ólo unos pocos días de descanso hubimos en la casa de Grazalema e casi todo el tiempo anduvimos buscando setas bajo la fina lluvia o encerrados en el salón resguardados de los aguaceros. Ha sido esta noche, noche de no dormir, pues siendo ya las dos de la madrugada, comenzamos a oír un fuerte ruido, que cada vez se hacía más intenso; un murmullo que hacía retumbar los techos e nos hizo reunirnos a todos en el pasillo palmatoria en mano.“¿Qué cosa ocurre, capitán? – preguntó Marcos muy quedo -, ¡que jamás oí estruendo como este!”.
“No temed (mucho) – le dije -, que no es sino lluvia muy fuerte. Tomad a los niños e abrazadlos porque se sientan protegidos. Tome Chuti a su hijo Julio e yo cuidaré de Marinín”.
E fuíme a preguntar a Cayetano si había algún riesgo por lluvia tan fuerte:
”¿Sabéis si hace mucho que no llueve así en Grazalema?, pues no sabemos si esta casa que nos vendió el «lamparuche» tiene los techos tan endebles como las ventanas tenía”.
“A fe, capitán, que cosa tal no puedo aseguraros, sino que todos los años hay lluvias tan intensas como estas e, si estos tejados no fuesen seguros, ya tendríamos goteras o los habríamos oído crujir”.
“No dejad entonces – le dije – se asome nadie a las ventanas, que sé cómo se estremece el cuerpo al ver caer el agua de forma tal. Encended las luces del salón que allí bajaremos; e decid al servicio pueden levantarse e unirse a nosotros hasta que pase la tormenta”.
“No habréis de preocuparos, capitán – aclaró -, que está el servicio acostumbrado desde que comenzó su vida a estos inviernos e ni siquiera han de perder el sueño”.
Quiso Marinín, de pie mas casi en sueños, asomarse al cierro por ver si la calle parecía río como le hube dicho, e viendo las aguas que bajaban a altura tal que no nos anegaban por tener la puerta escalón muy alto, pegó su cuerpo al mío e notaba yo sus temblores.
“Venid, pequeño – le dije por distraerlo -, que con vuestros amiguitos os voy a mostrar cómo encender la chimenea, que en ascuas se ha quedado”.
“Llueve en Plasencia muy fuerte algunas veces – dijo entonces -, mas nunca había oído un ruido de lluvia como este”.
“En esta vida – le dije – jamás se deja de aprender. Cuando la próxima vez oigáis este ruido, ya sabréis qué es lo está sucediendo ahí afuera. E ya veis que no es cosa corriente mas tampoco es grave”.
Más tarde que nunca comenzó a entrar algo de luz en el salón. Marinín quedóse dormido a mí abrazado e sobre él dormía Fermín e sobre éste Diego Jesús, que había un brazo extendido por estar agarrado a mí. Julio estaba echado hacia el otro lado sobre Chuti e dormía también placenteramente. No quise pues moverme hasta que se despertasen e pedí al servicio se nos sirviera a todos un café bien caliente, a lo que Su Ilustrísima, sin palabras, hizo gesto de agrado. Seguía sin entrar luz por la ventana, que estaba el cielo de color casi negro e parecía siendo noche.
Al cabo, despertóse Marinín e, como si hubiese habido acuerdo entre los niños, despertaron todos al punto. Así, vino Cayetano e les dijo pasasen a la mesa, que tenían servido un rico desayuno e, por no hacer se levantara don Juan, fuíme con ellos a acompañarles e a bendecir la mesa e, mientras se desayunaban e referían cosas sobre lo acontecido aquella noche, asoméme a la calle por ver el estado de las tejas, aunque la anchura de la calle de Mateos Gago en esta parte no es mucha. Observé las tejas también de la otra vertiente mirando desde el jardín e tampoco me pareció ver desperfecto alguno. Mas, observando detenidamente, vi que la casa que por encima de la nuestra quedaba, parecía deshabitada y, entrándome a la casa preguntéle a Cayetano de quién era e por qué no se usaba e, así, me refirió la siguiente historia:
“Era esa casa de matrimonio joven que tenían un niño e una niña e no hace más de veinte años, todos aparecieron muertos e nadie quiere habitarla, mas nadie dice haya en ella fantasmas o cosa parecida”.
“¿E de quién es propiedad? –preguntéle con interés -, que me parece casa casi tan grande como esta”.
“¿Compraríais acaso esa casa, capitán? – preguntóme -; habrá que hacer muchas obras y el arquitecto que ahí abajo vive en verano no volverá hasta el año venidero”.
“Si sabéis a quién se puede comprar – le aclaré -, procurad os afine el precio, que según decís nadie quiere habitarla. Idos luego con Su Ilustrísima a Ronda e buscad con él al arquitecto apropiado. Quiero no se altere su aspecto al exterior, sino que por dentro quede unida a esta e no haya distinción entre una e otra. Os haré algún dibujo en la mesa del salón porque comprendáis lo que os quiero decir, aunque sé que bien lo sabéis. Si en los precios no estáis muy de acuerdo, podéis consultármelo por teléfono. Arréglese primero el interior de aquella casa como si fuere parte desta, e luego, únanse entrambas. Todos estaremos más cómodos”.
“De mucho dinero habláis, capitán – apuntó -, que se trata casi de construir una casa nueva dejando la fachada como está”.
“Eso os he dicho – concluí -, no es que no me importe el montante de la compra e todas las obras, mas estoy seguro (en el millón de euros pensaba), puedo hacerlo. Regatead vos, e algo se os dará por llevar esta empresa a cabo”.
E luego que hube aclarado cuanto quería, le advertí era condición viese yo los trazados del arquitecto antes de tocar un solo ladrillo.
“A fe, capitán, que tal como os veo dibujáis, me espanta”.


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