06 diciembre, 2006

De la hora de los lobos

asaron la tarde tras el almuerzo Fermín e Marinín, sentados junto a Su Ilustrísima, y en luengas pláticas estuvieron mientras Chuti, Marcos e yo, narrábamos cosas curiosas que nos habían sucedido.

Al llegar la hora de tomar un bocado, decidió don Juan volver a dar un paseo, mas pensando el sol se pondría pronto en el horizonte, nos advirtió tomásemos ropas de abrigo. Así, vimos desde el Puente Nuevo, un grandioso ocaso como tiempo hacía no lo veía y eran los comentarios de todos tan variados, que allí estuvimos hasta que dejó de verse.

“¿Quién sabe – preguntó don Juan – cómo se llama el momento exacto en que deja de verse el sol tras las montañas?”.

E sólo Fermín e Marinín levantaron un dedo sin decir palabra.

“Bien veo – dijo entonces – que hay dos que creen saberlo, pues una cosa es la puesta del sol u ocaso e otra distinta el momento justo en que el sol deja de verse. Veamos, que no quiero trampas. Marinín ha de decirme a mí el nombre al oído e Fermín se lo dirá al capitán”.

E acercándose entrambos cada uno a su confidente, dijeron las respuestas. E me miró Su Ilustrísima con asombro e otro tanto hice yo, pues ambos niños sabían el nombre correcto: lubricán.

“Quisiera yo entonces – continuó don Juan – saber dónde o cómo habéis aprendido tal palabra, pues ni es corriente ni se le da mucho uso”.

Así, advertí Su Ilustrísima intentaba, de alguna forma, saber hasta dónde llegaba la sabiduría de entrambos niños, que no siendo Diego Jesús ni Julio niños de conocimientos simples, estos otros les parecían más avanzados.

“Dícese – manifestó Marinín con misterio -, que es justo en ese momento cuando los lobos aúllan”.

“Así se dice – respondióle Su Ilustrísima – e ha de ser verdadero, que los pastores temen a estos momentos”.

“Mas viendo yo agora la altura del Tajo – continuó Marinín -, pienso que los lobos que estuviesen abajo habrían de aullar antes que los que estuviesen aquí arriba”.

E mirándome don Juan con asombro asintió con la cabeza: «Así ha de ser, así ha de ser, hijo”.

E volvimos a la casa mucho más tarde, para la cena, e seguían todos los pequeños a tío Juan e iba éste haciéndoles preguntas e dándoles razones. E luego de la cena, no hubimos de esperar mucho tiempo para las oraciones de las doce y el canto del Salve Regina.

En Ronda e a seis de diciembre del año de dos mil e seis.

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