06 diciembre, 2006

De la cena y el cuento de José

uso don Juan sus mejores manjares aquella noche hasta llegadas las doce, e alguna que otra carita de sueño se veía por la larga espera, mas siendo Su Ilustrísima hombre de mucha experiencia, sacó a los postres algunos dulces caseros de muchos colores e deliciosos sabores e comenzó en diciendo a los niños:

“He de contaros historia tal de la Biblia, que un cuento parece, pues con los cuentos también entra el Señor en nuestras mentes e nos asiste. Oídme, pues os narraré la historia de José, que siendo muy joven ya era considerado sabio. Eran hasta once hermanos e todos mayores que él, e su padre le quería más que a los otros, aunque a todos los trataba muy bien. Mas en la cuenta cayó de que siendo José el más joven, cuidaba a sus rebaños con mayor celo e siempre estaba dispuesto. Hartos ya sus hermanos mayores de ver que José sobresalía entre todos e viendo que su padre le regalaba una preciosa túnica de colores, decidieron atarlo e venderlo a unos mercaderes que hacia Egipto iban e, por dar una razón a su padre, un cordero sacrificaron e mancharon su túnica de colores de sangre diciéndole al padre José había muerto. Mas el destino guarda sorpresas, pues siendo José niño de gran talento, desde las mazmorras hasta la mesma casa del faraón llegó, e le leía los sueños al faraón, e le decía cuanta cosa debería hacer por no fallar, e tal era su sabiduría, que a ser faraón llegó sacado de una muerte inventada e de unas mazmorras obscuras. E llegó el tiempo en que sus hermanos fueron a Egipto e no le conocieron al verle vestido de galas reales e, después de darse a conocer, abrazó a sus hermanos e preguntó por la vida de su padre. Así os digo, que el Señor nos bendice de acuerdo a nuestra fidelidad e nuestra sabiduría. Sólo Él puede convertiros en hombres en el que esté el espíritu de Dios”.

“Tío Juan – preguntó Julio - ¿y quién le dio tanta sabiduría a José?”

“La sabiduría que obtenemos de los libros no es sino sabiduría ya entregada a otros hombres; e sólo Dios puede entregar esa sabiduría. No seamos egoístas. Si Dios nos bendice con su sabiduría debemos darla a los demás; si no nos la da, debemos nosotros buscarla en quienes la tienen e no odiarlos o envidiarlos por haber sido elegidos”.

“¿E somos nosotros – preguntó Diego Jesús – elegidos por Dios de alguna forma?”.

“Hijos míos todos – sonrió Su Ilustrísima -, no sé si puede llamarse a esto suerte o destino, mas creo que entre los más jóvenes, sois todos elegidos. E habed cuidado de no creer esto hasta tal punto, que paséis de ser elegidos por vuestra sabiduría a prepotentes, pues el que cree que ya lo sabe todo, es el que acaba sin saber nada”.

Llegadas las doce vino todo el servicio, se encendieron velas de color celeste e juntos rezamos, e sólo los adultos cantamos un Salve Regina.

En Ronda e a seis de diciembre del año de dos mil e seis.

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