ue la mañana siguiente de ceremonias e fiestas, que cuando bajamos de temprano Marcos e yo, ya había puesto Su Ilustrísima, con ayuda de Cayetano, un bonito altar ante la chimenea, quedando el retrato de San Francisco de Javier a sus espaldas e bien iluminado con cera.Se fueron llegando los invitados, que eran muchos e bien los conocen ya vuesas mercedes, y estaban las sillas puestas en el salón como los bancos de la iglesia e adornadas con sábanas blancas e cintas de color rojo.
“Dios ha de bendecir – dijo Su Ilustrísima – esta empresa que tan bien habéis llevado e que os ha devuelto a nuestra tierra condecorado e con ascenso, aunque no sepamos qué empresa habrá sido, que nadie debe preguntar a nadie cómo le van los negocios, aunque bien se ve que vuestra labor habéis cumplido”.
“No voy a ocultar a Su Ilustrísima – aseguréle – cuanto entuerto se ha resuelto, mas dejadme medite un poco cómo hacerlo que es asaz complicado”.
E Marcos permanecía a mi lado sin decir palabra y en su rostro se adivinaba el poco sueño tenido. Así, comenzaron a venir todos los invitados con sus mejores galas e fue la entrada del pequeño Antonio la que más me emocionó, pues llevando de estreno sus nuevas ropas, corrió hacia mí, me hizo grande reverencia e luego rodeó mi cuerpo con sus brazos en un abrazo: «¡Qué de puta madre sois….¿capitán o…”.
“Quiero sigáis todos diciéndome capitán – le dije -, que de tantos años oyendo esa palabra, las otras no me parecen dirigidas a mí”.
“¡Esa lengua! – espetó Su Ilustrísima -. Decís ya esas palabras en cualquier sitio y es esta agora como una parte pequeña de la Casa de Dios”.
Quisieron algunos invitados confesar antes de la misa y, en lugar apartado, dio cumplimiento don Juan a estas necesidades del espíritu; e ya cada uno tomó asiento donde quiso e se celebró la Santa Misa con devoción e recogimiento.
Parecióme Su Ilustrísima debería tener dolores en la espaldas, pues en los momentos en que había de inclinarse e besar el altar, o lo hacía con rapidez o lo hacía agachándose. Mas comprobé luego, que el fuego de la chimenea se acercaba demasiado a su cuerpo.
Vi luego cómo se acercaba Su Ilustrísima (con sus mejores galas) a Bebo e Asio e, tomándoles la cara por la barbilla les preguntó si habían hecho ya la Primera Comunión o si querían hacerla, mas acercóse Esteban e le dijo ya la habían hecho en Madrid, mas parecióme hubo extraño en la cara de Su Ilustrísima, pues ninguno de los dos tomó la comunión.
Luego desto, se recogieron las sillas y el altar, en cuya labor siempre estaba Marinín junto a Su Ilustrísima, e se preparó la mesa para el gran desayuno: María había preparado Xoclatl, habíamos tostadas de pan del pueblo e mantecas de doña Dolores e muchos dulces traídos de Ronda por Ildefonso.
“Bebamos e comamos – dijo don Juan -, que ceremonia como la que celebramos hoy para el capitán, agora excelentísimo señor, ya le ha dado alimento al alma e debe dársela al cuerpo. A fe – dijo luego meditando – que no podré probar cuanto se sirve en esta mesa”.
Viendo Asio ante sí la taza de xoclatl, dijo:
“Mamita, chocolate como este no lo tomamos en casa”.


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