olví al Hospital desolado. Mi palacio no era sino un rimero de piedras que habían cercado con cintas dos calles antes. Pasamos por la parte menos dificultosa hasta el trastero, donde se puso la caja incrustada en la pared. Con solo tocar aquellos botones, supe había sido abierta, e poniendo la clave que la abría, no encontré nada en su interior.Sentados en la sala, vino Mercedes a ofrecernos lo que en esta santa e humilde casa puede tomarse e le pedí agua fresca e alguna cosa para no dejar el estómago vacío e le dije le trujese al inspector una cena.
“Hay una cosa, inspector – le dije -, que no sabíais e yo mesmo he callado por la seguridad de todos. Dos copias falsas de la caja roja entregué en Madrid; una era casi tan verdadera como la original e la tiene el general, la otra es pura madera e la tenía Andrés creyendo al principio era la auténtica. Mas la auténtica, estaba en esa caja de caudales junto a un millón de euros. Ambas cosas han desparecido e sólo Marcos sabía como acceder a ellas”.
“Siento deciros entonces, capitán – dijo con gravedad -, que el principal sospechoso es vuestro compañero Marcos, pues es el beneficiado de todo este entuerto. Podría ser quedase impune por el robo teniendo las amistades que veo tiene, mas las muertes ha de pagarlas”.
E pensando en cómo cambiaba mi vida, sin mi gente, sin mi casa, sin mis mejores allegados, le dije:
“El niño no debe saber nada, inspector. Dejadme yo hable mañana con él”.
“Las puertas se han cerrado, hermano Marino – dijo el hermano Federico -, todos hemos de permanecer esta noche aquí”.
“Dadle acomodo al inspector – le supliqué - e yo iré con mi pequeño e, si fuere posible, que alguien nos avise pasa partir a primera hora”.
En Sevilla e a once de diciembre del año de dos mil e seis.


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