n llegando a nuestra casa, ya se había preparado el bocado que nos mantenía en pie hasta el almuerzo e cataba don Juan con mucho gusto una morcilla de doña Dolores. Vinieron primero los niños corriendo a preguntar todos juntos e Marinín se asió con fuerzas a mis piernas:“Esperad, niños, esperad – les dije -, que como veis entrambos venimos salvos e nada veo en esa casa que no tenga esta. Poca obra habrá que hacer, sino unirlas una a otra e poner nuevos muebles”.
“Seguro que están viejos – dijo Fermín – e todo lleno de polvo e telarañas”.
E agachándome a su altura, le dije:
“Hijo, ¿es eso lo que se dice en el pueblo?”.
“Sí, capitán – contestó con misterio -, e dícese también que el hijo de don Pedro pudo salvarse de la matanza, perdió sus piernas y en una silla con ruedas debe moverse”.
“A fe – contestéle -, que bien es cierto que al hijo de don Pedro le faltan las piernas, mas puedo aseguraros que en esa casa ni hay polvo ni telarañas ni fantasmas ni cosa que se les asemeje, sino algunos muebles. Cayetano e yo estaremos una semana en ella arreglando cosas e durmiendo allí; si viésemos cualquier extraño, diré a don Pedro lo visto e le devolveré sus llaves”.
“Y con un buen relicario e agua bendita – apostilló Su Ilustrísima – queda esa casa limpia de polvo e de mala fama. Bien me parece lo que habéis pensado, que en mi casa he tenido yo casi toda la vida…. alguna cosa rara e vivo sigo de buen ver, según decís”.
“Sea pues – dije catando la morcilla -, que esta semana he de quedarme aquí por ir preparándolo todo e, quizá, cuando vuelvan vuesas pequeñas mercedes, encuentren una bonita sorpresa”.
E hubo gran fiesta e contento durante una pieza, la cual aprovechó don Juan para dar buena cuenta de las pocas viandas que en la mesa quedaban.
Así, me llegué a la tienda cercana (que llaman de Castro) e compréles dulces e chocolates para la merienda mas, subiendo el poco tramo de calle que de la tienda nos separa, pasó junto a mí una mujer muy enlutada e con la faz embozada e parándose un punto a mi lado, me dijo:
“No compréis esa casa, que una gran desgracia os traerá”.
E volviéndome hacia ella, le dije en voz alta:
“¡Quitaos el embozo, que con un capitán habláis! E desde este momento, ya podéis ir diciendo por todo el pueblo que el hechizo de la casa lo ha espantado el Capitán Alacaída, que han salido fantasmas y espectros huyendo e toda ella ha quedado limpia por orden de Nuestro Señor Jesucristo”.
E quitándose el embozo e con mirada muy fija, me dijo:
“A mí no me engañáis, seáis campesino o marqués”.
En Grazalema e a veinte e seis de noviembre del año de dos mil e seis.


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