27 diciembre, 2006

De la verdad del día veinte y cuatro (5/5)

ntraron entonces hasta cuatro guardias e arrastraron los sacos de debajo de la cama e fui con ellos y el señor juez hasta la entrada, donde esperaba ya Valeriano. Así, le ordené pasase los juguetes al asiento de atrás para poner en el maletero los cuatro sacos.

Ilumináronse poco a poco las luces de la calle e vinieron otros hombres con fuertes chorros de agua para limpiarla, e veíase en algunas partes cómo se congelaba ésta.

Hubo ceremoniosa despedida e rogáronme les entregase mis números del teléfono por saber si había nuevas. E con esto, se nos apremió porque subiéramos al coche e partiéramos e, tomando la ruta que Valeriano ya tenía trazada comenzamos la vuelta a Grazalema.

“No tengáis cuidado, excelencia – me dijo -, que sé bien el camino e cómo llevarlo. Dejando los juguetes en el suelo, podríais usar el asiento de atrás para haber un poco de descanso, pues yo he tomado un remedio que me mantendrá despierto hasta mañana en la noche”.

“Algún descanso he de tomar cuando nos alejemos de Madrid – le dije -, que no quiero se me advierta cansado al llegar, mas querría antes tener una corta plática con vos”.

“Así será, si así lo deseáis – contestóme -, que bien entiendo que estéis algo confuso por todo lo pasado esta mesma noche”.

“Bien confuso – le dije -, que no sabía teníamos a tanta guardia en escolta ni que iba a terminar con la vida de Andrés”.

“Según se me ha dicho, excelencia – dijo -, si no le dais muerte seríais agora vos el cadáver. No pensaría yo más en tal cosa, sino que habéis cumplido con creces vuestra empresa”.

“Bien decís con creces, Valeriano – le dije sonriendo -, que no esperaba tal pago por llevarla a cabo”.

“No hay dinero para pagar una vida, señor – contestóme con razón -, que no es ese dinero para resarciros de lo que nos ha ocurrido, sino para pagar la labor encomiable que hacéis arriesgando vuestra vida”.

E viendo yo el coche comenzaba a aumentar la velocidad, le dije a Valeriano dormiría un poco atrás e me dijo éste:

“Más de diez veces la velocidad de una montura llevamos. En poco tiempo estaremos en Grazalema e se habrá acabado la pesadilla”.

“Así sea – contestéle – e avisadme al llegar a la Ribera del Gaidóvar”.

En Grazalema e a veinte y siete de diciembre del año de dos mil e seis.

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