leváronme luego con mi pequeño, que dentro de un coche grande se hallaba, e le dije le hiciese caso a la señora que le atendía, e luego, saliendo a la calle, díjome uno de aquellos hombres que lo que veía le parecía obra de una bomba muy potente, pues más de la mitad de la casa había destruido. Así, tomé mi teléfono e llamé a Marcos, mas no se oía sino una voz que decía que no podía hablar con aquel teléfono.Acercóse un hombre e preguntóme si en aquella parte de la casa donde parecía haber ocurrido la explosión había personas, e no pude contener las lágrimas e, después desto, le dije: « ¡Todos, todos estaban allí!».
E así me hicieron muchas preguntas e yo les dije otras cosas que me parecían de sospecha hasta que vi entrar por la puerta al inspector De Lema e, acercándose a mí casi en llantos, me dijo:
“Capitán, sed fuerte. Vuestro amigo el inspector leonés vendrá al caer la noche. Agora quiero me digáis si necesitáis ir al hospital con vuestro hijo o si queréis os lleve a otro lugar”.
“Inspector – le dije sin voz -, hacedme la merced de llevarnos al Hospital de la Santa Caridad”.
“Así lo haré – dijo –, mas quisiera yo saber si también don Marcos estaba ahí dentro”.
E mirándole confuso le dije:
“No tal, que dijo salía esta tarde e llegaría ya en la noche”.
E hízome preguntas sobre lo recebido por la mañana e por la tarde e de quién estaba e quién no estaba e le dije no podía hablar con Marcos por teléfono y, en oyendo esto, comenzó a hablar con varios de los guardias e dio la orden se nos llevara al Hospital.
“¡Hermano Marino! – exclamó el hermano Federico - ¿Qué cosa os ha sucedido? ¿Está bien el niño?”.
E diciéndole algún detalle de lo ocurrido, ordenó preparar una habitación para acogernos, mas hube de pasar la tarde en pláticas con el inspector e dieron a Marinín un remedio porque quedárase dormido.
“Agora, capitán, hemos de esperar al inspector leonés – dijo De Lema -, mas siendo que pueda retrasarse más de lo que quisiera, he pedido se os ponga un remedio porque descanséis unas horas”.
“Llevadme pues con mi niño – le dije -, que otra cosa no quiero más en este mundo”.


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