01 diciembre, 2006

De la llegada de toda la familia e de las novedades

uése la luz al llegar las primeras horas de la tarde e, desta manera, ordené se encendiese toda la casa. Parecía no querer mirar Gregorio hacia el otro salón, mas siguió riendo e jugando con mi pequeño. Con esto, apareció el resto de «la familia».

“¡Dios nos libre! – exclamó don Juan -, que se acabó la calma de la casa e habremos de asumir la alegría que llega.

El abrirse la puerta, entraron corriendo los niños, mas al ver muchas cosas cambiadas e personas extrañas, pusiéronse todos en pié frente a mí, e fueron luego acercándose a saludarme. Una vez les dije quiénes eran los invitados, acercáronse también a saludarlos junto a Marinín.

“¡Capitán – gritó Cayetano – que tanta novedad hay ahí adentro como aquí afuera!”.

E no comprendí qué cosa quería decir, mas entró Marcos al punto e me puso la mano en el hombro mientras habíamos una corta plática con la familia Salas. Finalmente, entró chuti cargado de bolsas e también saludó a los presentes.

E viendo los invitados que la casa se llenaba e pensando eran estorbo, dijeron querían partir a su casa, que ya no había luz, hacía frío e parecían venir nubes. E todos los niños acompañaron a Gabriel e le ayudaron a salir por el gran escalón de la puerta e luego lo besaron e rieron otro poco. Y en esto estaba, cuando me di cuenta de que no veía nuestro coche, sino uno más grande como los que se usan para llevar muebles e de color blanco e, acercándose Marcos a mí, me tomó por la cintura, extendió la mano e dijo:

“Ahí lo tenéis, Marino, nuestro nuevo coche. Agora he de enseñároslo por dentro porque veáis cuán grande es e por fuera porque veáis cuanto hace”.

“¡Ilustrísima, Ilustrísima, salid! – grité -, que en la calle tenemos otra grande sorpresa”.

E vino don Juan casi con ahogos a mirar la sorpresa e miraba a un lado y a otro de la calle: «¿Cuál es la sorpresa, que no la veo?».

“Tan grande es – le dije -, e tan delante de vuestras narices la tenéis, que no la veis”.

“¡Dios Santo y bendito, que coche tan grande no había visto antes!, habrá que celebrar esto con un bocado e una copa a modo de bautizo e ya lo bendeciré e lo bautizaré yo con aguas de la Fuentefría porque sea para beneficio de todos nosotros e de Nuestro Señor Jesucristo ¡Válgame el Cielo!, que aquí dentro veo cabe lo mucho e lo poco, pues hasta ocho asientos tiene e sitio atrás para la carga, doble al del otro coche. Indiscreto no quiero ser, querido don Marcos, mas paréceme este coche ha dado un buen pellizco a la pecunia”.

E riendo Marcos, dirigióse a él e le dijo:

“No tanto, Ilustrísima, que entregando el otro coche e cambiándolo por este, no es tan oneroso el gasto. Sea como decís para nuestro bien y el de Nuestro Señor. E fijaos agora ciérranse y ábrense las puertas solas, sin hacer ruido e corriendo pegadas a lo largo del coche”.

“¡Jesús, que cosa tal parece brujería! – no dejaba de asombrarse Su Ilustrísima -, e mirando en el interior veo la luz se apaga sola al cerrarse e hay sitio para todos, si esta «familia» no aumenta”.

E con grande fiesta e alegrías pasamos al salón a tomar una pequeña merienda.

E miraba Fermín al otro salón con desconfianza.

“Jo, papá, decidle a tío Marcos nos de un paseo”.
En Grazalema e a primero de diciembre del año de dos mil e seis.

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