medio día, mucho antes del almuerzo, bajé con Antonio e Marinín a la tahona de Carmen e, viéndonos ésta de entrar, nos hizo pasar a una sala dentro y abrazónos a todos en lágrimas sin decir nada.“No lloréis, mujer – le dije -, que ni nuestro llanto ni el vuestro ha de volver las cosas a como estaban. Orad por sus almas, aunque creo no necesitan mucha oración para estar en el lugar que todos deseamos”.
“¿Restaréis aquí unos días? – preguntóme al cabo -, pues he de dejar holgar a Antonio todas estas fiestas porque esté con vuesa merced e vuestro hijo e sus padres. He de pagarle las semanas aunque no trabaje, como aguinaldo, que mucho tiempo lo ha hecho por su bondad y el interés que lleva dentro. Y yo he de hornearos unos panes e unos dulces para todos”.
“Lo que proponéis aceptamos – miré a Antonio -, pues nos servirán estos días para cerrar la herida que nos ha quedado. A casa estáis invitada también a ver nuestro belén, que los pequeños lo han colocado en el comedor, e tomaréis allí alguna cosa con nosotros”.
“Mucho tiempo no puedo faltar desta casa y este negocio – me dijo -, que ya sabéis mi casa es harto complicada (doña Carmen tiene una hija con retraso de la mente)”.
E al volver de nuevo a casa, encontramos una mesilla con un paño e una bandeja de plata sobre la que había pequeños panecillos puestos por Ildefonso e nos dijo cada uno tenía una sorpresa en su interior, mas por comerlos frescos, no deberían esperar a la Nochebuena: «A los niños ha de gustarles, que son muy gustosos de comer».
Y en oyendo esto don Juan, acercóse a él e le dijo:
“¿Quiere decir eso, que los menos niños no podremos catarlos?”.


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