16 diciembre, 2006

De la buena amistad entre Marinín e Ildefonso

lmorzamos, descansamos, jugamos e paseamos. Ildefonso de había ganado el cariño de Marinín en una tarde hasta tal punto, que le decía se acostase con nosotros e jugaba con él e con sus máquinas.

“Papá – me dijo el pequeño -, ¿puedo llamar también a este hombre tío Ildefonso o he de seguir llamándole vuesa merced?”.

“¡Hijo, qué cosas decís! – respondíle -; id agora e decidle tío Ildefonso e si os pone mala cara, me lo decís”.

E pasando una pieza, volvió a mí e me dijo:

“En verdad este hombre me gusta, papá, pues es dulce como lo salido de sus hornos. Le he dicho tío Ildefonso e hame tomado en sus brazos e me ha narrado cosas muy bonitas e, luego, hame besado e hame dicho que le llame «Ilde» o, simplemente, tito. Me gusta lo que dice e me gusta como amigo vuestro, pues no se ve en su sonrisa sino lo que quiere decir”.

“Seguro estoy - le dije -, de que si se mira en vuestro espejito, verá también cosas muy bonitas”.

“Sí – respondió al punto -, que cuando yo me miro me parezco otro e parece no estoy solo, sino que hay alguien que cubre mis espaldas. Tal vez, cuando él se mire, también vea lo mesmo. Me gusta para vos; me gusta como vuestro amigo e como mi tío. Sea así si vuesa merced lo desea”.

“Mucho lo deseo – le dije -, mas paréceme va siendo hora ya de prepararnos para la cena y en otras cosas deberíamos pensar; pero he de aclararos una cosa, pues si esta noche os sentís solo cuando vayáis a dormir, habréis de prometerme tocaréis a la puerta antes de entrar, que es Ildefonso invitado e debemos respetarlo como tal”.

“¿Dudáis acaso de que no voy a hacerlo?”.

En Ronda e a diez y seis de diciembre del año de dos mil e seis.

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