aseamos con los niños calle arriba hasta la iglesia de San Isidoro y en ella entramos una pieza, que es maravilla de ver su interior así de día como de noche. Dícese que es ésta la parte más alta de Sevilla y ha de serlo, que todas las calles que de la pequeña plaza salen van hacia abajo. Así bajamos otra pieza hasta la Plaza de la Alfalfa, donde se han reunido durante muchos años vendedores e compradores de animales los domingos por la mañana (pájaros más que otra cosa había) y era maravilla de ver para mayores e pequeños. Prohibido agora excusándose en unas fiebres de las aves, porque hay indeseables que trafican con animales robados, los maltratan e otras razones. Hubiera yo exigido un registro para la venta por no destrozar semejante tradición. Mas hay aún alguna tienda de animales (la que visité por la mañana) e allí llevamos a los pequeños que, antes de entrarnos, pegaron sus narices al cristal de la ventana por ver algunos bellísimos animales.“Los animales – dije a los niños – no son inferiores ni esclavos de los hombres, otrosí, hay hombres de comportamiento cruel que como tales los tratan e son éstos a los que deberíamos tratar como animales. Tomad pues cada uno a un animal como vuestro amigo; alimentadlo, jugad con él, cuidallo. Advertidos estáis de que si no lo hacéis así, aquí volveré a atraerlos porque sean cuidados como se merecen”.
“Dícese del «toro de cuerda» de Grazalema – dijo Fermín – que es maltratado haciéndole subir e bajar las calles e produciéndole sufrimiento”.
“No hagáis caso destos falsos defensores – le dije -, que el toro que se saca en Grazalema ha un privilegio e muere luego como mueren todos los animales que son para nuestro alimento y su carne e la venta de ésta se da a las familias necesitadas en caridad. Hay una pequeña diferencia entre matar e sacrificar a un animal: lo primero se hace por placer de matar, lo segundo por cubrir nuestras necesidades ¿Pensáis que las plantas no están vivas? Si hiciéramos caso a estos falsos profetas, no podríamos ni chupar las piedras para alimentarnos”.
“¿Están también vivas las piedras? – preguntó Marinín asustado -.”.
“No, hijo – contestéle con prudencia -, mas en su superficie viven millones de seres que no podemos ver e también nos son útiles”.
E oyéndome, dijo Marcos aún más:
“Comemos carnes de ternera o de cerdo porque son sacrificados, mas nadie dice que alguien los ha cuidado antes con mucho amor porque tengamos todos viandas riquísimas. El toro de lidia existe porque hay gente que lo cría para ello; si así no fuese, hubiese ya desaparecido como desaparecen los burros, por desprecio al animal por su inutilidad. Los animales que veis no son de comer, sino que son amigos que os pueden ayudar en muchas cosas, e no se trafica con ellos como si esclavos fuesen, sino que se paga por ellos porque a alguien le ha llevado mucho tiempo criarlos para que los tengáis agora sanos”.
E con esto, nos entramos en la tienda y era maravilla de ver las caras de los niños tanto como los animales que allí había. E cada uno fue mirando lo que más le gustaba e fueron dando vueltas e mirándolos tanto tiempo, que hube de decirles habían de decidir cuál era su nuevo amigo. Así, Fermín eligió un camaleón, que tenía su tarjeta con el permiso; Marinín eligió una cacatúa, aunque no sabía si elegirla por su precio; Diego Jesús eligió un bellísimo cachorro de perro; e Julio quería como amigo otro precioso cachorro que era perro de aguas criado en la Serranía.
Volvimos a casa Marcos e yo oyendo con atención lo que nos decían; e no podíamos hablar, sino dar turnos. Faltaba elegir el nombre de cada uno.
“Éramos pocos, e parió la abuela – dijo Marcos -, que a cuidarles me veré obligado”.
En Sevilla e a trece de noviembre del año de dos mil e seis.


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