olvió a salir Marcos para cumplimentar otros trámites, según dijo, e Marinín e yo yacíamos juntos en la siesta, cuando llamaron a la casa. Asomándome a la puerta oíle decir a Chuti pasase los bultos al gabinete e apresuréme por ver qué venía. Era otro amable hombre como el de por la mañana e traía más cajas e las pasó a la salita.Caía la tarde, cuando avisóme Marcos de que tardaría en volver, e así le dije habían venido más regalos, mas no hubo respuesta suya, sino que insistió en que llegaría tarde.
Así, dije a los niños hiciesen sus tareas e pasada una hora, fui a buscarles e les anuncié había más sorpresas esperándoles. Hubo gran alegría e gran fiesta entre ellos e bajamos luego todos juntos. Sobre las mesas estaban las cajas e, sabiendo Marinín eran dificultosas de abrir, quiso ir a por el cuchillo de sierra.
“Loco estáis – le dije – e de vos no me fío, que andar con cuchillos no es cosa segura. Os acompañaré porque no digáis no os dejo hacer nada”.
Así, quedaron en el gabinete Chuti e los niños esperando pudiéranse abrir las cajas e fuimos Marinín e yo a la cocina e vi cómo el servicio bajaba las escaleras e corría a ver las nuevas sorpresas. Acercóse Marinín al cajón de los cuchillos e, mirando en su interior, sacó el que tenía dientes de sierra e lo puso ante mi rostro en diciendo:
“¿Veis? Este es con el que se abrirán las cajas”.
Mas, acabada la frase, oyóse explosión tan fuerte, que rompiéronse todos los cristales de las puertas e fuimos lanzados al suelo por una gran nube de polvo e humo. Así, cubrí el cuerpo de Marinín con el mío e quité de su mano el cuchillo e lo aparté lejos, mientras se oía grande estruendo en el patio. Mi pequeño rompió en llantos, y esperé a que el estruendo cesara. Poco a poco, fuése haciendo el silencio e iba yo tratando de serenar a mi pequeño:
“No lloréis, mi cielo, que no os digo cosa alguna ocurra, sino que deberemos aceptar lo que nos venga, mas habréis de recordar que a vuestro padre tenéis a vuestro lado e que nada a va a ocurriros. Quedaros aquí, bajo esta fuerte mesa de mármol, e asomaréme yo por ver qué ha pasado”.
Mas viendo no soltaba mi mano (e tan fuerte la asía que me hacía daño), llevélo conmigo hacia el antecocina e al salir al patio, entrambos quedamos mudos; la otra mitad de la casa parecía no existir. Allí nos sentamos en el suelo, pues atravesar el patio (si es que lo había) era dificultoso.
Al poco oímos unos fuertes ruidos e me dijo Marinín era la guardia. Así, vimos entrar a unos hombres de uniforme a los que siguen llamando bomberos e que acuden a los incendios de las casas e a los grandes accidentes. Les hice señas e les grité e acudieron dos dellos e lleváronse al pequeño.
Atravesando el rimero de ladrillos, columnas e piedras, me llevaron luego hacia la salida de la cancela; el gabinete había desaparecido.


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