20 diciembre, 2006

De la mañana de la triste e luenga despedida

use a los niños sus ropas e sus abrigos, que era la mañana muy fría, e ayudé a poner la corbata a Ildefonso e tomé mi capa donde se restauraron las estrellas arrancadas e mi tocado con pluma negra en la toquilla e fuimos despedidos con grande ceremonia del hotel, pues allí estaba todo el servicio. Subimos luego al coche, y en muy poco, nos llevó Valeriano hasta el Hospital de la Santa Caridad. Así, vimos había muchas gentes esperando, salió Su Ilustrísima acompañado de Su Eminentísima, el Cardenal, e fuimos hasta la Iglesia de San Antonio Abad, sede de la Primitiva Hermandad de Nuestro Padre Jesús Nazareno, que es llamada aquí «El Silencio», por estar la capilla de San Jorge aún en obras e ser nuestro hermano mayor perteneciente también a ésta.

Veíanse en la calle parados los coches fúnebres e la guardia ordenaba el paso de las gentes, pues estaban las calles llenas de personas que venían a la despedida. Nos entramos en la iglesia e venían con nosotros muchos hermanos de la Santa Caridad, acogidos, vecinos e muchas familias. Allí se encontraba doña Dolores con sus hermanas e otra familia venida de Cádiz, don Diego de Monteliz e su señora doña Montserrat, así como los padres de su niño e todas las familias del servicio de mi casa e algunas familias que de Ronda e Grazalema vinieron; vino asimismo una representación de la Parroquia de San Isidoro e de la Hermandad de las Tres Caídas e fizo su aparición don Julio con hasta doce niños del coro de la escuela, los inspectores e varios hombres de la guardia, e otros muchos hombres que portaban flores e coronas dellas que no eran posible de contar. A nadie quiero dejar sin mencionar, mas miren vuesas mercedes que muchas gentes de Sevilla ya allí se encontraban e allí restaron hasta acabada la misa e a todos he de agradecer su caridad.

E fue la misa muy corta e la homilía de Monseñor Amigo emocionada y emocionante, mas no quiso mencionar mucho a los difuntos quizá porque su descanso había empezado hacía ya varios días. E oíanse como voces celestiales cantar cada parte de la misa.

Terminado el acto, recebimos las condolencias del Cardenal, que puso sus manos sobre Marinín e Antonio e salieron de primero los ataúdes e tras ellos las familias. E momentos tan ingratos son difíciles de recordar e mucho más de escribir. Pues con vivirlos una sola vez es harto suficiente.

Así fuimos luego al Cementerio de San Fernando, donde hubo un corto responso e pasamos tras los restos hasta mi propio panteón que, por motivos evidentes, está muy cerca de la entrada. E hubo muchas lágrimas e luengas despedidas e quise yo ir en paseo hasta el Cristo de las Mieles, que fundiera don Antonio Susillo y que tiene por base un a modo de monte Gólgota donde descansan sus restos e le dicen «de las mieles» por haber en su interior un panal de abejas e sale la miel por su boca. Así, se hicieron algunas otras oraciones y, en terminando, oyéronse a nuestras espaldas las dulces voces que entonaban un corto Lux aeternam de la Misa de Requiem de Mozart. E sentí los mesmos vértigos que siento a las alturas.

Lux aeternam luceat eis, Domine,
Cum sanctus tuis in aeternum, quia pius es.
Requiem aeternam dona eis, Domine,
Et lux perpetua luceat eis,
Cum sanctus tuis in aeternum, qui pius es.

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