ubimos aún más saludos e lágrimas e despedidas, mas, volviendo al Hospital, fue la última dellas, que yo habría de restar en la sierra hasta arreglar todo lo que era menester.Llegamos a Ronda a medio día e venía con nosotros Antonio, que no quería quedarse solo en Grazalema y, era tanto el cansancio y cuanto habíamos en la cabeza, que más almorzamos por ser la hora del almuerzo que por la necesidad.
Intentó Su Ilustrísima distraer un poco a los niños, mas no decían palabra alguna. Así, al acabar el poco almuerzo que tomamos, subimos a haber un buen descanso yaciendo ambos niños a mis lados en la mesma cama e rompieron en llantos a mí aferrados hasta caer rendidos.
Durmieron ellos e yo quedé pensativo hasta que despertaron.
Fue todo un día de silencios hasta la cena, pues habló Su Ilustrísima de partir para Grazalema en la mañana por pasar allí unos días hasta que mis asuntos hubieran solución e a pasar la Navidad. E Marinín e Antonio comenzaron a decirse cosas e jugar muy quedo e así me dijo en confianza Su Ilustrísima:
“Como hermanos parecen, mas siendo amigos veo mucha diferencia en sus edades, e paréceme Antonio ha cambiado, que antes nunca le había oído hablar tan correctamente”.
“Como hermanos parecen e como hermanos son, Ilustrísima – le dije -, que Marino parece ser de mayor edad e Antonio no aparece como de la edad que tiene. Dejadlos juntos cuanto puedan estarlo e veréis como Antonio aprehende todo aquello bueno que tiene Marinín dentro de sí”.
“Así sea – contestó don Juan moviendo su cabeza -, que criatura así pocas hay. Más me parece que la educación que reciben es suya, que no vuestra. A veces me desconcierta como persona sabia e madura e otras aparece ante mí como un niño inocente”.
“Desta manera eran ya los desaparecidos – recordéle -, que con solo estar a su lado iban tomando su forma como modelados por un sabio alfarero”.
“¡Ay, sobrino!, que si todos muriésemos cuando niño, iba Dios a estar demasiado ocupado”.


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