14 diciembre, 2006

De cómo la vida debe continuar

uiero omitir el encuentro con el servicio en Ronda, que hubo de prepararse más de una tila. Tomamos una estancia distinta a otras veces para los dos con cama muy amplia e con dosel (cosa que no agradaba a mi pequeño), e después de un baño e cambiar las ropas, bajamos al almuerzo e dije al servicio lo compartiera con nosotros. Así, fueron servidas las viandas e sentámosnos todos e hubo un luengo y extraño silencio. E para deshacer esto, les dije a todos sonriente:

“Veamos, que no estando en su propia casa Su Ilustrísima, habré de bendecir yo la mesa, aunque no sea como él un santo”.

E así, se fueron sirviendo los alimentos e puse a Marinín una servilleta en su pecho, pues había plato con salsa e poca ropa teníamos aún. E hubimos unas pláticas mas no hablóse, en ningún momento, de lo ocurrido en Sevilla. Dormimos luego una corta siesta e, antes de que anocheciera, nos abrigamos bien e salimos un poco a pasear e, al pasar por la Calle de la Bola, noté Marinín se paraba e miraba con fijeza los dulces de colores que otrora les compró don Juan. E así le dije:

“Esos dulces de colores son muy ricos e ahí van a seguir estando para que las gentes los compren, e como yo no los pude catar, dos dellos vamos a comprar. Elegid color”.

E tras una pieza de silencio mientras los miraba, dijo:

“También la casa es la mesma e aquellos árboles, los pinsapos, siguen pareciéndome negros e son verdes. Tomaré uno amarillo”.

“¡Eso me gusta, hijo! Tomaré yo uno rojo”.

E recorrimos la calle arriba e le fui narrando lo que un día me refiriera Su Ilustrísima sobre el nombre de la calle; e me miraba mi niño e sonreía, pues creía era invención mía.

En Ronda e a catorce de diciembre del año de dos mil e seis.

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