ntre cenas e homenajes, hubimos de volver el martes a Sevilla e de allí a Grazalema e, por expresa orden mía, se avisó a don Julio por decirle que no irían a la escuela los niños hasta el lunes por motivos muy importantes.“Nunca ha faltado a las clases Diego Jesús – dijo – desde que viene a esta escuela, e ya lleva tantas faltas como los suyos. Dad gracias de que son niños muy adelantados, mas sabed que las normas deste centro hay que cumplirlas”.
E así le dije yo mesmo que era por un motivo muy especial que podría cambiar todas nuestras vidas, e también saludólo Su Ilustrísima e confirmóle el motivo de las ausencias era bien importante.
Habiendo estado en Madrid toda la mañana del martes, se compró un regalo para cada uno de los que nos rodeaban e también para el servicio e ciertos adornos para la casa que no habíamos visto antes. Tanto compramos, que hube de comprar también una nueva valija para traerlos. Y en llegando a la casa hubo gran fiesta de grandes e pequeños, que no sabían cuál había sido la empresa ni sabrían todo sobre ella, sino que alegrábanse por nuestra vuelta. Así, dije al servicio se preparase la casa para una ceremonia e añadió a ésta Su Ilustrísima una Santa Misa en acción de gracias.
No quisieron esperar los niños desde nuestra llegada mucho tiempo, que una vez nos aseamos e cambiamos, nos sentamos en el salón por narrarles alguna cosa sobre lo sucedido e Marino, mirando mi capa, me dijo quedo:
“En el borde de vuestra capa, papá, veo tres grandes estrellas que antes no teníais e, tan grandes son que parécenme huevos fritos”.
E oyendo esto Marcos, echóse a reír, pues así le llaman en el ejército agora e, acercándose a mi niño, le dijo:
“Esos huevos fritos no son adorno para la capa, sino que han hecho a papá coronel, e ser coronel es cargo importante e así, también ha de ganar más dinero”.
“¿Más dinero? – preguntó el pequeño – Jo, ¿puedo decir esto a mis amigos?”.
“¡Claro hijo! – le dije -, mas pensad que la importancia de haber estas estrellas no es el dinero, sino el signo de distinción que no muchos tienen e así ha de ser cuando seáis mayor, que cuanto más e mejor trabajéis, también recebiréis otro tipo de estrellas”.
Fuese corriendo el niño hacia la puerta de la calle, abrióla, e le oí gritar: «¡Asio, Asio, Bebo!». E razoné por un instante e dime cuenta de que hacía tiempo que no los veíamos e levantéme e salí también a la calle.
Abrió don Esteban la puerta e fue gran alegría para entrambos el vernos e, cuando acérqueme a su portal, vio las estrellas (no las del cielo, sino las de mi capa), e dijo:
“¡Habéis cambiado de rango, según veo y en muy poco tiempo! Pasad, coronel, pasad, que de vuelta estamos”.
“Aqueso me tenía intrigado, pues creí vuestro descanso era de pocos días o algo había ocurrido”.
“No tal – contestóme entre risas – sino que fui llamado a Madrid con urgencia por haber un caso raro e con premura. Mas tengo agora otros diez días más para disfrutar desta tierra”.
“Ahí enfrente – le dije – tenéis la otra parte de vuestra casa. Visitadnos cuando os sea menester e no penséis es la hora de la cena ni cualquiera otra cosa”.
“Agradecido os quedo – respondió -, e me gustaría haber algunas pláticas con usía por saber el motivo deste ascenso”.
“Largo es de narrar – le dije – mas estaremos aquí toda la semana e ya se encontrará lugar para manifestaros lo ocurrido”.
“Yo, sin embargo – me dijo con gesto grave -, he tenido que parar el tiempo de holganza, pues no sé qué loco quería subirse a la cruz del Valle de los Caídos y he tenido que intervenir en ello”.
Así, sin hacer comentario alguno por lo oído, dije a los niños:
“¡Vamos, vamos!, que mañana habremos fiesta e habrá que cenar temprano e ir a dormir. Mañana veréis a vuestros amigos con tiempo, pues a la fiesta de casa queda esta familia invitada desde agora”.
En Grazalema e a veinte y dos de noviembre del año de dos mil e seis.


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