31 diciembre, 2006

PRÓLOGO – y Parte IV

n llegando al pueblo aquella tarde, bajaron los niños las escaleras muy a priesa e vinieron a abrazarnos e impresionóse Ildefonso por el recibimiento, pues entrambos niños le llamaron tío Ildefonso, e después de los besos (del tirón de ropas de Antonio) e los abrazos, les dije:

“Bienvenido sea tal saludo, que no hemos ido sino a Ronda e no a lugar lejano e perdido, mas no quisiera yo bajaseis las escaleras en corriendo, sino paso a paso e teniendo cuidado de no llevaros la alfombra por delante. No quiero huesos rotos”.

“A la orden – dijo Antonio -, tendremos más cuidado deso como decís”.

E sacó Su Ilustrísima de sus bolsillos sendos dulces de colores e se los dio: «Espero los colores e sabores sean de vuestro agrado».

E acercáronse luego Cayetano e María a saludarnos e a decirnos lo previsto para la cena del fin del año; e nos pareció apropiada e sacó entonces Su Ilustrísima unas pequeñas cajitas e las entregó a entrambos e otras dos entregó al servicio:

“Rosarios son – les dijo – e han sus cuentas de madera de sándalo perfumada. Si costumbre no tenéis en rezarlo, yo mesmo he de deciros cómo hacerlo”.

“Tal cosa bien conocemos – contestaron todos -, que muchas veces lo rezamos antes de la misa en invierno”.

“Fácil es – les dijo – e provechoso para el espíritu como lo es el yantar para el cuerpo e, siendo ya hora de mantenerse un poco, tomaría yo algún bocado, si esto fuese posible”.

E así se nos sirvió alguna cosa hasta que fueron llegando los familiares con los que pensábamos pasar aquí la noche, mas convirtiendo noche pagana en noche religiosa para recuerdo de los idos.

Antes de la cena, acercóse Antonio a su padre e vi le tomaba por la ropa e ponía sus brazos en derredor de su cuello en diciéndole:

“Papá, gustaríame tomar un descanso más largo en mi trabajo e se va Marinín a Sevilla, a una casa nueva, para pasar allí un mes. Hame prometido su excelencia nos llevaría a ver cosas muy bonitas alguna vez. Si me dierais licencia para irme con ellos un tiempo…”.

“¿Qué decís? – contestóle el padre - ¿Creéis que la gente vive dejando su trabajo e holgando cuando quiere? No quiero molestéis a esta familia más de lo que ya lo hacéis ¿Me habéis comprendido?”.

Mas a estas palabras contestéle yo:

“Erráis, don Antonio, que este niño no molesta a nadie sino que es cariñoso e hace compañía al mío. Sí es cierto que no puede uno dejar de cumplir sus obligaciones, mas habiendo ocurrido esta desgracia en mi casa, estudiará Marinín y examinará en su momento. Quizá fuese más atinado que Antonio estudiase algo más e, ya siendo adulto, pusiérase a trabajar”.

“Varias cosas he de deciros, excelencia – contestóme con respeto -, ocultaros no puedo que algo me asusta se aleje el niño mucho de nosotros. Es pensamiento que no puedo evitar, pues vivís vos en peligro constante. Preferiría, eso sí, que fuese a estudiar e no a repartir pan con su edad, mas mi casa necesita ingresos todos los meses”.

E sacando de mis ropas modernas la faldriquera, abríla e puse en su mano, sin que se viese por nadie, hasta quinientos euros; e asustóse al ver tal moneda.

“Los estudios de Antonio correrían de mi cuenta – le dije - e recibiríais vos dos o tres destas monedas al mes, si ello os fuese de ayuda”.

“¿Qué cosa decís, excelencia? – quiso devolverme la moneda -. No puedo aceptar lo que no gano yo trabajando todo el día en más de un mes”.

“Quizá - le dije -, no queráis dejar vuestro trabajo, que a él os habéis dedicado mucho tiempo, mas estaría yo dispuesto a contrataros a vos e a vuestra señora. A vos como jardinero e a ella como cocinera junto a María. Vos decidís, mas no admito devoluciones; quedaos con eso e guardad un poco para comprar algún regalito a Carlitos”.

E acercándose Su Ilustrísima un poco, le dijo:

“Trabajar con mi sobrino no es trabajar, don Antonio; no lo penséis mucho”.

“E ¿cuándo sería eso? – preguntó - ¿Podría referirlo a mi esposa?”.

“Decídselo – le dije -, preguntadle e advertidle que viviremos de primero unos meses en una casa más pequeña en renta hasta que esté preparada la que busco. Entonces vendríais a vivir con nosotros. Todo se andará”.

30 diciembre, 2006

PRÓLOGO – Parte III

eposábamos el almuerzo en el salón cuando intentó don Juan avisar a Cristina, mas ésta no le oía. Así, levanté la pesada mesa e la dejé caer ante el asombro de Ildefonso:

“¡Dios Santo! ¿Os ocurre algo?”.

E al punto vino Cristina e pidióle don Juan se sirviese café e advirtióle a Ildefonso que, sólo a veces, había que llamarla así, pues ya sabía él que era sorda. Y en ese momento, dio alguien aviso a mi móvil e parecióme era don Justo, el abogado.

“Excelencia – dijo –, de saludaros me alegro”.

“Así mesmo os digo – contestéle – que además de haber placer en hablar con vos, parece me traéis suerte en cada llamada”.

“Así parece hasta agora – continuó -, que sabiendo no podéis venir a Sevilla hasta pasadas las fiestas he de comentaros varias cosas aunque me disguste hacerlo por teléfono”.

“Podéis hacerlo si es menester – le dije -, que casi imagino lo que vais a referirme”.

“Creo, señor – contestó grave -, que no podéis imaginar todo. Os pediría os sentéis, si en pie estáis, e toméis papel para anotar ciertos datos”.

“Sentado estoy, don Justo – le dije riendo -, e no necesito papel alguno para tomar notas, que aún funciona bien mi memoria, según creo”.

“Todo ello he de deciros entonces con calma e de seguido – continuó con ceremonia -, que no hay nada que no sea urgente e importante, pues pasadas las fiestas creo vais a tener mucho papel que firmar en Sevilla e habréis de pasar una luenga temporada. Así, he pensado, que lo primero e más importante sería alquilar una casa; una buena casa, aunque no tan buena como la que teníais”.

“E ¿podéis vos hacer aquesto? – apuntéle -, que si es así, quiero busquéis una bien grande e rica e bien amueblada con hasta dos o tres dormitorios abajo e otros cuatro arriba e todos los servicios completos”.

“Puedo hacerlo, excelencia – prosiguió -, y bien sé qué casa buscáis. En ella habréis de vivir un tiempo antes de volver a Grazalema, pues han de resolverse los siguientes asuntos, que no son pocos. He de comunicaros de primero que estos hombres que compraron la casa ruinosa de al lado, hanse visto obligados a deshacerse desa finca e así, han decidido vendérosla, como dijisteis, al mesmo precio que la compraron e, como engañaron a su antigüo dueño, bien barata os costará (muy bien, decía yo sin palabras). He hablado de seguido con una señora que está interesada en comprar ambas fincas y es de mi confianza, pues, si permitís un consejo, mejor me parece vender la finca que no entrar en empresa de construir en Sevilla, que es harto dificultoso, mas ofrece esta mujer casi el doble de lo pensado (muy bien, me decía yo en pensamientos). E, por último, en este momento, he de haceros una pregunta”.

“Preguntad, don Justo – le dije -, que hasta agora lo que habéis dicho es muy de mi agrado y espero siga siéndolo lo venidero”.

“Lo es, señor – dijo con intriga -, e si habéis compañía, responded tan sólo sí o no. ¿Os habló alguna vez don Marcos de una «póliza de seguro»?”.

“Sí, sí, mas no entendí muy bien…”.

“¡No decid nada! – continuó -, pues es seguro que os pidió visitaseis la casa con lo que nosotros llamamos un «tasador», que no es más que un hombre que ve la casa e su contenido e le da su valor”.

“Sí”.

“Pues habéis de saber, excelencia – me dijo como concluyendo -, que la tal póliza ha aparecido y se estaba satisfaciendo e, teniendo las prueba de la guardia de lo ocurrido, os será puesta en un banco la cantidad de hasta […] millones de euros. Excelencia, ¿estáis al teléfono?”.

E del resto ya nada recuerdo, sino que Su Ilustrísima e don Ildefonso, muy preocupados, intentaban bebiese café por reanimarme.

PRÓLOGO – Parte II

ino Ildefonso e hubimos unas pláticas en el salón hasta sonar la campanilla e, ya dábamos buen cumplimiento a los manjares preparados para el almuerzo, cuando quedéme absorto mirando la calle a través de los cristales e reviví en un instante la fuerte explosión que hundió mi casa, aquellos otros cristales que se rompían por doquier y el llanto desconsolado de mi hijo cubierto por mi cuerpo e mi capa, e vi con claridad cómo le arrebataba el cuchillo de su mano e lo arrojaba lejos:

“Es curioso – dije sin apartar de allí la vista -; tenemos las cosas delante e no las vemos, como esos cristales, sino que vemos lo que hay detrás”.

“Marino – dijo Ildefonso al verme así -, no soy yo quién para daros consejos, mas sí me gustaría pediros licencia para daros mi humilde opinión”.

“¿Licencia decís? – respondile mirándolo - ¿Acaso no sabéis que vuestra opinión me interesa tanto como vuestros consejos? Decid cuanto creáis menester, que yo he de oíros e seguir vuestros consejos si son de razón”.

“La experiencia me ha enseñado – se dirigió también a Su Ilustrísima -, que en algunos momentos muy malos de la vida, reacciona uno con entereza e seguridad mas, pasado un tiempo, flaquea nuestra mente y es cuando nos vienen esos sentimientos”.

“Bien es cierto lo que dice Ildefonso, sobrino – continuó don Juan -, e vos debéis saberlo mejor que nosotros, que a buen seguro estoy de que habéis vivido momentos peores que estos. Mas no es de razón el flaquear agora, que si bien aquellos a los que os entregasteis en cuerpo y alma están agora con Dios Nuestro Señor, tenéis aquí que ayudar a muchos. No deberíais dejarnos en el olvido como no dejáis de cumplir jamás vuestras otras misiones”.

Y en oyendo sólo estas palabras, así les dije:

“Sin mi hijo no puedo ya estar y él sin su amigo Antonio y éste sin él e tampoco sin vuesas mercedes. Perdonad este momento, que heme quedado como libro en blanco”.

E oyendo Su Ilustrísima esto dicho, habló apresuradamente enviándome un mensaje:

“No hay libro en blanco, que todos tienen saberes en sus páginas. ¿A qué encuadernar papeles vacuos de contenido?”.

E advirtiendo no quería Ildefonso supiese lo del libro misterioso, le dije:

“Bien es verdad, Ilustrísima, que no os veo yo pasando hojas por pasar el tiempo”.

E con esto nos echamos a reír e seguimos comiendo.

PRÓLOGO – Parte I

uimos uno destos días a Ronda Su Ilustrísima e yo con Ildefonso por la necesidad que había de recoger ciertas cosas que decía iba a necesitar de su casa y, en entrando en ella, todo el servicio me dio sus condolencias por la muerte de mis seres queridos e dijeron luego iban a preparar almuerzo especial para ambos, mas hube de aclararles que también vendría a comer a casa Ildefonso, el dueño de la tahona, que desde tiempo ha les servía el pan. E así, les extrañó no iba él en persona a entregarlo desde hacía ya algunos días, que sus mozos tenía para el reparto e a pocas casas se servía, sino que había que ir a comprarlo a uno de sus despachos o a la mesma tahona.

Pasamos entonces a su bufete e púsose a buscar alguna cosa en los cajones:

“¡Ay, hijo!, que me parece a veces recordar cosas que no han ocurrido e otras no encuentro cosas de mucho uso. La edad, acaso, pone e quita cosas a su antojo de nuestra cabeza. Así será porque Dios lo quiere”.

E mirando la puerta que a la biblioteca daba, le dije:

“¿No será un libro lo que busca Su Ilustrísima? Muchas veces he venido, siempre os veo en lecturas e nunca me habéis mostrado esos antigüos libros e legajos que decís conserváis”.

“Cierto es lo que afirmáis, mas también debéis tomarlo como un olvido; ahora os lo mostraré”.

E siguió buscando no sé qué cosa en los cajones mientras me acercaba yo a una de las vitrinas que allí tenía e donde ya había visto antes verdaderas preseas que conservaba como nuevas.

“Acumula uno en su vida – le dije – muchas cosas de valor, e no sé luego para qué las atesoramos, pues en llegándonos la muerte, las perdemos”.

“Nada así ha de pasaros a vos, por agora – espetó sonriendo -, que a lo que sé, larga vida habéis tenido e larga os debe quedar, si así lo quiere Nuestro Señor”.

“Referíame con esto, Ilustrísima – confeséle -, a que sin haber muerto como todo ser humano, casi todo lo atesorado en mi vida he perdido. Hase hallado el Niño de Montañés casi intacto entre las ruinas de mi casa. No hay dinero que pague su valor e mucho menos el que para mí tiene. Quisiera traerlo a esta vuestra casa e que lo guardaseis en esta vitrina con el resto de vuestras cosas”.

“¡Aaaay, sobrino! – exclamó mientras seguía buscando -, que casi todo lo que en esa vitrina veis en esta casa estaba cuando yo llegué e vuestra es la casa como se ha visto e no mía. Lo que hay ahí dentro es vuestro, e no porque yo lo diga, sino porque escrito está y en mi testamento lo puse junto con otras cosas. ¿Sabéis lo que pienso? A veces, dejando de buscar lo que uno no encuentra y encomendándose a San Antonio bendito, acaba apareciendo en cualquier rincón, que lo que no se llevan los rincones, acaba apareciendo por los ladrones. (Quedóse pensativo) Creo que al revés lo he dicho”.

“Al revés, sí, como el que oye colores y ve cánticos maravillosos”.

“Pues una maravilla he de mostraros – dijo -, agora que lo recuerdo, por ver si vos sabéis de qué se trata. Venid conmigo, sobrino, que tal cosa es digna de ser vista aunque importancia no me parece tenga”.

E pasamos a la biblioteca e sopló sobre algunos viejos libros e legajos (no dejaba al servicio limpiar esa parte) e salió una nube de polvo.

“Poco polvo hay – me dijo –, que ha tiempo no recuerdo que debo cuidarlo e limpiarlo. Veamos… (estuvo buscando entre los libros) ¡Ah, sí, claro! Este es. Antes de abrirlo, he de deciros que pienso que alguien debió ser más desmemoriado que yo e puso esto aquí”.

E abriendo el libro, fue hojeándolo e yo lo ojeaba, mas vi que, aún siendo abultado, todas sus páginas estaban en blanco.

“¿Qué cosa es esta? – exclamé - ¿Quién se tomó la molestia de encuadernar tantas páginas vacías? ¿No será hay textos ocultos?”.

“¡No había pensado en tal cosa! – respondió impresionado -. Miradlo vos de cerca por ver si hay algunas marcas, pues aún siendo escritura invisible (cosa que dudo) debería haber ciertos trazos de la pluma sobre el papel”.

“Nada veo, Ilustrísima – le dije -, sino muchas, quizá cientos de huellas en todas las páginas. Es posible que vos no las veáis como no veis otras cosas que a muchos les son ocultas, mas si yo hubiese la destreza que ha mi hijo en contar cosas, podría deciros cuánta gente ha visto este libro página a página”.

“¿Queréis decir entonces – preguntó casi asustado -, que mucha gente ha podido leerlo?”.

“Es posible – lo cerré -, mas creo nunca lo sabremos. Dejadlo en su sitio e cuidadlo, que nunca se sabe lo que ha de venir”.

PARTE OCTAVA

De la pluma de plata

29 diciembre, 2006

Epílogo: y parte VI

sí pasaron los últimos días deste año; en viajes, compras e fiestas. Mas también vinieron a casa doña Dolores, don Diego y su esposa doña Montserrat, don Antonio e doña Pastora e don Pedro Salas con su esposa e su hijo Gregorio, que anduvo en juegos con Marinín e Antonio.

E ocurrió una tarde, que trayendo yo algunos dulces para los niños, corrió Marinín a abrazarme e a besarme e púsose a hablarme ciertas cosas al oído. Con esto, advertí se quedaba Antonio rezagado, quedo e parecióme triste. Así, al terminar los juegos con mi pequeño, le miré e le dije:

“¿Y vos? ¿No venís a decirme nada? No quiero me agradezcáis cosa alguna, sino que paréceme me teméis”.

“No tal, excelencia – exclamó -, que os agradezco cuanto hacéis por mí no siendo vuestro hijo”.

“¿E pensáis que llamándome excelencia – le dije sonriendo – e dejando una distancia entre nosotros hacéis lo correcto?”.

“¡Perdón, señor! – dijo un poco asustado -, ¿acaso no he sido correcto?”.

“Venid, acercaos – le hice un gesto con la mano -, que la distancia la estáis poniendo vos con Marinín e a entrambos quiero trataros de igual”.

Y en oyendo esto Su Ilustrísima desde su rincón, le dijo:

“¡Vamos!, Antonio, que no por ser mi sobrino el dueño de la casa nos da órdenes a todos. Llamaríale yo, por evitar tanta cortesía, tío Marino, que en esta casa siempre ha habido muchos tíos”.

E dudando un poco, acercóse a mí de espacio e vi sus ojos húmedos e, cuando ya estaba frente a mí agachando un poco la mirada, le tomé su rostro entre mis manos, le sonreí e le besé: «No soy fantasma que a nadie se coma».

E rompiendo en llantos abrazóse a mí con fuerzas e acariciéle la cabeza dejándolo se desahogase. Luego desto, saqué mi pañuelo e se lo di porque enjugase sus lágrimas e, alzando la vista me miró sonriente.

“Un beso nos debéis a todos; a mí, a tío Juan e a Marinín. Se acabaron esas distancias; ¿qué os parece?”.

E inclinándose tirando de mi capa dióme un beso e me dijo al oído: «Gracias, tío Marino». Fue luego hasta Su Ilustrísima e besó su cruz de primero en señal de respeto e abrazólo luego; e acercándose a Marinín púsose a su lado e tomólo por la cintura e lo besó.

«Ni campesino ni marqués».

Epílogo: parte V

eía Su Ilustrísima e hacía gestos con la cabeza como si no entendiese bien la lectura e, acercándome a él, le dije:

“¡Dios sabrá qué cosa complicada leéis!, que por los gestos que hacéis me parecen dificultosas”.

“Hasta para mí lo son, hijo – respondióme -, que a veces he releído libros por haber sido de mi gusto; por ventura, aún hay libros que no he leído, mas este es dificultoso”.

“E ¿podéis decirme de que asunto trata? – le dije -, pues si vuesa merced no lo entiende…”.

“Astrónomos e Astronautas llámase – contestó con misterio -, e de lo primero entiendo, mas de lo segundo habré de tomar papel e lápiz y estudiar física e matemáticas”.

“Quizá os distraería más – le dije con sorna – leer El Código DaVinci”.

E mirándome por encima de las gafas e muy en serio, aunque me veía reír, me dijo:

“¿Lo habéis leído vos acaso?, pues creo no llegué a pasar de la página veinte o treinta, que el hombre que ha escrito eso debe pensar que los europeos somos idiotas e cualquiera entra en una pinacoteca como El Louvre, en plena noche, e dedícase a descolgar cuadros”.

“Entero leílo – dije – y en DVD entero vílo, mas cuanto más leía e más veía menos entendía, que no hay momento en toda esa obra que parezca un poco real. En vuestras lecturas os dejo agora”.

E pasé al comedor donde estaba Cayetano haciendo alguna cosa junto a la chimenea e, al verme, púsose en pie:

“Algo de humo me parece entra en la casa, señor, cuando todo él debería subir”.

“Acaso sería menester deshollinarla – le dije -, que eso la hace tirar mal y entra carboncillo en la casa”.

E sacando la mano de mi bolsillo, entréguele una pequeña cajita redonda e quedóse mirando con extraño en diciendo:

“¿Qué me dais, señor? ¿Necesita esto acaso alguna reparación?”.

E mirándole gravemente e hablando quedo, le dije:

“Es un ungüento. No hay nada de magia e no huele apenas. Imaginad dónde debéis untarlo e Dios hará el resto”.

“¿Me estáis diciendo que esto es un remedio para…? – preguntó - ¿He de ponerlo en… gran cantidad?”.

“No; un poco de pasta basta – le dije -, el resto se desperdicia. Hay cantidad suficiente para un mes, mas creo no será necesario tanto tiempo”.

E abriendo la caja e oliéndolo, me dijo:

“No huele fuerte e, según creo, no ha de escocer ¿Es así?”.

“Así es – concluí en voz alta -, ved la forma de arreglar la chimenea”.

E dando la vuelta de espacio, volví al salón:

“Nunca me aburro, Ilustrísima – dije entonces -, mas paréceme algo me falta. Quizá dé aviso a Ildefonso para que me acompañe a Sevilla a – bajé la voz – comprar algunas cosas”.

E dejando caer el libro sobre el asiento de al lado e quitándose las gafas, me miró insinuante e dijo:

“Podríais decirle, ya que vendrá – usó cierta ironía –, que podría pasar la noche aquí con vos e llevarme a Ronda temprano por la mañana, pues también yo he de – bajó la voz – comprar algunas cosas”.

E seguí hablando muy quedo:

“Cuando volváis de Ronda con vuestras compras, avisadme un poco antes, que he de descuidar yo a los niños e deciros dónde dejar la mercancía”.

“A fe que paréceme este el remedio a vuestro aburrimiento e al mío, que dejaré estas lecturas por otras más provechosas, que no ando yo agora para aprender cómo hacer un viaje a la Luna”.

28 diciembre, 2006

Epílogo: parte IV

ecebí inesperada llamada del teléfono a medio día e supe era don Justo, el abogado:

“¿Excelencia? – preguntó -, ¿hablo con vos?”.

“¿Acaso mi voz ha cambiado tanto que ya no la reconocéis? – le dije -, que según el tono de vuestra voz bien me parece que algo ocurre”.

“¡Lo que voy a deciros me espanta!, pues tomé al anciano matrimonio de la casa de al lado de la vuestra e, muy agradecidos e de contento, recogieron sus enseres e los llevamos en un coche grande a vuestra casa de Triana. Y era maravilla de ver cuán gozosos estaban e cómo me decían os agradeciese lo hecho por ellos e que querían saber de vos”.

“Pronto he de ir a Sevilla – le dije – e iré a verlos, que toda su vida conozco e son gente muy agradecida”.

“Así me pareció, excelencia – contestó al punto -, mas una vez llevados allí, estos hombres dueños desa casa, enviaron a alguien que entró en vuestra finca sin permiso alguno e tiraron el muro que servía de contrafuerte. La casa de al lado se ha desplomado, ¡vacía a Dios gracias!”.

“Cambian entonces los planes – le dije gravemente -, que no he de vender mi finca a quien así actúa. Negaos a la venta”.

“¡Excelencia! – dijo atemorizado -, yo mesmo he visto ya el trazado de la nueva casa terminado; tal cosa no puedo hacer”.

“¿Acaso habéis firmado algún contrato? – preguntéle -, ¿la venta de mi finca?”.

“No tal, señor – respondió al punto -, que sois vos quien debe hacer tal cosa e delante de notario que de fe dello”.

“Negaos pues – insistí – e decidles les compro su finca al mesmo precio que la compraron. No hay otro trato”.

“¡Dios me ampare!, excelencia – dijo -, que vuestras palabras son órdenes, mas creo he de pasar unos malos momentos”.

“Recompensados serán éstos – concluí -, tomadlo como una empresa más. Sois abogado, no entiendo pues vuestro miedo a estos enjuagues”.

Epílogo: parte III

oguéle a María bajase con los niños a la plaza para poner en el buzón las cartas a Sus Majestades, e así, me dijo esta:

“Lo haré de forma que podáis leer antes sus deseos. Si vuestro hijo, que considero como mío, es bello de espíritu, siento ya a Antonio como de la familia, pues después del desgraciado suceso, cada noche rezo e lloro por todos ellos, que ya quisiera yo Dios me trujese de manos de los Reyes un niño que fuese la mitad de bondadoso que el vuestro”.

“¿Qué decís, mujer? – respondíle -, que no he de mirar lista alguna de regalos pedidos, que las cartas no deben abrirse si no vienen dirigidas a uno mesmo. E vos, orad cada noche por tener ese hijo con el que soñáis, que aún sois joven. Para Dios no hay nada imposible”.

E la mujer, confiando en mis palabras, llamó a los niños e les dijo bajasen con sus cartas que iban a ir a la plaza, mas viéndolos bajar de contento e sin ropa de abrigo, los tomó por los hombros, les dio la vuelta e les dijo: «Arriba, pequeños, que en la calle no hay chimeneas (todavía)».

Quedando solos Su Ilustrísima e yo en el salón, me dijo éste a media voz:

“No sé qué sistema habréis usado para saber lo que cada uno pide o si es que vais a regalarles cualquiera otra cosa, pero ¿podéis decirme cómo estáis seguro de que María podría dar a luz un hijo?”.

“Ambas cosas, Ilustrísima – contestéle muy quedo -, deberían ser secretos para todos, mas he de deciros que los niños fueron escribiendo la lista e diciendo los nombres de los regalos en voz alta e, aunque no sé qué son algunas cosas, a Ildefonso le pediré me acompañe a los almacenes. En cuanto a lo que a vuesa merced le parece más dificultoso, un embarazo de María, puedo aseguraros que hasta dos niños ha de tener antes de cumplir los treinta”.

“¡Santo Dios! ¿Cómo sabéis tal? – preguntó asustado -, acaso habéis hecho uso de alguno de vuestros remedios”.

“No tal, Ilustrísima – le dije riendo -, que no he puesto remedio alguno en su piel ni le he dado bebedizo, mas puedo saber por su rostro tendrá dos; e vos los veréis”.

“¡Jesús! – exclamó -, que cada día me sorprende más este mi sobrino”.

Epílogo: parte II

enábamos esa mesma noche e les vi se miraban e reían e nos miraban mientras comían una deliciosa e caliente sopa de Grazalema, e viendo esto, les dije:

“¿Qué cosa ocultáis o tramáis, pillines?, que ya os voy conosciendo cuando estáis juntos”.

“La carta a los Reyes ya está escrita, excelencia – dijo Antonio -, e contiene dos listas con los regalos. Hemos de suponer que querréis ver esas listas”.

“¿Por qué ha de ser así? – preguntéle - ¿Acaso no sois vosotros los que pedís a los Reyes? ¿Para qué iba yo a querer saber lo que en ellas habéis escrito?”.

E volvieron a reír e dijo Marinín:

“A Antonio le han dicho que los Reyes son los padres e, si no leéis la carta, ¿cómo vais a saber lo que queremos?”.

“¿Los padres? – dijo Su Ilustrísima fingiendo enojo - ¿Quién os ha dicho semejante tontería?”

“Cuando terminemos la cena – les dije -, poned las cartas en dos sobres que tengo ahí guardados a la sazón e, sin que yo vea lo que ponéis cada uno, echadlos al buzón de la plaza mañana. María os acompañará, mas no decidle lo que ponéis. Desta forma, comprobaremos si es cierto lo que le han dicho a Antonio”.

“¡No sé cómo! – murmuró don Juan -, mas «ellos» sabrán”.

“Haced lo que os digo – insistí -, e si no es como deseáis, es que éstos o no son Reyes o no son magos”.

“Santos son – apuntó Su Ilustrísima -, que también eso les hace hacer maravillas, que cuando buscaron y encontraron al Niño en su pesebre ya sabían qué llevarle; oro, como rey que sería, incienso como Dios e mirra como hombre mortal”.

“Lo del oro y lo de incienso – dijo Antonio – bien entiendo, mas no tanto eso de la mirra, pues de poco estudio soy e no sé qué cosa es esa ni para que ha de usarse”.

“Es la mirra – le dijo Su Ilustrísima – resina de olor muy bello e fuerte que usábase para hacer bálsamos e untar a los muertos, que después de un tiempo dan hedor. Con esto, le reconocían como hombre mortal; sabían que moriría”.

“¿E cómo sabían eso? – insistió Marinín -. Acaso alguien les dijo algo antes de llegar”.

“Sois desconfiados – les dije -; dejad pasar el tiempo, echad las cartas e ya veremos”.

Epílogo: parte I

asados los peores días – aún siendo los mejores del año -, disfrutamos el resto de las fiestas en Grazalema e quiso Su Ilustrísima estar con nosotros por sernos de ayuda e consuelo, mas pronto los niños comenzaron sus bromas de los Santos Inocentes, de la Nochevieja e de Los Reyes Magos.

Subí una tarde a verles jugar (cosa que comienza a ser de mi gusto) e los encontré a entrambos yaciendo en la cama e hablando, e así me dijo Marinín:

“Vos mesmo me enseñasteis a llamar a la puerta antes de entrar e no es la primera vez que os lo recuerdo, papá, mas ya que habéis abierto, pasad, que pensando estábamos en los regalos que nos gustaría nos trujesen los Reyes”.

E sentándome a su lado les hice cosquillas a entrambos e rieron mientras decían: «¡Ya basta, ya basta!».

“¿Y qué cosas se os ocurren pedir? – les dije -, que deberíais escribir una carta cada uno en dándoles el saludo e manifestando vuestros deseos, pues demasiado buenos han de ser estos reyes, que después de un año sin acordaros dellos, os regalan cosas”.

“Mi rey preferido – dijo Marinín -, sabe me acuerdo dél todos los días e soy bueno”.

“Tanto no recuerdo yo al mío – dijo Antonio -, mas cumplo con mis tareas e con mis padres. ¿Cree su excelencia eso es suficiente?”.

“A los dos os voy a dar respuesta, que me parece cada uno refiere cosas distintas. Vienen los Reyes Magos poco después de la Navidad a visitar a todos los niños como fueron a adorar al Niño Jesús recién nacido e le llevaron ricos regalos. No habéis de pensar en ellos todo el año, entonces, sino esperar a que lleguen estas fechas e hacer un examen de lo que habéis hecho en todo el tiempo pasado. Cuando yo baje al salón, escribid esa carta e que sea correcta, que escribís a unos reyes, e les enviáis, si ello es posible, una lista clara con las cosas que más os gustaría tener. Terminada la carta, la doblaréis e la pondremos en sendos sobres a su nombre. Veréis como todo se cumple”.

Con esto, dejélos allí pensando y escribiendo e bajé luego al salón con Su Ilustrísima e me dijo éste:

“¿Qué hacen esos dos mozos?, que mucho tiempo me parece ocupan en juegos e olvidan sus obligaciones. Mas me gustaría supierais algo que en ellos he observado en estos días de vuestra ausencia, pues era de razón que Marinín os echase de faltar, mas no lo era tanto que igual le ocurriese a Antonio. En verdad, en verdad os digo, que habiendo mejorado mucho su lengua, hame dicho cosas de vos que no las esperaba”.

“¿Y qué cosas son esas? – preguntéle -, que no hago sino dejar que esté junto a mi hijo e así se hagan mutua compaña”.

“Dice que a sus padres honra porque muy buenos son; e no le falta razón en ello. Mas confesóme que ojalá hubiese tres años menos. Así, le pregunté por qué quería ser más pequeño e díjome que no era por ser como Marinín, sino porque vos lo trataseis como a él. Entendí yo otra cosa, sobrino, pues los niños que con vos llevasteis a Sevilla eran todos de esa edad e paréceme piensa él que ya es demasiado mayor”.

“¡Santo Dios!, no quiero ese niño se sienta inferior por ser mayor. Dejadme hable yo con él”.

27 diciembre, 2006

De las pláticas con Su Ilustrísima sobre mi viaje

omábamos alguna cosa en el salón antes de retirarnos al descanso, cuando dije a los niños ya era hora de subir al dormitorio. E viendo Su ilustrísima que yo no refería nada sobre lo ocurrido en Madrid, así me dijo:

“Vuestro trabajo respeto tanto como vos respetáis el mío, mas no entiendo muy bien ese viaje fugaz y en fecha tan señalada, que después de todo lo ocurrido, me hace pensar que sería cosa de mucha importancia”.

“Así es, Ilustrísima – le dije -, mas no he tomado yo la decisión de llevar a cabo empresa alguna, sino que fui avisado e otra cosa no podía hacer sino cumplir las órdenes”.

Y en oyendo esto Ildefonso, miróme con extraño e dijo a don Juan:

“Yo mesmo oí el aviso que se le dio. No era decisión dél trabajar en Nochebuena, sino de algún alto cargo. Tiene Marino un trabajo muy diferente al mío, que necesito estar vigilándolo a diario e no me parece incomode, mas vivir en constante riesgo e no saber qué día te toca actuar, me parece empresa dificultosa de llevar”.

“Cuando no nos refiere nada – dijo don Juan -, y en eso bien lo conozco, es que ha sido labor que debe mantener en secreto. No quisiera yo nos refiriese cosa alguna que no pueda, sino saber si ha sido en verdad empresa arriesgada o dificultosa”.

“Si a viajar, trazar planes y enfrentarse con la muerte – le dije -, le llamáis empresa arriesgada o dificultosa, he de deciros que ha sido esta una dellas. Mas he cumplido mi misión tal como se me encargó y ello tiene su recompensa”.

“¿Podríais darnos una idea – preguntó Ildefonso con respeto – del pago de tal empresa? Quiero decir con esto que si en verdad os recompensa este sacrificio”.

“Puedo aseguraros a entrambos – les dije -, que no me importa tanto la recompensa económica como la satisfacción de la labor cumplida, mas no puedo quejarme de ninguna de las dos cosas”.

“¡Ayyyy, sobrino! – exclamó Su Ilustrísima -, que cuando decís vos eso es que bien habéis aprovechado”.

En Grazalema e a veinte e siete de diciembre del año de dos mil e seis.

De la confirmación que recebí

oco antes de despertar los niños, sonaron las músicas de mi móvil e oí la voz del sargento madrileño:

“Coronel o capitán, según os plazca – dijo en risas -, mas excelentísimo señor, debe saber vuesa merced que a primera hora de la mañana han venido aquí a buscar a Andrés, pues por desaparecido se le da y el primer sospechoso de su desaparición erais vos. Así, mostréles vuestros números del teléfono e, sin necesidad de llamaros, pudieron ver que en Grazalema de la Sierra estabais usando el GPS. E yo mesmo me he comprometido a buscaros como si nada supiese”.

“Todo esto, sargento – le dije -, sigue pareciéndome obra de brujería”.

“Pues no son sino adelantos de la ciencia – respondióme – que nos permiten hacer estas cosas. En estos momentos la familia piensa está Andrés en paradero desconocido e busca a quien se lo haya llevado con la esperanza de encontrarle o vivo o muerto. Mas sus cenizas descansan en cierto lugar e no han de aparecer. Vuestra empresa se ha llevado a cabo con éxito. Disfrutad agora de un merecido descanso con los vuestros e llamadme si ello os fuere menester”.

Así, agradecíle las atenciones recebidas y esperé el despertar de los niños, que sin llegar a vestirse, bajaron corriendo a mis brazos en llantos.

“¿Qué os pasa, hijos? – les dije sonriente -; acostumbraros debéis a que alguna vez tenga que ausentarme cualquier día del año, mas no temáis, que siempre estaré con vosotros”.

No quería María acercarse a mí e enjugaba mientras sus lágrimas e miraba el servicio tras la puerta.

“¡Salid! – les dije -, que como de mi familia os considero, e acercaos sin miedo alguno. Agora traerán Valeriano e Ildefonso unos regalos que para todos me ha dado el mesmo Papá Noel en viniendo esta noche. Abrid cada uno el vuestro e disfrutad dellos”.

Así, almorzamos juntos e felices e, no habiendo misa de tarde en la iglesia de San Juan, invitó Su Ilustrísima al párroco e oficiaron una misa en el nuevo comedor y en acción de gracias.

En Grazalema e a veinte e siete de diciembre del año de dos mil e seis.

De la llegada a Grazalema el día de la Navidad

uise notar que el coche paraba de forma un tanto brusca e oí la voz de Valeriano advertirme estábamos ya entrando en la carretera de la ribera. Así, incorporéme en la obscuridad e salté al asiento de delante.

“Abrid esa pequeña maleta que frente a vos se encuentra – me dijo -; sólo debéis pulsar el botón. En su interior encontraréis una cajita con pañuelos empapados en perfume. Limpiaos un poco la cara e las manos e así os sentiréis más despierto”.

“Bien me ha venido ese descanso – espeté – mas no sé agora cuánto tiempo ha pasado”.

“Tal cosa no importa, que hay agora carreteras nuevas que antes de llegar a Sevilla giran hacia Cádiz e a gran velocidad hemos venido con permiso de la guardia. Aún no despunta el día e ya nos acercamos al pueblo. Paréceme, excelencia, se acaba la empresa en poco, mas siendo tan de temprano, ¿cómo entraremos agora en la casa?”.

“Previsto está, no tengáis cuidado – le dije -, que de todo di cuenta al servicio”.

Y en llegando a la puerta de la casa, abrióse ésta e salíó de priesa Cayetano con don Antonio e dos fuertes mozos. Nos abrazaron con emoción entrambos amigos e dejamos las pláticas para más tarde. Abrió Valeriano el maletero e vi en la cara de Cayetano grande sorpresa al ver los sacos:

“No tengáis cuidado – le dije muy quedo -, que no son cadáveres. Pasadlos a la antigua cocina e cerrad con llave”.

La caja fue puesta a buen recaudo e restamos en el salón a la espera de una llamada e del desayuno, mas siendo Su Ilustrísima hombre de sueño ligero, salió al poco e saludónos quedo e nos bendijo e le vi lloraba.

“Día e noche – me dijo Cayetano – ha estado despierto y en rezos. Hoy parece haberle vencido el sueño un poco”.

“Sólo he de comentar agora – les dije a los presentes -, que con el gran ayuda de Valeriano, se ha cumplido limpiamente la empresa”.

“¡Daremos gracias al Señor! – dijo don Juan -, que sin sueño ni hambre me habéis tenido e harto trabajoso ha sido distraer a vuestro niño e a su amigo”.

“En el coche nos ha acompañado Papá Noel e nos ha dejado regalos para ellos e para vos e para todos – concluí – e pasado ya el trance, celebraremos juntos la Navidad e descansaremos cuanto haya menester”.

De la verdad del día veinte y cuatro (5/5)

ntraron entonces hasta cuatro guardias e arrastraron los sacos de debajo de la cama e fui con ellos y el señor juez hasta la entrada, donde esperaba ya Valeriano. Así, le ordené pasase los juguetes al asiento de atrás para poner en el maletero los cuatro sacos.

Ilumináronse poco a poco las luces de la calle e vinieron otros hombres con fuertes chorros de agua para limpiarla, e veíase en algunas partes cómo se congelaba ésta.

Hubo ceremoniosa despedida e rogáronme les entregase mis números del teléfono por saber si había nuevas. E con esto, se nos apremió porque subiéramos al coche e partiéramos e, tomando la ruta que Valeriano ya tenía trazada comenzamos la vuelta a Grazalema.

“No tengáis cuidado, excelencia – me dijo -, que sé bien el camino e cómo llevarlo. Dejando los juguetes en el suelo, podríais usar el asiento de atrás para haber un poco de descanso, pues yo he tomado un remedio que me mantendrá despierto hasta mañana en la noche”.

“Algún descanso he de tomar cuando nos alejemos de Madrid – le dije -, que no quiero se me advierta cansado al llegar, mas querría antes tener una corta plática con vos”.

“Así será, si así lo deseáis – contestóme -, que bien entiendo que estéis algo confuso por todo lo pasado esta mesma noche”.

“Bien confuso – le dije -, que no sabía teníamos a tanta guardia en escolta ni que iba a terminar con la vida de Andrés”.

“Según se me ha dicho, excelencia – dijo -, si no le dais muerte seríais agora vos el cadáver. No pensaría yo más en tal cosa, sino que habéis cumplido con creces vuestra empresa”.

“Bien decís con creces, Valeriano – le dije sonriendo -, que no esperaba tal pago por llevarla a cabo”.

“No hay dinero para pagar una vida, señor – contestóme con razón -, que no es ese dinero para resarciros de lo que nos ha ocurrido, sino para pagar la labor encomiable que hacéis arriesgando vuestra vida”.

E viendo yo el coche comenzaba a aumentar la velocidad, le dije a Valeriano dormiría un poco atrás e me dijo éste:

“Más de diez veces la velocidad de una montura llevamos. En poco tiempo estaremos en Grazalema e se habrá acabado la pesadilla”.

“Así sea – contestéle – e avisadme al llegar a la Ribera del Gaidóvar”.

En Grazalema e a veinte y siete de diciembre del año de dos mil e seis.

De la verdad del día veinte y cuatro (4/5)

acía bajo la luz que de la casa venía e de su cuello salía un reguero de sangre que corría calle abajo como en la noche toledana, e parecióme ver vapores salir de allí, pues era la temperatura muy baja. Al poco, parecióme oír algún ruido en la obscuridad.

“No os mováis, coronel – dijeron de lejos a mis espaldas -, somos de la guardia e a ayudaros venimos”.

Así, vi aparecer coches de la guardia por todas partes e con las luces apagadas e dellos salieron hasta tres guardias e se acercaron al cadáver, e uno dellos retiróse a vomitar.

A mi lado, oí entonces la voz de un sargento:

“Tal agilidad con la espada no había visto – agachóse a tomar el pistolete con un guante -. Este pistolete estaba cargado e listo para mataros”.

No hube palabras para lo oído, sino que me dijo luego:

“Aquí está la persona que ha de entrar con nosotros en la casa; el juez. Cuando vos deis la orden, así se hará”.

E vinieron luego hasta cuatro guardias más con un saco para guardar el cadáver e otro venía corriendo desde abajo con una bolsa negra (que supuse traía la cabeza) e la puso también en el saco. Al punto, aparecieron otros dos con bolsas de polvo como arena o aserrín para tapar la sangre. E di órdenes entonces de recoger lo que habría de llevarme.

Pasamos a la casa con el juez, que ya sabía dónde se escondía la caja, e recorrimos un corto pasillo entrando luego en una habitación de niños, pues de colores estaba llena e de muñecos e juguetes. Púsose de rodillas el sargento junto a una cama e, levantando la ropa, sacó la caja envuelta en su paño adamascado en diciendo:

“Lo que a vuestras manos había de volver, ya ha vuelto; e bajo esa cama creo que hay también algo más pesado que os pertenece: cuatro sacos”.

“Uno, excelentísimo señor – aclaré al juez -; sólo uno”.

“Miremos debajo pues, e veamos – comentó -, pues se me ha dicho que deberéis retirar cuantos haya”.

E hube una gran duda en aquel momento, pues no sabía si se refería a los cuatro millones o a aquel mío que se habría dividido en cuatro sacas.

“Adelante, ilustre señor – me dijo como coronel -, que vos sabréis mejor que yo cuáles son”.

“Con la venia – saludéle -, he de arrodillarme para comprobarlo”.

E al mirar bajo aquella cama, vi hasta cuatro sacas del mesmo tamaño que la que me fue usurpada.

“Un error debe haber, señoría – le dije casi asustado al ponerme en pie -, pues cuatro sacos hay como el que debería retirar”.

“No, coronel; creo no me habéis entendido – dijo sonriente -; si cuatro sacos hay ahí, los cuatro habréis de retirar como vuestros”.

De la verdad del día veinte y cuatro (3/5)

acía gestos de tener frío e miraba calle arriba e calle abajo e yo permanecía oculto e con mi uniforme negro junto a la cancela de entrada. Volvióse entonces al no ver nada e dirijióse hacia la casa, mas, con la luz que della salía vi de primero su sorpresa, e luego su pavor, al comprobar que una hoja brillante de acero le cortaba el paso. Sin decir palabra e temblando (no sé si de frío o miedo), quedóse suspenso intentando ver en la oscuridad.

“Soy yo, Andrés – le dije con voz suave e segura -, e no me veis a mí, sino la hoja de mi blanca que, de momento, aparte de cortaros el paso, veo también os corta la respiración”.

“¡Capitán! – exclamó - ¿Qué cosa hacéis aquí?”.

“¡Coronel! – le dije a media voz -; ¿o es que quizá en lo obscuro no distingáis una estrella de seis de una de ocho puntas?”.

E moviendo con rapidez el sable, dejé el filo pegado a su cuello.

“Vos no me veis – continué con tono suave -, pues de negro vengo y en las sombras me hallo; mas sí veo yo, e muy bien, el miedo que asoma a vuestros ojos. Como ya sé bien que no se puede entrar en casa ajena sin permiso (extendí el brazo hasta la luz), aquí tenéis la orden que me permite entrar”.

“¡Erráis! – contestó sollozando -, que tal orden no es válida si no os acompaña la guardia e la persona enviada por el juez”.

“Tal cosa sé – volví a susurrarle -, que en poco han de estar presentes”.

Mas viendo yo hacía el intento de correr calle abajo, hice que la punta afilada de mi sable recorriese su espalda de arriba a abajo rompiendo su ropa en dos e trazando una línea en su piel.

“¡Socorro! – gritó - ¡Ayuda!”.

“¿A qué gritar, Andrés? – le dije otra vez a media voz -, pues nadie os va a oír, que vengo bien informado de que nadie habita aún en esta calle”.

“Capit…, coronel – me suplicó -, hace frío e me habéis dañado por la espalda”.

“Frío tengo yo aún los huesos de lo que hube de sufrir – le dije – e dañado mi corazón por la espalda, mas no vengo a tomar venganza de lo que hicisteis, sino que tengo órdenes de mis superiores de recobrar lo usurpado con engaño a mi amigo Marcos, pues no es otro mi deber que tener a buen recaudo esa caja”.

“Dentro de la casa está – seguía sollozando -; pasad e os la entregaré”.

“Donde está, lo sé – le dije esta vez alzando la voz -, e no voy a pasar a la casa pues también sé que alguna rara intención habéis ya en mente. Agora, ahí, ante mí, poneos de rodillas e pedidme excusas por lo hecho”.

“Hace frío, coronel – pidió en llantos -, pasemos a la casa, os la entregaré e partiré, pues me esperan y me echarán en menos, que es hoy la cena de Navidad”.

“¿No sois ateo? – le dije con sorna - ¿A qué ir a celebrar algo en lo que no creéis?”.

“Cuando me echen de faltar – dijo – vendrán e seréis preso”.

Y en ese momento cayó de hinojos ante mí e comenzó a decir palabras que no entendí e fue agachando la cabeza, de forma tal, que la luz comenzaba a no darle e, levantándola rápidamente, vi me encañonaba con un pistolete e fue tal mi reacción, que hice volar la hoja horizontalmente por el gélido aire e cercené su cuello, cayendo su pesado cuerpo al suelo e rodando la cabeza calle abajo e perdiéndose en la obscuridad.

De la verdad del día veinte y cuatro (2/5)

n silencio estábamos, cuando oímos hablar en la calle, se encendieron unas luces e partió un coche de color claro: «Ese es».

“La hora es llegada, amigo Valeriano – le dije -; otra media hora e que Dios me ayude”.

“Sin duda, señor – respondióme -, le ayudará, mas creo no le hará falta. Yo restaré aquí en el coche como se me ha ordenado mas, si os vieseis en grave peligro, gritad mi nombre, que no va a amedrentarme enfrentarme a criatura tan detestable”.

“He de agradeceros os ofrezcáis a valerme – le dije -, mas corto será el lance e ya sabéis lo que habemos de hacer en terminando”.

Así, se acercaba la hora de la llegada deste hombre e vimos de pasar calle abajo su coche e paró al poco de pasar la esquina.

“Es la hora – dije -; dadme el sable e comenzad a orar”.

Así, bajé del coche e dejé Valeriano cerrase la puerta sin hacer ruido alguno e fuime acercando a la esquina con harto cuidado e asoméme un poco, viéndole entrar en la casa e dejando la cancela abierta. Hacía con esto fuese aún más fácil la entrada. Miré a mi en derredor por ver si veía a alguien e nadie parecía verse ni en las lejanas calles que estaban iluminadas e, caminando muy de espacio e pegado a la pared, acerquéme a la casa en lo obscuro e frío de la noche.

Sabiendo ya que no ha de entrarse en domicilio alguno sin permiso, entré por la cancela con sigilo e le oí hablar e reír (es seguro hablaba por teléfono) e oyéndole, golpeé con fuerzas la puerta usando la empuñadura de mi blanca e salí a esconderme junto a la entrada. Así, vi al poco cómo abría la puerta, pues de allí salía la luz hasta la calle. Volvió a cerrar e ya no hablaba e volví yo a dar unos fuertes golpes e a esconderme a la salida, mas esta segunda vez, dejando la puerta abierta por haber luz, salió hasta la calle abrigado con una bata e allí miró a un lado y a otro. Era el momento.

De la verdad del día veinte y cuatro (1/5)

uimos avisados temprano de mañana e preparamos lo poco que habríamos de llevar, nos desayunamos e partimos para Madrid e, al salir de Sevilla, preguntóme Valeriano si seguía sintiendo los vértigos por la velocidad e le dije que a todo se acostumbra uno después del mucho uso. Con esto, comenzó el coche a ir cada vez más rápido e, una vez tomada cierta velocidad, parecíame no nos movíamos. Hicimos parada en una venta por haber un poco de descanso e tomar alguna cosa y, mucho antes de lo que yo imaginé, en Madrid nos hallábamos.

Fuimos de primero a la dirección que nos dio el inspector leonés e no era sino cuartel de la guardia e, al vernos de entrar allí, se nos dio grave e cordial saludo militar e pasamos, sin esperas, a un despacho. Había allí un capitán que púsose en pie al instante, nos saludó e nos invitó a sentarnos. Desta forma, hubimos unas cortas pláticas e nos dijo el lugar e la hora exacta donde deberíamos esperar e cómo acceder a la casa deste tal Andrés.

Pasamos así la tarde hasta comenzar a venir la noche e, tomando Valeriano las señas que se le dieron, recorrimos muy luengas calles e luego carretera estrecha hasta llegar a un lugar apartado donde había muchas casas grandes e ricas en calles muy inclinadas. Subimos por una dellas e luego fuimos hacia abajo hasta llegar a una esquina. Paró allí Valeriano en lugar obscuro e señalóme un papel en un poste de luz apagada; era la señal que le indicaba dónde debería parar e, tomando los otros datos, mostróme la esquina que a pocos metros quedaba e me dijo que, bajando a mano diestra por aquella que cruzaba, encontraría el lugar que se me había indicado. Muy quedo, bajé del coche en lo obscuro e asoméme a la tal esquina e vi era la segunda casa la deste Andrés. Volví al coche e allí esperamos bajo el frío estremecedor hasta ver salir a la familia e un poco más.

En este tiempo, preguntéle a Valeriano por diversas cosas que yo no sabía y, entre ellas, quise saber si él conocía el coche grande que hubimos para ir a Grazalema e, diciéndome lo conocía bien, pedíle la merced de acompañarme en Sevilla a lugar donde lo vendiesen, pues gustaba más a mi hijo viajar en aquel desaparecido coche. Así, me dijo que estando en Sevilla me llevaría a verlo e comprarlo.

26 diciembre, 2006

De la verdad del día veinte y tres (3/3)

ostráronseme muchos permisos e algunos mapas del lugar e me fueron entregados documentos que debería portar. Tras un delicioso almuerzo donde se encontraba también Valeriano, tomamos un pequeño descanso e se vieron luego otros detalles porque todo fuese tal como se había trazado. Fuimos luego a una cochera e se cambiaron los números del coche (que a estos llaman matrícula), compré a mi niño e a su amigo unos preciosos regalos e juguetes e, tras una tranquila cena con Valeriano, fuimos a pasar la noche en un hotel que habíase concertado. No salía de su asombro Valeriano al saber el plan, pero dispuesto estaba a cualquier cosa que fuese de ayuda.

Con esto, miramos en el hotel los mapas e las horas e todo lo que habría de hacerse, pues tratábase de llegar a Madrid esa mesma tarde del día veinte e cuatro, solucionar el problema e amanecer en Ronda el día veinte e cinco.

Así, llamé a Su Ilustrísima e preguntéle si todo iba bien e me dijo estaban los niños tristes por no tenerme a su lado en estas fechas.

“Ilustrísima – manifestéle -, sabéis quisiera hablar con mi hijo, mas eso me obligaría a decirle que no estaré en Grazalema hasta la mañana de Navidad. Dios os ilumine para encontrar el modo de que lo entiendan entrambos. Una vez llegado al pueblo, os diré lo ocurrido”.

“Colijo me habláis de obligación ineludible – contestóme a media voz -, e la obligación debéis cumplir antes que la devoción. Dios os acompañe en vuestra empresa e os ayude a cumplirla como sea establecido, que habrá tiempo de darle gracias a Dios cuando volváis; e mi bendición tenéis porque así sea”.

“Agradecido os quedo por la merced que me concedéis – le dije – y el cuidado que a fe pienso tendréis tanto de mi niño como de su amigo Antonio. Dios os lo premie, Ilustrísima”.

Ni Valeriano ni yo habíamos buenos ánimos e, sabiendo nos quedaba un día de mucho movimiento, nos retiramos a nuestras estancias a temprana hora.

En Sevilla e a veinte y seis de diciembre del año de dos mil e seis.

De la verdad del día veinte y tres (2/3)

entados en una luenga mesa, pusieron sobre ella muchos papeles e así comenzó a narrarme el inspector leonés:

“Todo sabemos ya sobre este asunto, mas no podemos actuar nosotros aunque tengamos permisos de muchas instancias. Vos, deberéis ser vos el que libere esa caja de las manos donde se halla. Sé es una labor muy difícil, mas es imposible para nosotros; no podemos poner a la mesma guardia a luchar contra un jefe de la guardia”.

Bebió algo de agua de un vaso mientras nos servían un café e continuó hablando:

“De buena mano sabemos cuándo e cómo podréis capturarlo, retirar la caja (e tal vez vuestro dinero) e hacer con él alguna cosa que no le permita volver a sus andanzas”.

“No quiero venganza – les dije -, mas no puedo perdonarle lo que ha hecho e si me pedís cumpla mi misión, he de hacerlo sin dudar. No ha de temblarme la mano”.

“Tampoco nosotros os hemos llamado para que os venguéis – me dijo el sevillano -, aunque sí he de suponer que lo sufrido bien merece le deis un susto y evitéis, de alguna forma, este hombre pueda volver a hacer tales cosas, aunque sí creo la solución imagináis”.

Así, terminó con algunas frases el inspector leonés:

“Sólo hay un lugar y una hora para ello, mas me temo que ambos son poco adecuados en apariencia. La casa de Andrés hállase en un retirado barrio de Madrid; vive en casa lujosa, no os dejéis engañar por su desaliño indumentario. Su mujer e sus hijos partirán para la cena de Nochebuena a una hora e más de media hora después llegará él de trabajar para mudar sus ropas e partir también a la cena”.

“¿Acaso me habláis de la mesma Nochebuena? – exclamé - ¿Qué caso es este?”.

“No hay otro momento si no queremos perder la caja y al que la tiene de vista para siempre – prosiguió -, e no creo que sea este vuestro deseo. Se os dará todo tipo de detalle e, aunque nunca veréis cosa alguna que os haga pensar estaremos cerca de vos, ni un segundo seréis perdido de vista”.

De la verdad del día veinte y tres (1/3)

uy de temprano, sonaron las musiquillas de mi móvil e parecióme oír con misterio la voz del inspector sevillano:

“Coronel – dijo –, si dormido estáis mucho me temo que habréis de despertar e prestar atención”.

Encendí entonces la lámpara e asustóse Ildefonso pensando algo ocurría e, mientras el inspector iba pidiéndome que me aprestara para ir a Sevilla lo antes posible por motivos muy urgentes, vi la mano de Ildefonso poner el jugo en mi mano e sentarse junto a mí.

“Nada de lo que sabemos entrambos inspectores – me dijo – puedo narraros por teléfono, mas, aunque sea temprano, tarde es ya si queremos solucionar ciertas cosas”.

“A fe que nada entiendo – contestéle casi en sueños -, mas no he de hacer preguntas, sino partir para Sevilla al punto”.

E luego desto oí la voz del inspector leonés que me lo confirmaba, así, les dije estaría allí lo antes posible. Tomé mi jugo de naranja sin priesa (que tal es mi costumbre), e comentéle a Ildefonso algo importante ocurría, mas en muy poco tiempo, ya estaba yo preparado para la partida e diciéndoles a Su Ilustrísima e a mi amigo cuidasen de los niños en mi ausencia.

Preparando un pazco equipaje, partimos para Sevilla e fuímos a la dirección que nos fue dada, donde encontrábanse los dos inspectores y el general al que le entregué la falsa caja roja.

“Inspectores – fue mi primer saludo -, tal como se me ha requerido aquí estoy. General – fue mi segundo saludo -, veros aquí me hace pensar que no os ha gustado os entregue una caja como la auténtica, no siéndolo. E así os pido volver a ser capitán e no coronel, que habiendo hecho tal cosa no por engañaros, sino por seguridad de todos, reconozco no he cumplido las órdenes dadas”.

Mas para mi sorpresa, me dijo el general:

“Nada importa tener una caja que es tan buena copia, que desto ya estoy informado, sino que pensaba teníais vos la original a buen recaudo e tal era suficiente para mí, mas oyendo agora lo ocurrido, cambian las cosas. Necesito recuperéis esa caja al precio que sea; e de dinero no hablo. Si una vez recuperada queréis guardarla vos a mejor recaudo que estaba, no me importa; si quisiéredes entregármela a mí, yo habría cuidado della, mas en las manos que está agora nos hace correr peligro a todos. Los inspectores os darán más detalles. En cuanto al ascenso en el rango, se cumplirá aquello que vuesa merced desee, que el ascenso a coronel no era sino recompensa más económica que otra cosa. Vuestro deber sabéis e creo bien lo habéis cumplido, mas con gente como las que nos encontramos en esta vida, comprendo os sea muy dificultoso cumplir vuestra misión. Pediré agora volváis a ser capitán por propio deseo e vos decidiréis qué hacer con la caja una ver recuperada, que esa es mi orden ineludible”.

E con un saludo e un gesto muy grave, salió de aquella sala.

“Culpable me siento de todo lo ocurrido – les volví a repetir -, pues deposité mi confianza en alguien que supo esperar el momento oportuno para llevarse, no la caja, sino la mayor cantidad de dinero posible”.

“Vuestro abogado, amigo o compañero Marcos – dijo el leonés – también consiguió engañarnos a nosotros. No os sintáis culpable, que la trama es suya e también él ha sido engañado, pues es Andrés más listo e más peligroso que él. Por desgracia, su mente ha enfermado e ya no podemos contar con su ayuda”.

“Tal vez – les dije -, si hase arrepentido e hablase yo con él…”.

“En el lugar donde se haya no podréis entrar – dijo el leonés -, que es asaz peligroso e, si no acaba matándoos, tendréis que hacerlo vos”.

Addendum

He de aclarar agora a vuesas mercedes, pasados los principales días de la Navidad, que lo escrito en los días veinte y tres e veinte y cuatro deste mi diario, no son otra cosa sino historias inventadas. Sabiendo que estos textos son leídos como información para ciertas personas, he preferido inventar hechos e narrar agora lo que realmente ha sucedido en los dos días anteriores. No es de razón ir diciendo al enemigo los pasos que uno va tomando, mas ya tomados, quiero se sepa lo que en verdad ocurrió en estos días.

24 diciembre, 2006

De la Noche de Paz en Grazalema

ía de frío aquí que hanos mantenido encerrados mas entretenidos en diversas cosas; e los niños han disfrutado de sus máquinas más que otros días.

E ya llegada la tarde – que aquí es noche – hablábamos Su Ilustrísima e yo en el salón sobre la celebración de la Navidad e cómo venían los acontecimientos. E dijo don Juan que era día e noche esta de evitar rencillas, rehacer lazos rotos e unirse la familia. Desta forma, me sentí con gran pesar por no poder compartir esta noche con mis seres queridos e aseguró Su Ilustrísima que, de alguna forma, estarían ellos presentes en nuestra cena e que deberíamos, incluso, olvidar el rencor hacia nuestros enemigos. E tal frase me hizo reaccionar en diciéndole:

“La víctima, Ilustrísima, tiene que defenderse por doquier; el atacante puede elegir a su gusto el sitio y la hora. La víctima sabe cómo puede ser atacada; el atacante inventa nuevas formas de ataque. La víctima pasa el tiempo en vigilias por no ser dañado; el atacante puede descansar a gusto e aparecer a placer. La víctima está indefensa, pues debe actuar conforme a las leyes dictan; para el atacante no hay leyes. No me pida Dios olvide lo ocurrido, pues no he de hacerlo”.

E no hubo respuesta, sino que seguimos luego una buena pieza en silencio y en lecturas; e bajaron los niños cerca de la hora de la cena e les ordené pasasen al baño e luego vistiesen sus mejores ropas. Algo así hice yo e asoméme a verles e jugaban en la cama en risas e, viéndoles felices, pensé debería hacerlos felices yo también.

Tomamos la cena como siempre lo hacíamos e no quisimos se dedicase un momento al recuerdo de los ausentes hasta retirados los niños. Toda la familia, sin los pequeños, oramos por los que ya no estaban con nosotros e, sin mucha más ceremonia ni canto de villancicos, cada familia retiróse a su dormitorio por no volver a estas horas a sus casas.

En Grazalema e a veinte e cuatro de diciembre del año de dos mil e seis.

23 diciembre, 2006

De los trazados de los pequeños

ra la mañana muy fría e vinieron a vernos don Antonio e su señora e hubieron los niños gran contento e les decían les había tocado la lotería que les había regado Su Ilustrísima.

“¿Os ha tocado, hijos? – les decía Pastora -. Tendréis que comprobar agora cuánto e habrá que ir a cobra ese montante a Sevilla”.

“Así ha de ser, señora – espetó Su Ilustrísima -, aunque habrá que ir a Santiponce, que los números que les he dado se han vendido en el Ventorrillo Canario”.

“¿E qué cosa hacías vos allí – preguntéle con asombro – a no ser que fueseis a comeros una buena chuleta asada?”.

“Mal encaminado no andáis, sobrino – me dijo en risas -, que como se come allí una buena pata de cordero no se come en otro sitio y en estando de tanto fideo, alguna alegría tendría que darle al cuerpo e una pata me comí e la lotería compré”.

Y en casa estuvimos cerca del belén una buena pieza e los dos niños más mayorcitos volvieron a mostrar al pequeño cada parte dél.

Y en marchándose el matrimonio, pusiéronse los niños a hacer sus trazados para usar el dinero e según los oía Su Ilustrísima, los miraba por encima de las gafas:

“Hacer esos trazados – les dijo – puede haceros sentir luego algún disgusto, que no es el primer cuento de la lechera que oigo”.

“¿E cómo es ese cuento, tío Juan? – preguntóle Marinín - ¿Acaso a esa lechera le tocó también la lotería?”.

E riendo e mirándome como asintiendo, les dijo:

“Más que tocarle la lotería, se le fue el santo al cielo. Venid aquí, pequeños, que he de referiros el tal cuento porque os sirva también de ejemplo para vuestras vidas”.

Así, pasamos Ildefonso e yo al comedor por sentarnos una pieza apartados en la otra chimenea e, al acercarnos a ella, vi una de las cuatro banquetas caída en el suelo:

“¡Santo Dios! – exclamé palideciendo -, que cosa tal no esperaba”.

“¿Qué os sucede, Marino? – preguntóme Ildefonso -, que más parece habéis visto al mesmo diablo que una banqueta caída, pues antes sentéme yo en ella e parecióme poco fuerte e, viendo podía verme con los huesos en el suelo, así la he puesto y he de repararla”.

“No se repare – le dije grave -, sino cámbiese por otra nueva que no se caiga”.

E porque me diese un poco de aire fresco, salí ancá Castro [a casa de Castro] a comprar unos dulces para los niños e, habiendo subido pocos metros de la calle, cruzóse conmigo una mujer enlutada y embozada en diciendo:

“Os lo advertí, excelencia; ni campesino ni marqués”.

En Grazalema e a veinte y tres de diciembre del año de dos mil e seis.

22 diciembre, 2006

Del día de la suerte

ajamos ya preparados al salón e ya estaba allí Su Ilustrísima en lecturas e oyendo unas pláticas en la pantalla de la conferencia. Pasamos entonces al comedor e ya todo estaba dispuesto e decía don Juan un hombre había matado a su señora en Ronda e que, conociéndolos, bien sabía él que algún día destos algo así acaescería, mas estando agora nuestras cosas como están, dejaría de ir a dar cumplimiento, que muchos entierros habíamos tenido de seguido en un solo día.

“Damos los hombres a estas muertes, Ilustrísima – le dije -, una importancia que no deberían tener, pues haya leyes o no las haya que las condenen, siempre seguirán existiendo asesinos e víctimas. Mirad a vuestro en derredor; siempre he conoscido las casas enrejadas e las puertas con llave; somos nosotros los que vivimos en un presidio estando en casa e viven los ladrones e asesinos sueltos e libres por las calles. Prohíbense las armas para evitar unos se maten a otros, mas somos nosotros los que vamos desarmados, pues bien que las tienen ellos”.

“Bien veo – me dijo en sonriendo -, que cuando decís «nosotros» os excluís, pues vos sí podéis llevar armas aunque sean para vuestra defensa, mas ¿me imagináis con un pistolete al cinto o una blanca colgada de mi fajín en diciendo la misa?”.

“La vida – espetó Ildefonso – más parece una cuestión de suerte que de otra cosa, que si no es por accidente, por asesinato, por suicidio, por enfermedad o por los años, de alguna forma acabamos todos muertos; cuestión de suerte”.

E sonaron los cánticos de la lotería de Navidad.

“Traigo yo aquí – dijo don Juan buscando en su bolsillo – algunos números de la lotería, que no por ser sacerdote, deja de gustarme jugar algo. Todos estos números son iguales e de Sevilla los truje. Dos para mi sobrino - fuelos colocando sobre la mesa -, dos para Ildefonso, que sé muy bien también juega, e uno para cada niño. Estad agora atentos a los cánticos esos a ver si os toca algo”.

“A jugar no acostumbro, Ilustrísima – apunté -, que en 192 años que ha este uso España sólo una vez jugué e lo apostado perdí por un solo número. El número que nos dais, don Juan, quiero aclararlo, ya salió en 1913, mas no creo sea ese motivo para que no vuelva a tocar”.

“Sabed, sobrino – contestóme –, que todos los números están en el bombo”.

“Lo que quisiera yo saber – dijo Ildefonso – es cómo sabe vuesa merced que este número ya salió en aquel año”.

“De cada año de juego – le dije – puedo deciros cada número salido, mas esa es otra historia”.

E no pasó mucho tiempo del sorteo cuando oyóse un gran tumulto de gentes e cantaban los niños el número que llamamos «el gordo». Veinte mil e dos cientos e noventa e siete.

Y en oyendo esto Marinín, dijo:

“¡Paréceme Su Ilustrísima nos ha traído ese número!”.

En Grazalema e a veinte e dos del año de dos mil e seis.

21 diciembre, 2006

Del solsticio de invierno

etiróse Su Ilustrísima siendo tarde en la noche al descanso e subimos nosotros a nuestras estancias. Pasamos primero a acomodar a los niños, que se abrazaban como temblando ya tapados: «Jo, papá, hace frío».

“Es noche de frío, sí – les dije -, mas estando entrambos juntos entrarán vuestros cuerpos en calor e así se mantendrá la cama toda la noche. No destaparos. Rezad e dormid”.

“Sí, señor – dijo don Antonio -, que sin pensarlo vendrá otra vez el tiempo de calor e nos quejaremos del sol”.

Así, Ildefonso e yo los besamos e les dimos las buenas noches e les dije:

“Sabed que hoy es la noche más larga del año e partir de agora serán un poco más cortas hasta que en enero comiencen los días a alargarse”.

“En la escuela – refirió Marinín - me dijeron que es el solsticio de invierno, cuando el sol está en el perigeo, o sea, más cerca del sol, mas se inclina la Tierra hacia el otro lado e nos llega poca luz e poco calor”.

“Así es el Universo, hijo – aclaréle -, caprichoso e complicado, que cuando más cerca del sol nos hallamos, menos luz e más frío habemos. E por esto celebramos en poco el nacimiento de Nuestro Señor, no porque nasciera en invierno, sino porque a partir de hoy aumenta la luz del mundo, así, es como si celebrásemos que viene La Luz del Mundo a nosotros a iluminarnos; Nuestro Señor Jesucristo”.

“Iluminaremos la casa – dijo -, que será símbolo también de que nos llega Su luz”.

“Así ha de ser – les dije volviéndoles a besar -, mas apagad agora las lamparitas e dormid”.

En Grazalema e a veinte e uno de diciembre del año de dos mil e seis.

De la cena con el belén

lamaron a la puerta y entró un gélido viento de la calle. Llegaron don Antonio y su señora, doña Pastora, con su pequeño hijo Carlitos e fue Antonio casi a saltos a recebirlos e tomó a su hermanito en brazos e lo llevó al comedor. Estaba ya la casa perfumada con los olíbanos de Su Ilustrísima e teníamos una luz tenue porque se viese bien el belén. Así, el más pequeño estuvo mirándolo con asombro e quería coger las cosas que allí veía e su hermano le decía lo que era cada cosa.

“¿Y dónde está el niño Jesús? – preguntóle -, ¿hase perdido?”.

“No, Carlitos – le dijo el mayor -, que hasta que no llegue la Nochebuena, cuando nazca, no lo pondremos en su sitio”.

“A fe que no había visto belén como este – dijo doña Pastora -, que paréceme ver al fondo la imagen de Ronda”.

E con esto apareció Su Ilustrísima e lo saludaron con grande reverencia e le dijeron que debería dejar a más niños lo visitaran, pues era maravilla de ver.

“Traigo aquí – dijo don Antonio – una cámara que hame pedido mi hijo, pues dice que quiere tener su excelencia unas imágenes deste belén”.

“Así lo querría – le dije -, que yo tampoco lo había visto antes”.

“Pues observadlo bien e disfrutadlo – respondióme -, que ya en algunos colegios están prohibiendo se pongan o se canten villancicos e, si siguen con esta costumbre, acabaremos teniendo que esconder las imágenes porque no nos las quemen o las rompan”.

E oyendo esto Su Ilustrísima, le dijo:

“Sobre mi cadáver habrán de pasar, que no es este sitio público, mas si España es país de cristianos desde que es España, los que se pongan en las plazas deberían ser bien vigilados por la guardia, que así como nosotros toleramos cada uno haya sus creencias, han de tolerar los que vengan de la tierra del moro las nuestras. Si a alguno les molestan nuestras manifestaciones, que mire a otro lado o vuelva a su tierra”.

“Tal no ocurrirá, he de asegurároslo – les dije -, mientras esté yo aquí. E olvidaos desos pocos locos e sentaos ya a la mesa”.

Del encuentro de algunas preseas de la finca

onaron las musiquillas (cambiólas Marinín por otras) de mi móvil varias veces en aquella tarde e todo lo platicado no puedo manifestar aquí, mas sí hubo algo que fue importante, pues, buscando la guardia entre los enseres, encontraron un niño Jesús que un experto les dijo era de muchísimo valor e muy rico e delicado e apenas había desperfectos e a su lado encontróse también un muñeco («osito de peluche», dijo). E le pedí fuesen enviados entrambos con la máxima urgencia a Grazalema. E ofreciéronse Valeriano e Ildefonso a ir a Sevilla a recogerlos, mas díjome el inspector De Lema que saldría un coche de la guardia en custodia dellos e que le diese la dirección correcta de la entrega en el pueblo. Así mesmo, le dije si había guardia que de espadas distinguiese, e hablé con un hombre que por nombre me dijo tenía Manolo. Así, le dije si sabía distinguir entre una espada medieval, un estoque, una ropera (o rapière), un florete italiano e un sable. E aquel hombre aseguróme sabía mucho desto, pues preguntóme a qué tipo de ropera y de sable me refería. Con esto, dile las señas para que buscase ciertas espadas por su forma e su color, las envolviese con seguridad e las enviase con el niño Jesús y el muñeco. E púsose este hombre a describirme la armas con tal precisión, que pude elegir las que quería se me enviasen e pedíle conocerle cuando volviese a Sevilla, pues no todos saben destas armas e deste arte como sabía este hombre Manolo.

En dos horas, paró en la puerta el coche de la guardia e pasaron los enseres a la casa e quisimos tomasen alguna cosa, mas dijeron que estando de servicio no podían aceptarlo, pero acabaron catando la chacina con algún refresco.

Desta forma, cuando ya volvieron a Sevilla entrada la noche y el mucho frío, pedí a Marinín subiese conmigo a mi estancia e así le dije:

“Hijo, de vuestra confianza no quiero abusar, mas tampoco quiero ser oneroso para Su Ilustrísima. Como dentro de vuestro muñeco…”.

“¿Qué cosa decís? – me interrumpió - ¿Acaso vais a pedirme licencia para usar un dinero que os dije era vuestro?”.

“Os prometo, y es esta una condición – respondíle -, que una vez solucione yo mis empresas, debe quedar dentro de vuestro muñeco lo mesmo o más de lo que hay. Tal vez algún otro día nos sea menester”.

“Si es ese el motivo – dijo -, llenadlo cuando podáis, mas no pedidme licencia ni para tomarlo ni para devolverlo, que para vos lo recaudé”.

De la visita a la tahona de doña Carmen

medio día, mucho antes del almuerzo, bajé con Antonio e Marinín a la tahona de Carmen e, viéndonos ésta de entrar, nos hizo pasar a una sala dentro y abrazónos a todos en lágrimas sin decir nada.

“No lloréis, mujer – le dije -, que ni nuestro llanto ni el vuestro ha de volver las cosas a como estaban. Orad por sus almas, aunque creo no necesitan mucha oración para estar en el lugar que todos deseamos”.

“¿Restaréis aquí unos días? – preguntóme al cabo -, pues he de dejar holgar a Antonio todas estas fiestas porque esté con vuesa merced e vuestro hijo e sus padres. He de pagarle las semanas aunque no trabaje, como aguinaldo, que mucho tiempo lo ha hecho por su bondad y el interés que lleva dentro. Y yo he de hornearos unos panes e unos dulces para todos”.

“Lo que proponéis aceptamos – miré a Antonio -, pues nos servirán estos días para cerrar la herida que nos ha quedado. A casa estáis invitada también a ver nuestro belén, que los pequeños lo han colocado en el comedor, e tomaréis allí alguna cosa con nosotros”.

“Mucho tiempo no puedo faltar desta casa y este negocio – me dijo -, que ya sabéis mi casa es harto complicada (doña Carmen tiene una hija con retraso de la mente)”.

E al volver de nuevo a casa, encontramos una mesilla con un paño e una bandeja de plata sobre la que había pequeños panecillos puestos por Ildefonso e nos dijo cada uno tenía una sorpresa en su interior, mas por comerlos frescos, no deberían esperar a la Nochebuena: «A los niños ha de gustarles, que son muy gustosos de comer».

Y en oyendo esto don Juan, acercóse a él e le dijo:

“¿Quiere decir eso, que los menos niños no podremos catarlos?”.

De cómo se montó el belén de don Juan

a temprano por la mañana estaba Su Ilustrísima abriendo cajas con los ilusionados niños. El servicio puso la antigüa mesa de comedor en un rincón e, luego, puso sobre ella don Juan unos papeles un tanto arrugados que simulaban rocas. Al fondo, le vi poner casi en pie unos trozos de corteza de corcho apoyados en la pared e los niños los iban colocando cual él les decía.

“Agora, niños – les dijo Su Ilustrísima -, tenemos ya el fondo del decorado; el paisaje. Comencemos pues a poner las cosas que sobre ese paisaje vemos. Aquí hay ramas verdes que ha traído Cayetano; dellas haremos los árboles”.

E fue sacando de una caja bolas de papel que envolvían pequeñas piezas que pareciéronme de barro pintado; eran casas; muchas casas que llevaban abajo unos a modo de agujas que las dejaban sujetas en lo más alto del corcho. Así, fueron poniéndolas en el orden que Su Ilustrísima les decía e parecióme entonces comenzar a ver un pueblo que me era conoscido.

En un hueco que quedaba hacia la izquierda entre los corchos, puso una bola de algodón un tanto aplastada e, sobre ella, encajada entre la grieta de los corchos, puso él mesmo una figura que no era sino una copia del Puente Nuevo. ¡Ante mis ojos vi una copia de Ronda! Levantéme del salón e acudí a ver aquello que era maravilla de observar: «Habéis comprado una Ronda pequeñita, Ilustrísima».

“No, sobrino, no – aclaró -, años llevo haciendo estas casitas en barro e pintándolas. En su pié llevan alfileres para ajustarlas a las rocas de corcho y, en la grieta, pongo una nube de niebla e sitúo esta mi copia del puente”.

“¡Dios Santo! – exclamé -, que no siendo aficionado a retratos echo agora en menos esas cámaras para tener una imagen desto”.

“No preocuparos, señor – dijo Antonio de contento -, que no todo se ha puesto aún, a lo que veo. Cuando esté ya todo terminado, iré a buscar a mi vecino Paco, que tiene una desas cámaras que vos decís e tomaremos imágenes e las guardaremos en la máquina”.

Parecía yo suspenso y estupendo de ver tal cosa e acercóse Marinín a asegurarme todo quedaría muy bonito, pues le había dicho tío Juan traía luces de colores e cintas brillantes.

“Ahí abajo – señaló don Juan -, donde están «los molinos de Ronda», pondremos el portal e, por este otro lado, haremos un camino de bajada lleno de gentes que bajen a adorar a Nuestro Señor e, suspendido sobre las casas e los riscos, colgaremos el ángel de la anunciación”.

En estos menesteres estuvieron casi toda la mañana hasta que acercóse Su Ilustrísima en diciendo:

“Bien vale este trabajo como ilusión de niños e mayores e como tradición de adoración de lo que habremos de concelebrar la Nochebuena, mas pienso va siendo hora de tomar ese bocado, que paréceme he construido la Ronda auténtica yo solo e necesito refuerzo”.

20 diciembre, 2006

De cómo preparó Su Ilustrísima los días de paz

onía el servicio muchas cajas en el saló e cerca de la puerta e, viendo esto Marinín, acercóse a don Juan e le dijo:

“Tío Juan, ¿tanta mudanza habéis de hacer para unos días?”.

E contestóle éste mirándole muy de cerca:

“No son unos días, hijo, son los días de la Navidad e suelo llevar en previsión ciertas cosas e, sabiendo que en el coche caben e que también vendrá don Ildefonso con el suyo, todo lo necesario me llevo”.

“Creía yo – respondióle mi pequeño -, que con una maleta o dos tendríais suficiente, mas veo tanto equipaje que paréceme os mudáis”.

E rió don Juan por lo oído e fuese a sentar cerca de la chimenea llevando al niño de la mano, sentóse e le dijo:

“Muchas veces no se puede celebrar el nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo como uno quisiera. Este año lo haremos en Grazalema e no quiero esté la casa como todo el año está, sino que tengáis un belén como es costumbre cristiana aquí. Tendréis un lugar a donde mirar e ver un paisaje e un lugar donde nació. Esas cajas llevan las cosas que hacen falta para poner el belén e vos e Antonio me ayudaréis, que ya no tengo edad para tanto trasiego”.

“Jo, tío Juan – gritó -, ¿montaremos un belén?”.

“Espero, hijo – contestóle -, que no se «monte un belén» esta Nochebuena, sino que lo pongamos nosotros antes”.

“En el nuevo comedor podría ponerse – dijo Antonio con ilusión -, que así lo tendríais cerca en la cena”.

“¡Lo tendríamos! – le respondió Marinín -, ¿O es que creéis que cada uno va a cenar en su casa? A casa vendéis a cenar e allí lo tendremos”.

“Mala idea no es esa – dijo don Juan -, pues después de la misa del gallo cada uno podría irse a su casa”.

“Antonio, tío Juan, ha de quedarse conmigo”.

En Ronda e a veinte de diciembre del año de dos mil e seis.

De la tarde de nuestro descanso en Ronda

ubimos aún más saludos e lágrimas e despedidas, mas, volviendo al Hospital, fue la última dellas, que yo habría de restar en la sierra hasta arreglar todo lo que era menester.

Llegamos a Ronda a medio día e venía con nosotros Antonio, que no quería quedarse solo en Grazalema y, era tanto el cansancio y cuanto habíamos en la cabeza, que más almorzamos por ser la hora del almuerzo que por la necesidad.

Intentó Su Ilustrísima distraer un poco a los niños, mas no decían palabra alguna. Así, al acabar el poco almuerzo que tomamos, subimos a haber un buen descanso yaciendo ambos niños a mis lados en la mesma cama e rompieron en llantos a mí aferrados hasta caer rendidos.

Durmieron ellos e yo quedé pensativo hasta que despertaron.

Fue todo un día de silencios hasta la cena, pues habló Su Ilustrísima de partir para Grazalema en la mañana por pasar allí unos días hasta que mis asuntos hubieran solución e a pasar la Navidad. E Marinín e Antonio comenzaron a decirse cosas e jugar muy quedo e así me dijo en confianza Su Ilustrísima:

“Como hermanos parecen, mas siendo amigos veo mucha diferencia en sus edades, e paréceme Antonio ha cambiado, que antes nunca le había oído hablar tan correctamente”.

“Como hermanos parecen e como hermanos son, Ilustrísima – le dije -, que Marino parece ser de mayor edad e Antonio no aparece como de la edad que tiene. Dejadlos juntos cuanto puedan estarlo e veréis como Antonio aprehende todo aquello bueno que tiene Marinín dentro de sí”.

“Así sea – contestó don Juan moviendo su cabeza -, que criatura así pocas hay. Más me parece que la educación que reciben es suya, que no vuestra. A veces me desconcierta como persona sabia e madura e otras aparece ante mí como un niño inocente”.

“Desta manera eran ya los desaparecidos – recordéle -, que con solo estar a su lado iban tomando su forma como modelados por un sabio alfarero”.

“¡Ay, sobrino!, que si todos muriésemos cuando niño, iba Dios a estar demasiado ocupado”.

De la mañana de la triste e luenga despedida

use a los niños sus ropas e sus abrigos, que era la mañana muy fría, e ayudé a poner la corbata a Ildefonso e tomé mi capa donde se restauraron las estrellas arrancadas e mi tocado con pluma negra en la toquilla e fuimos despedidos con grande ceremonia del hotel, pues allí estaba todo el servicio. Subimos luego al coche, y en muy poco, nos llevó Valeriano hasta el Hospital de la Santa Caridad. Así, vimos había muchas gentes esperando, salió Su Ilustrísima acompañado de Su Eminentísima, el Cardenal, e fuimos hasta la Iglesia de San Antonio Abad, sede de la Primitiva Hermandad de Nuestro Padre Jesús Nazareno, que es llamada aquí «El Silencio», por estar la capilla de San Jorge aún en obras e ser nuestro hermano mayor perteneciente también a ésta.

Veíanse en la calle parados los coches fúnebres e la guardia ordenaba el paso de las gentes, pues estaban las calles llenas de personas que venían a la despedida. Nos entramos en la iglesia e venían con nosotros muchos hermanos de la Santa Caridad, acogidos, vecinos e muchas familias. Allí se encontraba doña Dolores con sus hermanas e otra familia venida de Cádiz, don Diego de Monteliz e su señora doña Montserrat, así como los padres de su niño e todas las familias del servicio de mi casa e algunas familias que de Ronda e Grazalema vinieron; vino asimismo una representación de la Parroquia de San Isidoro e de la Hermandad de las Tres Caídas e fizo su aparición don Julio con hasta doce niños del coro de la escuela, los inspectores e varios hombres de la guardia, e otros muchos hombres que portaban flores e coronas dellas que no eran posible de contar. A nadie quiero dejar sin mencionar, mas miren vuesas mercedes que muchas gentes de Sevilla ya allí se encontraban e allí restaron hasta acabada la misa e a todos he de agradecer su caridad.

E fue la misa muy corta e la homilía de Monseñor Amigo emocionada y emocionante, mas no quiso mencionar mucho a los difuntos quizá porque su descanso había empezado hacía ya varios días. E oíanse como voces celestiales cantar cada parte de la misa.

Terminado el acto, recebimos las condolencias del Cardenal, que puso sus manos sobre Marinín e Antonio e salieron de primero los ataúdes e tras ellos las familias. E momentos tan ingratos son difíciles de recordar e mucho más de escribir. Pues con vivirlos una sola vez es harto suficiente.

Así fuimos luego al Cementerio de San Fernando, donde hubo un corto responso e pasamos tras los restos hasta mi propio panteón que, por motivos evidentes, está muy cerca de la entrada. E hubo muchas lágrimas e luengas despedidas e quise yo ir en paseo hasta el Cristo de las Mieles, que fundiera don Antonio Susillo y que tiene por base un a modo de monte Gólgota donde descansan sus restos e le dicen «de las mieles» por haber en su interior un panal de abejas e sale la miel por su boca. Así, se hicieron algunas otras oraciones y, en terminando, oyéronse a nuestras espaldas las dulces voces que entonaban un corto Lux aeternam de la Misa de Requiem de Mozart. E sentí los mesmos vértigos que siento a las alturas.

Lux aeternam luceat eis, Domine,
Cum sanctus tuis in aeternum, quia pius es.
Requiem aeternam dona eis, Domine,
Et lux perpetua luceat eis,
Cum sanctus tuis in aeternum, qui pius es.

19 diciembre, 2006

De un día de espera

ubo pláticas hasta bien tarde reunidos junto a la chimenea e fuese luego cada uno a su habitación al descanso, así hemos dormido hasta esta mañana profundamente. E cuando se nos dio aviso, nos aprestamos e bajamos al desayuno.

“Buenos días nos dé Dios a todos – hizo un gesto con la mano don Juan -, que será día luengo e casi todo en viajes e, mañana, mal día nos espera”.

Así, comenzamos el desayuno e advertí Antonio no había ido a su reparto e le dije:

“No recordaba agora que estaríais aquí. Vuestro buen comportamiento e cumplimiento en el trabajo es el que ha hecho posible que esa buena mujer os dé licencia para cumplir también con vuestros amigos, mas no querría yo faltaseis a vuestro trabajo sino lo justo. Siendo mañana el entierro por la mañana, a Grazalema volveremos por la tarde”.

“Así será, excelencia – contestó azorado -, que según ha dicho doña Carmen, podría faltar cuantos días fueran menester, mas no quiero abusar de su bondad”.

“No tengáis cuidado de tales cosas – le dije -, pues en Sevilla no tenemos agora lugar donde acomodarnos e volveremos a Ronda e a Grazalema. Id luego a vuestra casa e preparad un equipaje con vuestras mejores e más serias ropas, que habremos de ir antes a Ronda, pasar allí el día e partir para Sevilla al anochecer e, viniendo Ildefonso con nosotros, habemos acomodo en un hotel cercano al Hospital de la Santa Caridad donde pernoctará Su Ilustrísima. Todo está ya trazado y así será si es voluntad de Dios Nuestro Señor”.

“E después de todo eso – preguntó - ¿volverán vuesas mercedes a Grazalema o restarán en Ronda?”.

“Creo adivinar – le dije sonriente – preferiríais nos quedásemos aquí. Tal vez Su Ilustrísima, si no ha mucho asunto pendiente, quiera pasar aquí unos días con nosotros hasta que todos pasemos un poco deste trance”.

“Sobrino – dijo con pesar Su Ilustrísima -, aquí he de restar con vuesas mercedes cuanto tiempo os sea menester, pues el único asunto que tenía pendiente ya no puede resolverse. Hablaré con el juez cuando vuelva a Ronda”.

Así, partimos de Grazalema a medio día e fue luego el almuerzo e tomamos alguna cosa al anochecer antes de volver a Sevilla.

En Sevilla e a diez y nueve de diciembre del año de dos mil e seis.

18 diciembre, 2006

De los trazados para volver a Sevilla

oco antes de sonar la campanilla para el almuerzo, llamó Su Ilustrísima para decirnos que el día veinte se daría cristiana sepultura a los restos de los finados, pues ya la guardia e los científicos habían cumplido con sus tareas. Así, decidimos partir para Ronda mañana en la mañana e luego volver para Sevilla al atardecer. E Antonio, casi en llantos, lamentaba no poder asistir a tal ceremonia, mas, estando presto el almuerzo, le dije:

“Llevadme esta tarde a hablar con Carmen, la tahonera para la que trabajáis, pues debe saber ella lo ocurrido e pienso llevaros a Sevilla. No quiero lágrimas agora, que tenéis aún mucha vida para verterlas”.

Y en oyendo esto, dijo Ildefonso podía traer de Ronda a un hombre que hiciese el reparto, mas aseguróle Antonio que no sabría donde llevar el pan ni las cantidades que habría de entregar en cada casa.

“Oigamos entonces lo que dice doña Carmen – le dije -, que no creo se niegue a que vengáis con nosotros a despedir a vuestros amigos desaparecidos”.

“No creo se niegue – me dijo – si sois vos quien se lo dice, pues os aseguro que siempre me pregunta cosas sobre vuesas mercedes, que gran admiración os tiene, e de saber que Marinín es mi amigo se siente orgullosa”.

“El almuerzo espera – mostré el camino al comedor -, mejor tomemos los alimentos calientes e no fríos, e sabed que hoy también seréis vos, Antonio, quien presida e bendiga la mesa”.

«Señor, bendice estas viandas que vamos a yantar ganadas con el sudor de nuestras… de la frente de su excelencia, para que sean alimento para nuestro cuerpo e así podamos glorificarte e bendice también a los que ya no las van a poder tomar con nosotros».

Hubo un silencio luengo en la mesa y en el servicio e, al cabo, oímos una voz conocida desde la entrada al comedor:

“Dios me advirtió de que entraba en una familia cristiana e sincera e agradecida, mas no me dijo que el que en ella entra abre su corazón”.

Su Ilustrísima, nos miraba con asombro junto a Valeriano desde el salón. E, pidiendo licencia, levantáronse los niños e fueron a besar su cruz.

“¿Cómo estáis aquí – preguntó Marinín – si habéis llamado ha poco por teléfono?”.

“Desde un coche – le dijo – también puede llamarse”.

«Dios ya os ha bendecido, hijos; tan fácil me lo pone, que sólo he confirmar su voluntad».

En Grazalema e a diez y ocho de diciembre del año de dos mil e seis.

Del hábito del trabajo

legadas las doce y estando ya tomando un bocado e jugando con Marinín, llamaron a la puerta hasta tres veces, e levantóse mi niño en diciendo:

“No abrid, no abrid, Cayetano, que si suena la puerta hasta tres veces es Antonio que viene a buscarme. Yo abriré”.

Así, abrió la puerta y entró el chico del pan con una bolsa e, tras cerrar la puerta, se besaron e se hablaron cosas en voz baja. Vinieron luego a nuestro lado e me dijo Marinín que había invitado a Antonio a estar en casa hasta el día siguiente e, tomándole por la cintura, le hice una señal con los dedos:

“¿Es que tenéis que invitar a Antonio a su propia casa? Espero, eso sí, traiga ropa limpia e cumpla con el aseo. Su plato de comida tiene aquí tanto como en su casa e buena cama donde yacer con su amigo”.

“Excelencia – me llamó el chico por primera vez -, licencia os pido para compartir cuanto tiempo tengo libre con él. Os juro… os prometo que cuidaré dél como si mi hermano fuese e, cuando lleguen las horas de estudio, con él he de estudiar, que no quiero seguir repartiendo el pan toda mi vida”.

“De tal cosa no habéis de convencerme – le dije -, que he visto como esta mañana cumplíais con vuestro deber sin que nadie os dijese nada”.

Y en oyendo esta frase, le vi dar la vuelta muy de espacio, quitóse la prenda de abrigo e subió su camisa para que viésemos su espalda.

“¡Dios bendito! – exclamé - ¿Quién os ha hecho eso en la piel que antes no lo he visto?”.

“Decía mi padre hace tiempo – respondió -, que la letra con sangre entra, e tal cosa yo no entendía. Agora, soy yo el interesado en que entren en mí las letras; sin sangre. No culpéis a mi padre de lo que habéis visto, pues hasta tres días hemos estado sin comer muchas veces”.

“¿Qué es esto? – exclamó Ildefonso - ¿Por qué mostráis entonces lo que un día os hizo?”.

“Porque esta es la señal de la pereza que yo había – dijo -, e no he de culpar jamás a mi padre de lo hecho, que su cinto me hizo ver que el que no trabaja no come. Así, soy yo agora el que cumplo mis obligaciones sin correas”.

“Buen futuro os veo, Antonio – le dije -, que no se trata sólo de ser más culto, sino de aplicar la cultura que se tiene para vivir. Aquí tenéis a Marinín a vuestro lado siempre que él lo desee, que en tales asuntos no entro. Cubríos, que hace frío incluso con la chimenea”.