24 noviembre, 2006

EPÍLOGO a la PARTE SEXTA (6)

nduvo Su Ilustrísisma dando paseos por los campos cercanos al pueblo mostrandole a los niños cómo distinguir las setas comestibles e que alguna podría ser mortal si se comiese. E trujeron un gran cesto e hubimos un exquisito almuerzo. E descansando luego una pieza, hice llamar a Marinín a la presencia de Su Ilustrísima, que en una rara lectura teológica se hallaba.

“Ilustrísima – le dije -, quisiera yo le hicieseis a Marinín una prueba si ello no es estorbo a vuestra lectura”.

“No es estorbo – dijo mirando al pequeño -, que si trátase de descubrir algo bueno del interior deste mozuelo, con placer se hará”.

“Mirad, hijo – habléle con cariño -, tío Juan os va a hacer una prueba de inteligencia que yo voy a pedirle, mas también a vos os pido que respondáis a sus preguntas sin hacer esfuerzo alguno, sino tal como lo haríais cualquier día e a cualquier hora. ¿Os gustaría probar aquesto?”.

“Sí, papá – me dijo de contento -, que ya sabéis me gustan estas pruebas que como juegos para la mente son”.

“Así pues, prestad atención a las normas – les dije -. Ilustrísima, tomad ese extraño e abultado libro por cualquiera página al azar, leedle las dos que queden a la vista. E vos, Marinín, oíd con atención lo que os lea tío Juan. Luego desto, él mesmo os preguntará alguna cosa sobre lo leído”.

“¡Dios bendito!, capitán – exclamó Su Ilustrísima -, que es este libro muy complejo para ser entendido por teólogos ¿Cómo queréis le lea al niño dos páginas e luego le pregunte?”.

“Por hacer tal cosa – apunté – nadie perderá nada, sino que saldremos de una duda, pues quiero saber hasta donde mi niño alcanza en esto de los conocimientos. Si no puede entender esas cosas tan complejas que decís, será normal”.

“¿Y si las entendiese? – preguntó don Juan dejando asomar algo de temor - ¿Qué señal sería?”.

“Tío Juan – dijo el pequeño -, hagamos aquesta prueba e no habed cuidado de lo que ocurra, pues acaso alguna parte entienda e otras no”.

E así, cerró Su Ilustrísima el grueso libro e lo puso en su regazo e, pasando luego el dedo por las páginas, abrió por un lugar al azar”.

“Veamos – le dijo al pequeño -, sentaos por estar más cómodo que he de empezar la lectura”.

E así, comenzó a leer filosofías tan extrañas que ninguno de los presentes sabíamos de qué cosa se hablaba. Duró la lectura casi dos minutos, pues no se hizo con rapidez e, terminado el último párrafo, marcó don Juan las páginas con una cinta e cerró el libro. Luego desto, comenzó a preguntar a Marinín y este ¡le respondía y razonaba! La cara de don Juan se trocó en alabastro, pues hasta él mesmo, hubo de abrir el libro por comprobar que lo explicado por Marinín era correcto”.

Acerquéme a mi niño e tomélo hacia mí: «Creo que mal no lo he hecho, papá»

“¡Ni lo dudéis, hijo!”.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario