erminado el desayuno, todos restamos sentados a la mesa y en pláticas e risas, e di licencia a los niños para que se levantasen a jugar. Todos salieron al jardín, mas en la entrada del pasillo que hasta allí lleva, vi a Asio platicando con Marinín e riendo, e luego desto, acercando su cara a la de mi niño, le vi como si le besase en los labios largamente e, pidiendo licencia, levantéme yo también de la mesa e acérqueme a ellos:“¿Puedo saber qué hacen vuesas mercedes? – les dije sonriendo -. Parecéis besaros”.
“No señor – dijo Asio al punto -, sino que siendo la piel de su hijo tan blanca, hase quedado una marca del chocolate en sus labios e se la estoy quitando”.
“Mal no me parece – le dije – que en vuestra piel obscura no se ven menos esas marcas, mas las tenéis también, e se quitan con la servilleta”.
“Quiero entonces pediros excusas – dijo el pequeño Asio -, pues a mi hermano a veces así se las quito, que están dulces e amargas”.
“No penséis me disgusta lo que hacéis – les dije -, mas id a la mesa e quitaros esas marcas con la servilleta ¿Os parece bien?”.
E fuése Asio a la mesa en obediencia a hacer cuanto le dije e volvióse Marinín hacia el jardín en paso rápido e le dije:
“¿Dónde vais con tales priesas?, que nada extraño creo haber dicho e no os estoy reprimiendo”.
“Pues parécemelo – contestó Marinín airado - ¿Tan mal os parece que Asio me limpie los bigotes?”.
E acercándome a mi pequeño, le sonreí e le dije:
“Hijo, no soy quién para deciros qué está bien o qué está mal, mas pensad que hay servilletas para limpiar la boca tras desayunarse e, si mejor queréis Asio os quite el xoclatl de los labios, creo habréis de hacerlo en otro lugar donde no se os vea, que los mayores piensan, tal vez, hacéis algo que no deberíais”.
E bajando su vista, abrazóme e besóme: «Sois bueno, papá. Sois muy bueno».


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