10 noviembre, 2006

Del tenso viaje a Grazalema por mis pensamientos

ecidimos no hablar más de aquello pues los niños estaban prestos a llegar. Marcos siguió intentando aclarar algunos asuntos e le advertí que si hablaba de lo tratado delante de las criaturas inocentes, tendría que vérselas conmigo. Con esto, me pareció hizo lo que le dije, mas mantuvo un gesto agrio hasta la noche.

Llegaron los niños, la alegría de mi casa, la sabiduría sin maldad; almorzamos e preparamos el viaje a Grazalema. Dejé a Julio con Chuti en casa e pasamos al apeadero para la partida e hubo grande alegría e contento, pues los niños comprendían Julio se quedase con su futuro padre e deseaban compartir el tiempo libre con Marcos e conmigo.

Llegados que fuimos a la venta del Tikutín, se hizo la parada obligada e salí a ver e oler el bosque de pinsapos en la penumbra. Al punto vino Marcos e, sin decir otra cosa, intentó hablar de los textos leídos aquella mañana e así le contesté:

“Mi compañero sois; nadie va a impedir esto sea así, mas si no cumplís el acuerdo que tenemos de no hablar desto leído esta mañana, os prometo volveremos a Sevilla, haréis vuestro equipaje y partiréis para Madrid”.

“¡Dios Santo!, Marino – dijo -, que no quiero llegar a esos extremos”.

“Mantened vuestra boca cerrada – le dije – e haced cuanto yo os ordene, que además de ser mi compañero, os pago con creces vuestro trabajo. Delante o cerca de los niños, silencio”.

“Perdonadme – me dijo -, que no sé ni do me hallo ni a do he de ir. A fe, que creo en vuestras palabras como en la Biblia, aunque ésta fuese falsa. Perdonad mis fallos e permiso os doy para decirme calle cuando sea necesario”.

Luego del descanso, volvimos a tomar el camino hasta llegar al pueblo e fuimos muy bien recebidos por el servicio. E aún siendo de noche, dejé a los niños en sus juegos e a Marcos en el salón e fuíme a dar un paseo por las calles hacia arriba y, en llegando a un sitio que es llamado «el Calerín», muy cerca del lugar donde la gente duerme a la intemperie, miré hacia la lontananza viendo todo el pueblo a mis pies a escuras, más iluminado por las farolas. “¡Dios Todopoderoso!, me dije, ¿qué cosas estoy pensando?”.

En Grazalema e a diez de noviembre del año de dos mil e seis.

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