ía de frío aquí que hanos mantenido encerrados mas entretenidos en diversas cosas; e los niños han disfrutado de sus máquinas más que otros días.E ya llegada la tarde – que aquí es noche – hablábamos Su Ilustrísima e yo en el salón sobre la celebración de la Navidad e cómo venían los acontecimientos. E dijo don Juan que era día e noche esta de evitar rencillas, rehacer lazos rotos e unirse la familia. Desta forma, me sentí con gran pesar por no poder compartir esta noche con mis seres queridos e aseguró Su Ilustrísima que, de alguna forma, estarían ellos presentes en nuestra cena e que deberíamos, incluso, olvidar el rencor hacia nuestros enemigos. E tal frase me hizo reaccionar en diciéndole:
“La víctima, Ilustrísima, tiene que defenderse por doquier; el atacante puede elegir a su gusto el sitio y la hora. La víctima sabe cómo puede ser atacada; el atacante inventa nuevas formas de ataque. La víctima pasa el tiempo en vigilias por no ser dañado; el atacante puede descansar a gusto e aparecer a placer. La víctima está indefensa, pues debe actuar conforme a las leyes dictan; para el atacante no hay leyes. No me pida Dios olvide lo ocurrido, pues no he de hacerlo”.
E no hubo respuesta, sino que seguimos luego una buena pieza en silencio y en lecturas; e bajaron los niños cerca de la hora de la cena e les ordené pasasen al baño e luego vistiesen sus mejores ropas. Algo así hice yo e asoméme a verles e jugaban en la cama en risas e, viéndoles felices, pensé debería hacerlos felices yo también.
Tomamos la cena como siempre lo hacíamos e no quisimos se dedicase un momento al recuerdo de los ausentes hasta retirados los niños. Toda la familia, sin los pequeños, oramos por los que ya no estaban con nosotros e, sin mucha más ceremonia ni canto de villancicos, cada familia retiróse a su dormitorio por no volver a estas horas a sus casas.
En Grazalema e a veinte e cuatro de diciembre del año de dos mil e seis.


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