Habiendo gran despedida la noche anterior e viendo a los niños poco preocupados por nuestra partida, fue más fácil dejarlos en la casa con Chuti e Su Ilustrísima, e por la mañana, muy de temprano, teniendo yo cada cosa necesaria para esta empresa preparada, pusimos todo en el coche con el ayuda de Cayetano, que nos deseó buena suerte, e bajamos lentamente por las calles hasta emprender el viaje a Sevilla. Dentro de algo más de una hora, llegamos a la Estación de Santa Justa y, en otro poco, nos entramos en uno de aquellos luengos coches. A las doce en punto del medio día, partíamos para Madrid en el tormento que ya empezaba a gustarme, el «ave». E se nos sirvió allí una copa e luego un bocado e luego un almuerzo (he de decir que no muy apetitoso) y, entre pláticas, en Madrid estábamos antes de las dos y media.Sabiendo ya el inspector la hora de nuestra llegada, nos esperaba a lo lejos. Tomamos nuestro poco equipaje e fuimos a buscarle. Fue un encuentro tan cordial, que acabó Marcos diciéndole que al cabo sería él también de nuestra familia.
Subimos luego hasta donde paran los coches e nos esperaba uno con cochero e un guardia secreto. Lleváronnos a un comedor (de los llamados restaurantes) que había habitaciones separadas para el almuerzo. E todo era lujo e silencio, que se oía una lejana música al fondo. Así, nos dijo el inspector esperásemos una pieza porque llegase un coronel del ejército con el que habría de hablar, personalmente, algunos asuntos, e se nos sirvieron algunos bocados exquisitos a los que, educadamente, di buen cumplimiento.
“Supongo, capitán – dijo el inspector -, sabe don Marcos cada detalle del trazado para mañana, e así no habrá que dar detalles antes de comenzar estas pláticas”.
“No todo lo sabe, inspector – le dije -, que aunque nada le oculto, no quería sintiese pánico por lo trazado e negárase a venir”.
“¿Qué decís? - preguntó Marcos con enfado -. Algo me ocultáis e venimos a Madrid a quién sabe qué. Pensé se trataba de entregar la caja roja”.
“Así es – le tranquilizó el inspector -, que no se trata más que de entregar la caja roja, mas ha de hacerse este acto con pompa e circunstancia, como lo hacen los ingleses. Podríamos decir, que la entrega será una ceremonia e un rito. Si el resto de detalles no sabéis, mejor los ignoréis, que no hay cosa que temer, pues a salvo estaremos”.
“Ninguna otra pregunta he de hacer – dijo Marcos un tanto airado -, que se me oculta a qué misión vengo”.
“Erráis, don Marcos, erráis – dijo el inspector con calma -, que vos no estaréis en la entrega sino como testigo. Ved, oíd e callad e si cualesquiera cosas se hiciesen mal, dad vuestra opinión, que no venís a este numerito como cero a la izquierda”.
“Algún valor siento me dais, que es cosa a tener en cuenta”.


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