12 diciembre, 2006

De la mano de Dios venida al Hospital

legó Su Ilustrísima casi a medio día e fue recebido como era de esperar e dióse aviso a Palacio porque Su Eminentísima, el Cardenal, supiese de lo ocurrido, e dijo nos haría visita, que algo de aquello ya sabía.

Tomó don Juan a Marinín de la mano e dieron un paseo por los patios del Hospital e hubieron larga plática e fueron luego a visitar a los acogidos. E parecióme, le dijo éste a mi niño algunas cosas que le tranquilizaron en gran medida. Luego desto, quedóse el pequeño con Mercedes tomando una merienda e, al poco, llegó Su Eminentísima e pasamos al despacho del hermano mayor.

“Malos tiempos vivimos – dijo el Cardenal -, que ya no se distingue entre santos e pecadores e la envidia nos invade”.

“Esperemos – dijo el mayor -, tales cosas no entren en esta casa, pues ya el venerable don Miguel Mañara lo dejó bien escrito, casi como premonición”.

“Un ejército de ángeles – dijo el Cardenal – parece cuidar deste lugar. No temamos porque aquí entre ese egoísmo y esa vanidad, que no entrarán. Hagamos, mejor, que salgan a la calle e se extiendan sobre las gentes e les abran los ojos para que puedan ver la Verdad que se encierra en Nuestro Señor Jesucristo. Oremos en la Capilla del Cristo, con recogimiento, por estas almas, otras ya caídas e las que caerán”.

E aún estando la capilla de San Jorge en obras, allí nos entramos e nos pusimos en las bancas, e las oraciones e las palabras de Su Eminentísima nos confortaron.

En mi larga vida había vivido momentos muy tristes, mas no recordaba alguno que me hiciera sentirme culpable. Así le pedí confesión a Su Ilustrísima cuando partió el Cardenal.

“Lo que tengo en el bolsillo es lo que me queda – le dije -, mas no preocuparos, que he de buscar a un buen licenciado que venda cuanto tengo y entregue una parte para esta hermandad e otra para darle una vida digna a mi hijo”.

“E si no fuere tan fácil – contestó – o mucho se demorara, nunca os vais a ver necesitado de cosa alguna”.

Agotado ya e hablando con mi niño, nos dio el médico el remedio para el descanso.

En Sevilla e a doce de diciembre del año de dos mil e seis.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario