05 diciembre, 2006

De la plática de adultos con Marinín

ejé a los niños en sus clases e llevéme a Marinín a casa, diciendo se volviese a recoger al resto al medio día.

Sentando al pequeño frente a mí en el gabinete, hubimos una larga plática e de todos los temas podía hablarle e de alguno me daba él las liciones. Viendo pues que su talento superaba al de cualquier persona cultivada de mi edad, propúsele haber otras pláticas con Su Ilustrísima, que en eso sí que supera a muchos seres humanos, en ilustración, pues iba pareciéndome que tal cantidad de conocimientos no era posible en niño de casi ocho años, a no ser…

“¿Por qué no me creéis, papá? – preguntóme ya en llantos -; no es mi culpa, sino que cuanto leo aprendo e cuanto más aprendo más leo. Si tal os parece desatinado, dejaré la lectura”.

E tomándole entre mis brazos, enjugué sus lágrimas con mi pañuelo en diciéndole:

“Este será secreto entre vos, tío Juan e yo, que paréceme que hay gentes a las que no les gusta que otros les superen en conocimientos. El error, si haylo, puede ser mío, mas deso os daré razones cuando esté seguro. Llegado el momento, os aseguro que si me prometéis seguir estudiando cuanto sea e lo que sea, he de buscaros lugar donde paséis examen e se os dé título correspondiente a vuestros conocimientos, no a vuestra edad. Agora, venid conmigo a la cocina, pues Catalina os guarda un bocado que os gusta”.

E saliendo del gabinete, asomóse Marcos a la parte alta de la galería e preguntó si algo ocurría, e así le dije:

“Cuando en el mundo la gente sabe cada vez menos, tengo un hijo que sabe cada vez más”.

E sonriéndole, le dije: «¡No dejad a Marinín lea vuestros libros de leyes o quedaréis sin trabajo!”.

E no entendiendo lo que le decía bajó a priesa e comentamos entrambos lo ocurrido.

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