solo en mi dormitorio no quiero, por eso he venido. No he de molestaros, seguid durmiendo”.

“¿Solo, decís? – preguntéle igual de quedo - ¿Acaso no está Antonio con vos?”.

“No, ya no, papá – respondió -, que hoy es día de reparto e hase despertado muy temprano, hase vestido con la otra ropa e se ha ido”.

“Un amigo responsable tenéis - le dije -, pues con sus obligaciones cumple sin que nadie se lo diga. Quedaos si queréis, mas seguid durmiendo e no sed de estorbo a Ildefonso a base de patadas”.

E volví a caer en sueños hasta que unas risas me despertaron:

“¿Qué cosa ocurre para reír así? – les dije -; hora es ya de levantarse pues no siéndolo tendríais que darme razones”.

“Ya hemos despertado e jugando estamos – dijo Ildefonso -; id despertando también vos que vendrá ya la hora del desayuno”.

“Marcos ponía siempre un jugo de naranja a papá por las mañanas – le dijo Marinín -, ahora se lo pondré yo”.

E señalando Ildefonso a mi mesilla y encendiendo la luz sin decir palabra alguna, vi sobre ella la copa con el jugo de naranja:

“En todo este tiempo – dijo luego -, he conversado a veces con Su Ilustrísima e una dellas, refirióme esta curiosa costumbre que habéis. Al despertar, salí al pasillo e allí estaba ya preparado por el servicio en una mesita. Lo he tomado e os lo he puesto ahí”.

E no supe qué contestar, sino que lo di a probar a Marinín (que se relamía) e luego miró éste a Ildefonso e dióle un beso.

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