15 diciembre, 2006

De cómo fue hecho el crimen

espertamos temprano e vi en los ojos de Marinín cierta tristeza, así comencé contándole una historia e acabé haciéndole cosquillas e riendo entrambos hasta la hora del baño e, ya sentados a la mesa para el desayuno dióme aviso al teléfono Su Ilustrísima:

“Buenos días nos de Dios, sobrino e compaña, que por la hora ya imagino andáis desayunándoos”.

“Agora comenzaremos – le dije -, que ya todo está servido e parece apetitoso”.

“Novedades hay – continuó – e creo las recebiréis de boca del abogado e de la guardia, pues ya se sabe que don Marcos (Dios le ampare) habló alguna cosa con ese tal Andrés por recebir hasta tres millones de euros a cambio de la caja e, pensando podía tomar también el millón que junto a ella estaba, tenía prevista la entrega. De ahí su ausencia aquél día, mas no sabía éste que, al mesmo tiempo, estos desalmados con licencia de guardia, harían lo que hicieron. Preguntado en los almacenes que enviaron las cajas, se averigüó hubo un retraso en la entrega e, preguntado el mozo que fue a entregarlas, se supo que un grupo de guardias le pidieron abandonase el coche por hacer un registro del contenido. En este momento, se supone se hizo un cambio o se añadió alguna con los explosivos”.

“Quisiera ayudar a quien ha perdido la cabeza – le dije por no nombrar a Marcos -, mas creo que, aunque ha sido víctima de engaño, también ha sido el que nos ha traicionado. No creo sea esto un castigo de Dios, sino de su propia conciencia”.

“Así lo creo – dijo entonces -, mas ese castigo de su conciencia no es otro sino un castigo de Dios. Mala solución tiene su salud, que no hace sino decir a gritos que ha de matar a ese Andrés, mas ya ha sido también investigado e tiene buena coartada además de pertenecer a la guardia”.

“Claro está, Ilustrísima – le dije muy gravemente -, que como estas leyes parecen proteger más a los indeseables, tal vez aparezca un “fantasma vengador”.

“Sobrino, ¡por Dios bendito! – gritó asustado -, olvidad el asunto; al menos olvidadlo en estos momentos”.

“Vuesa merced lo ha dicho – concluí -; «en estos momentos», pues os prometo que nadie sabrá ni el día ni la hora”.

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