27 diciembre, 2006

De la verdad del día veinte y cuatro (4/5)

acía bajo la luz que de la casa venía e de su cuello salía un reguero de sangre que corría calle abajo como en la noche toledana, e parecióme ver vapores salir de allí, pues era la temperatura muy baja. Al poco, parecióme oír algún ruido en la obscuridad.

“No os mováis, coronel – dijeron de lejos a mis espaldas -, somos de la guardia e a ayudaros venimos”.

Así, vi aparecer coches de la guardia por todas partes e con las luces apagadas e dellos salieron hasta tres guardias e se acercaron al cadáver, e uno dellos retiróse a vomitar.

A mi lado, oí entonces la voz de un sargento:

“Tal agilidad con la espada no había visto – agachóse a tomar el pistolete con un guante -. Este pistolete estaba cargado e listo para mataros”.

No hube palabras para lo oído, sino que me dijo luego:

“Aquí está la persona que ha de entrar con nosotros en la casa; el juez. Cuando vos deis la orden, así se hará”.

E vinieron luego hasta cuatro guardias más con un saco para guardar el cadáver e otro venía corriendo desde abajo con una bolsa negra (que supuse traía la cabeza) e la puso también en el saco. Al punto, aparecieron otros dos con bolsas de polvo como arena o aserrín para tapar la sangre. E di órdenes entonces de recoger lo que habría de llevarme.

Pasamos a la casa con el juez, que ya sabía dónde se escondía la caja, e recorrimos un corto pasillo entrando luego en una habitación de niños, pues de colores estaba llena e de muñecos e juguetes. Púsose de rodillas el sargento junto a una cama e, levantando la ropa, sacó la caja envuelta en su paño adamascado en diciendo:

“Lo que a vuestras manos había de volver, ya ha vuelto; e bajo esa cama creo que hay también algo más pesado que os pertenece: cuatro sacos”.

“Uno, excelentísimo señor – aclaré al juez -; sólo uno”.

“Miremos debajo pues, e veamos – comentó -, pues se me ha dicho que deberéis retirar cuantos haya”.

E hube una gran duda en aquel momento, pues no sabía si se refería a los cuatro millones o a aquel mío que se habría dividido en cuatro sacas.

“Adelante, ilustre señor – me dijo como coronel -, que vos sabréis mejor que yo cuáles son”.

“Con la venia – saludéle -, he de arrodillarme para comprobarlo”.

E al mirar bajo aquella cama, vi hasta cuatro sacas del mesmo tamaño que la que me fue usurpada.

“Un error debe haber, señoría – le dije casi asustado al ponerme en pie -, pues cuatro sacos hay como el que debería retirar”.

“No, coronel; creo no me habéis entendido – dijo sonriente -; si cuatro sacos hay ahí, los cuatro habréis de retirar como vuestros”.

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