entados en una luenga mesa, pusieron sobre ella muchos papeles e así comenzó a narrarme el inspector leonés:“Todo sabemos ya sobre este asunto, mas no podemos actuar nosotros aunque tengamos permisos de muchas instancias. Vos, deberéis ser vos el que libere esa caja de las manos donde se halla. Sé es una labor muy difícil, mas es imposible para nosotros; no podemos poner a la mesma guardia a luchar contra un jefe de la guardia”.
Bebió algo de agua de un vaso mientras nos servían un café e continuó hablando:
“De buena mano sabemos cuándo e cómo podréis capturarlo, retirar la caja (e tal vez vuestro dinero) e hacer con él alguna cosa que no le permita volver a sus andanzas”.
“No quiero venganza – les dije -, mas no puedo perdonarle lo que ha hecho e si me pedís cumpla mi misión, he de hacerlo sin dudar. No ha de temblarme la mano”.
“Tampoco nosotros os hemos llamado para que os venguéis – me dijo el sevillano -, aunque sí he de suponer que lo sufrido bien merece le deis un susto y evitéis, de alguna forma, este hombre pueda volver a hacer tales cosas, aunque sí creo la solución imagináis”.
Así, terminó con algunas frases el inspector leonés:
“Sólo hay un lugar y una hora para ello, mas me temo que ambos son poco adecuados en apariencia. La casa de Andrés hállase en un retirado barrio de Madrid; vive en casa lujosa, no os dejéis engañar por su desaliño indumentario. Su mujer e sus hijos partirán para la cena de Nochebuena a una hora e más de media hora después llegará él de trabajar para mudar sus ropas e partir también a la cena”.
“¿Acaso me habláis de la mesma Nochebuena? – exclamé - ¿Qué caso es este?”.
“No hay otro momento si no queremos perder la caja y al que la tiene de vista para siempre – prosiguió -, e no creo que sea este vuestro deseo. Se os dará todo tipo de detalle e, aunque nunca veréis cosa alguna que os haga pensar estaremos cerca de vos, ni un segundo seréis perdido de vista”.


No hay comentarios.:
Publicar un comentario