asta la hora del almuerzo dimos paseos con don Diego e su esposa, que no salía de su asombro (viéndose caminar sin fatiga), cuando antes no salía de su casa.“No sabéis – dijo – cómo me siento, capitán, al poder acompañar a mi esposo donde va e hacer algunas tareas de la casa e, por otro lado, mi nietecito, que parecía un saltamontes, parece agora persona adulta”.
“Las buenas compañías, señora – le dije -, también hacen maravillas, que siendo los niños cada uno de su condición, parecen imitar lo mejor de lo que ven en sus compañeros. Aún así, cada uno es distinto. Marinín es más serio e muy meticuloso; Fermín es más extrovertido e divertido e muy cariñoso; Julio es más reservado en sus cosas e ha gran devoción por el que será su padre; e Diego Jesús es callado, mas siempre está atento y es bien agradecido”.
“Quiera Dios – observó don Diego – no se desvíen en sus caminos e lleguen a ser hombres de provecho”.
“De tal cosa no tengo duda, don Diego – advertíle -, mas todo eso se verá si pueden seguir sus estudios juntos, que hasta tal punto de amistad han llegado, que creo será dificultoso separarlos algún día”.
Luego deste paseo, fuimos a casa al almuerzo e parecía los científicos no habían errado tanto, pues cubrióse el cielo e obscureció pronto viniéndose el frío. Así, partimos para Grazalema ya de noche e iban los pequeños dormidos e me decía Chuti:
“Capitán, si alguien me dice ha unos años cuál iba a ser mi vida e que iba a tener entre mis brazos dormido al que es casi seguro sea mi hijo, le hubiese llamado mentiroso”.
“Por eso – le dije -, tal vez, sea mejor vivir los acontecimientos conforme nos vienen e así aceptarlos e no tratar de llevarlos hacia donde sabemos no pueden ir”.
Y en llegando a Puerto Chico, despertamos a los pequeños porque viesen el pueblo iluminado en la noche colgando entre las rocas e, así, fueron intentando averiguar en qué lugar exacto del camino aparecía tan bella vista. Al fin, vimos las luces como derramadas sobre las rocas e suspensas en el aire.
“¿Quién descubriría sitio como este para hacer un pueblecito? – preguntó Diego Jesús -. Sitios hay donde se llega con más facilidad, mas no son como este”.
“Se sabe que los romanos ya tenían aquí su pequeña ciudad e que la llamaban Lacíbula, mas no sabemos si antes ya vivía gente aquí, aunque eso parece es cierto, pues no muy lejos, hay piedras de los hombres muy antigüos puestas e ordenadas en pie; e a éstas se les llaman dólmenes. Vino luego el moro y, con engaños, conquistaron todas estas tierras e aquí siguieron viviendo, mas le dieron como nombre Gran Zulema (o algo así). E fueron estas tierras reconquistadas mucho después por Ponce de León; e siguió llamándose de forma parecida. Hasta veinte e mil almas vivieron aquí cuando se fizo esto villa industrial de buenos paños e buena chacina. Las guerras, dejaron a esta villa como la veis, aunque mucho se ha arreglado de lo destruido”.
“A conquistarla venimos nosotros agora – dijo Marinín -, que si seguís comprando casas…”.
En Grazalema e a ocho de diciembre del año de dos mil e seis.


No hay comentarios.:
Publicar un comentario