24 noviembre, 2006

EPÍLOGO a la PARTE SEXTA (y 7)

por no hacer este epílogo más largo he de aclarar que Esteban fue llamado como asesor e se le ocultó la identidad del «loco» que quería subir a la Cruz de los Caídos; Andrés, la albóndiga sebosa, llevóse una caja de madera sin valor, hubo de asistir a una ceremonia religiosa en la basílica siendo ateo, e odiando al General Franco más que si siguiese vivo, e llevóse unos documentos llenos de disparates que quizá le pareciesen escritos en clave.

El resto de la «familia», ajeno a lo ocurrido, recibió grande alegría por mi ascenso y, estando en pláticas con Su Ilustrísima una tarde me dijo éste:

“Vos mejor que nadie sabe la labor que se os ha encomendado e que paréceme ha debido ser muy dificultosa e de gran altura, que conociéndoos ya como os conozco, no parece haya sido baladí por el que os han condecorado e ascendido e, como sé siempre lleváis una cruz encima, Cristo Nuestro Señor os debe haber sido de ayuda, aunque tuvieseis la cruz a vuestros pies”.

No quise entender aquellas palabras como una insinuación de haber conocimiento de lo acaescido, mas preguntéle:

“¿E qué cosa hubiese ocurrido si hubiese tenido la cruz a mis pies en vez de colgada al cuello?”.

“Algunas cruces, hijo – me respondió -, son de tal tamaño e factura, que al cuello no podríais llevarlas. Recordad que las hay labradas en suelos de piedra, formadas con valiosas losas de mármol e que incluso, una iglesia, tiene forma de cruz”.

“Así ha de ser – le dije -, mas no olvidad que llevo una colgada al cuello que nunca he abandonado”.

“Así ha de ser, capitán – continuó -, que no en todos lados las hay aunque con cruzar dos ramas tenéis el símbolo, mas también las conozco de enorme tamaño sobre los riscos e que pueden verse desde la lejanía, e colgadas de los muros. A veces, marcan el lugar donde sucedió algo o donde se encuentra cosa de importancia”.

Dábame la sensación de que Su Ilustrísima algo sabía de lo ocurrido e no quise seguir las pláticas por ese camino, así, le dije:

“Pediría yo algún bocado para esperar a la cena, Ilustrísima, no creo me digáis no os apetece”.

“Sí, hijo – contestó -, sí que me apetece e me hace falta, no vaya yo a resbalar otra vez en buscando setas, sin fuerzas como aquella mañana, e convirtamos este valle de lágrimas en un valle de los caídos”.

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