06 diciembre, 2006

De la Ronda de los colores

sí, fue despertando toda la casa e hubimos un buen desayuno de la Serranía e partimos luego en luengos e lentos paseos por la parte antigüa de la ciudad, que ya saben vuesas mercedes que todas las gentes se paran ante Su Ilustrísima, le preguntan, le narran e se despiden: «Id con Dios».

Ha sido el día de sol radiante e nos ha permitido dar el paseo con calma e ver cuanta cosa bella puede verse en Ronda, mas llegando a la Calle de la Bola, ya comenzaron los niños a mirar todo aquello de colores que en las tiendas se veía e, acercándose don Juan con los pequeños a su en derredor a una casa de dulces, les dijo:

“¡Mirad esos dulces de colores que hay ahí encima! Deben ser muy ricos. Uno os compraré a cada uno, mas con una condición: poneos primero de acuerdo en el color, de forma, que ninguno de los dulces sea del mesmo. ¿Qué color prefiere cada uno?”.

E así, pusiéronse los niños de acuerdo e fueron eligiendo luego el suyo: «Azul, verde, amarillo, rojo».

“Tome pues cada cual el suyo – les dijo entonces -; quiere Marinín el azul (lo sabía), Fermín el verde, Diego Jesús el amarillo e Julio el rojo. Aquí los tenéis. Probadlos agora que debe tener cada uno un sabor e, luego, decidme por qué habéis elegido cada uno ese color”.

“¿Piensa Su Ilustrísima – preguntó Marinín – que cada persona tiene su color favorito?”.

“Así lo pienso – respondióle -, que yo mesmo tengo el mío; y es el azul”.

“A nosotros tres – dijo Chuti con sorna – no nos ha preguntado vuesa merced nuestros colores”.

“¡Tal es cierto! – dijo con asombro -, mas no veo yo al capitán comiéndose uno destos dulces por la calle”.

E todos reímos e siguió don Juan con su asombro en diciendo:

“No piensen vuesas mercedes voy a compraros uno destos dulces a cada uno, mas alguna cosa apostaría (en juego), porque puedo adivinar esos tres colores”.

“Una copa dese vino que la otra vez catamos e tan rico está – dijo Marcos -; yo he de pagarla si lo adivináis”.

E mirándonos con gravedad (tanto don Juan como los niños), fue señalándonos uno a uno e diciendo colores:

“Chuti… el verde; Marcos… (pensó un poco) el amarillo; y el capitán, sin duda, el azul”.

“¡Santo Dios! – exclamó Chuti al ver había atinado - ¿cómo puede saber eso su eminencia?”.

“Vayamos a la bodega, que alguien ha dicho pagaba una copa”.

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