11 diciembre, 2006

De la tarde de los lazos rotos (3/4)

staba ya Marinín en sueños e a su lado me acosté abrazándole suave por no despertarle e vino el doctor e me dijo me daría un remedio porque me sintiese tranquilo e durmiese una pieza, que dentro de unas tres horas, tendría visita importante. Así, perdí el conocimiento abrazado a mi ángel hasta que una voz suave me llamó:

“Capitán, capitán, oídme, soy el inspector”.

Así, porque no encendiese la luz, abriguéme e salí con él.

“Obligado me veo – dijo - a ser yo el que os dé las noticias de lo sucedido. Uno de los hermanos de esta hermandad nos acompañará a lugar tranquilo donde haber largas pláticas (vino uno de los hermanos más jóvenes e nos llevó a una de las salas de reuniones). Sentaos. Sé sois hombre fuerte e no he de dar rodeos para deciros lo descubierto hasta agora, mas necesitaría saber lo que ha ocurrido con don Marcos”.

“Ya os lo he comentado - le dije -, que recibiendo la llamada de Andrés no quise decir nada en la mesa e Marcos sintióse como ofendido. Así ha estado hasta este medio día, que le trujo regalos un mozo a los niños; e no parecía seguir enojado. Salió luego e dijo volvería tarde. Por ventura, Marinín e yo fuimos a la cocina a por un cuchillo cuando oímos ese ensordecedor estruendo”.

“Dios os ha salvado a vos e a vuestro pequeño. Mala hora es para buscar entre los escombros, pues no tenemos luz, mas es seguro no ha sobrevivido nadie que estuviese allí”.

“¿E no puede saberse – preguntéle – quiénes estaban allí?”.

“Supongo vos sabréis a quienes dejasteis en la sala – dijo el inspector -; si entró o salió alguien más no lo sabremos aún”.

“¿Y queréis decirme con esto – pregunté – que todos los que allí estaban han muerto?”.

“De tal potencia fue la explosión – me dijo -, que media casa se ha venido abajo e la otra media habrá que tirar. Cualquier persona que hubiese estado cerca de la explosión también hubiese muerto aplastada por piedras, paredes e columnas”.

“¿Sabéis lo que me estáis diciendo? – alcé la voz - ¡Allí dentro estaban todos! ¡Estaban todos los de mi casa! Mi hijo e yo hemos quedado salvos por un milagro”.

“Tranquilizaos, capitán – siguió hablando -, e decidme, si podéis, los nombres de las personas que dejasteis allí. Las pruebas que se harán mañana confirmarán si esto es cierto. Marcos no estaba, pues el apeadero sigue aún en pie e no está el coche”.

“¡La caja! – le grité - ¡Santo Cielo! Hay que buscar la caja”.

“Según entiendo – me dijo –, una falsa le disteis a Andrés e la verdadera al general. ¿De qué caja habláis entonces?”.

“De la caja de los caudales os hablo, pardiez - le aclaré, que casi un millón de euros en ella había e sólo Marcos e yo sabíamos cómo abrirla”.

“¿Tenéis fuerzas para venir a verla? – concluyó -. Acaso viendo el contenido tengamos más datos desta trama que se nos presenta”.

Así, le dije que le acompañaría por verlo mas deberíamos estar de vuelta antes de las nueve e media, pues las puertas del Hospital son cerradas e no se abren hasta las ocho de la mañana.

“Yo mesmo os llevaré – dijo -, comprobáis lo que decís e volveremos al punto”.

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