ablando muy quedo, preguntóme don Diego qué cosa hacía yo para conseguir aquellos adelantos en la educación de los niños, mas, no haciendo yo nada que no fuese conoscido por todos, le dije:“Tanto me sorprendo yo como vos, don Diego, que ya os he dicho que estando juntos aprenden cosas que yo mesmo no sé. Ya conocéis cómo los educo e veis cómo les hablo. No hay en esta casa una palabra más alta que la otra ni orden que haya que repetir. ¿Es esto labor mía o labor dellos mesmos?”.
E oyendo Su Ilustrísima lo que decía, manifestó:
“Ex ore parvulorum veritas, que dicho en español (que también es cristiano e se entiende), «de la boca de los niños sale la verdad». Con ellos he hablado durante dos días, e no todo el tiempo, sino a ratos, e puedo deciros que su mente es poderosa e se cultivan unos a otros. Bien es cierto que tiene Marinín alguna ventaja que no entiendo, mas no dudéis de que lo que oigáis destos niños es verdadero”.
“No sabía – exclamó don Diego – que mi pequeño hubiese tales habilidades e tales conocimientos”.
“En latines – le dijo don Juan – os vuelvo a contestar pues, «qualis pater, talis filis». Nada nuevo ha nacido dentro de vuestro niño, sino que lo que había en su interior estaba dormido. Puedo aseguraros, pues la experiencia me lo ha demostrado, que hay niños que no aprehenden cosa alguna, pues, ¡Dios sabrá!, no a todos se nos dan ciertas capacidades”.
“¿No es entonces – preguntó don Diego – labor del capitán el que los niños tengan ese talento?”.
E volvió a contestarle Su Ilustrísima, que veía lo que ocurría desde otro ángulo:
“No he dicho yo que el capitán no tenga mérito en lo que veis e oís, pues si los niños han llegado a cultivarse a sí mesmos, debe ser por obra que no conozco, pues a cada niño hay que enseñarle y educarle según sus modos. Sí puedo deciros que, al principio, los métodos del capitán pareciéronme erróneos, mas bien veo agora que hace una extraña labor que a todos nos influye, pues hasta yo me siento cambiado”.
“Si no quieres que un niño te grite, no le enseñes a gritar”.
En Grazalema e a nueve de diciembre del año de dos mil e seis.


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