uy de temprano, sonaron las musiquillas de mi móvil e parecióme oír con misterio la voz del inspector sevillano:“Coronel – dijo –, si dormido estáis mucho me temo que habréis de despertar e prestar atención”.
Encendí entonces la lámpara e asustóse Ildefonso pensando algo ocurría e, mientras el inspector iba pidiéndome que me aprestara para ir a Sevilla lo antes posible por motivos muy urgentes, vi la mano de Ildefonso poner el jugo en mi mano e sentarse junto a mí.
“Nada de lo que sabemos entrambos inspectores – me dijo – puedo narraros por teléfono, mas, aunque sea temprano, tarde es ya si queremos solucionar ciertas cosas”.
“A fe que nada entiendo – contestéle casi en sueños -, mas no he de hacer preguntas, sino partir para Sevilla al punto”.
E luego desto oí la voz del inspector leonés que me lo confirmaba, así, les dije estaría allí lo antes posible. Tomé mi jugo de naranja sin priesa (que tal es mi costumbre), e comentéle a Ildefonso algo importante ocurría, mas en muy poco tiempo, ya estaba yo preparado para la partida e diciéndoles a Su Ilustrísima e a mi amigo cuidasen de los niños en mi ausencia.
Preparando un pazco equipaje, partimos para Sevilla e fuímos a la dirección que nos fue dada, donde encontrábanse los dos inspectores y el general al que le entregué la falsa caja roja.
“Inspectores – fue mi primer saludo -, tal como se me ha requerido aquí estoy. General – fue mi segundo saludo -, veros aquí me hace pensar que no os ha gustado os entregue una caja como la auténtica, no siéndolo. E así os pido volver a ser capitán e no coronel, que habiendo hecho tal cosa no por engañaros, sino por seguridad de todos, reconozco no he cumplido las órdenes dadas”.
Mas para mi sorpresa, me dijo el general:
“Nada importa tener una caja que es tan buena copia, que desto ya estoy informado, sino que pensaba teníais vos la original a buen recaudo e tal era suficiente para mí, mas oyendo agora lo ocurrido, cambian las cosas. Necesito recuperéis esa caja al precio que sea; e de dinero no hablo. Si una vez recuperada queréis guardarla vos a mejor recaudo que estaba, no me importa; si quisiéredes entregármela a mí, yo habría cuidado della, mas en las manos que está agora nos hace correr peligro a todos. Los inspectores os darán más detalles. En cuanto al ascenso en el rango, se cumplirá aquello que vuesa merced desee, que el ascenso a coronel no era sino recompensa más económica que otra cosa. Vuestro deber sabéis e creo bien lo habéis cumplido, mas con gente como las que nos encontramos en esta vida, comprendo os sea muy dificultoso cumplir vuestra misión. Pediré agora volváis a ser capitán por propio deseo e vos decidiréis qué hacer con la caja una ver recuperada, que esa es mi orden ineludible”.
E con un saludo e un gesto muy grave, salió de aquella sala.
“Culpable me siento de todo lo ocurrido – les volví a repetir -, pues deposité mi confianza en alguien que supo esperar el momento oportuno para llevarse, no la caja, sino la mayor cantidad de dinero posible”.
“Vuestro abogado, amigo o compañero Marcos – dijo el leonés – también consiguió engañarnos a nosotros. No os sintáis culpable, que la trama es suya e también él ha sido engañado, pues es Andrés más listo e más peligroso que él. Por desgracia, su mente ha enfermado e ya no podemos contar con su ayuda”.
“Tal vez – les dije -, si hase arrepentido e hablase yo con él…”.
“En el lugar donde se haya no podréis entrar – dijo el leonés -, que es asaz peligroso e, si no acaba matándoos, tendréis que hacerlo vos”.


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