29 noviembre, 2006

Del encuentro con don Pedro Salas e su hijo Gregorio

inieron por la tarde dos mozos bien gallardos de la tienda de muebles de Ronda e, mirando mis apuntes en el libro, fueron visitando la casa e faciendo muchas preguntas e anotando cuanto yo les decía, que bien sé lo que quiero tanto como lo que a Marcos le agrada. E traían otro libro con imágenes de los muebles e cada una dellas un número tenía e así les decía yo cuál me gustaba, así tomaban ellos nota en otro libro. Aclaréles finalmente que habría que esperar se hiciese el contrato de la casa e diéronme unos números de teléfono por no tener que volver a Ronda una vez decidido.

Bajamos luego el tercio a la casa de don Pedro Salas por entregarle los papeles encontrados e ver si alguna cosa se aclaraba sobre la casa. Era la casa de don Pedro bien amplia e poco amueblada, que su hijo necesitaba espacio para moverse por ella. En el salón encontramos a Gregorio en su silla con ruedas e nos sonrió al entrar e diónos la bienvenida e invitónos a sentarnos. Así, le dije a entrambos estaba decidido a quedarme la casa, que aunque alguna cosa extraña en ella se veía, era muy de nuestro agrado.

“¿E qué cosas extrañas son esas que decís? – preguntó don Pedro -, que a la limpieza no se falta aunque el dinero me cuesta e nadie me dice qué hay de raro en ella”.

“Acaso no habéis visto una banqueta que junto a la chimenea se haya – le dije -, mas extraño me parece, pues el primer día que entramos vos mesmo en pie la pusisteis”.

“Cierto es eso – contestó – e muchas veces la he mirado por ver ti tiene alguna pata rota e nada hallo, mas no encuentro sea ese motivo para abandonar la estancia en la casa”.

“Si hemos de seros sinceros – apuntó Su Ilustrísima -, sí que nosotros tres aquí presentes hemos oído e visto cosas no muy agradable e, cada vez que se pone en pie la banqueta, parece espera ésta a que nos ausentemos para volver al suelo”.

“Cosa rara me parece – dijo don Pedro con intriga -, que yendo yo allí tan a menudo no haya visto cosa alguna, sino que la banqueta se cae”.

“Otras cosas hemos visto, señor – espetó Cayetano -, que podríamos comentar después, mas lo que nos trae aquí no es aqueso, sino que, tal como vos decís, parece la banqueta espera nuestra ausencia para volver a caerse al suelo”.

“Desta forma – continué -, mi hijo la levanta e ante nuestros ojos cae e, preguntándonos qué cosa sería aquello, hemos visto su interior abriendo la parte baja y, en dentro del forraje, este abultado sobre hemos hallado”.

Así, se lo entregué e me pareció no entendía nada, mas al abrir el sobre e ver tanto dinero en pesetas, lo dio a su hijo y éste, al mirar su interior, dejólo sobre la mesa, movió las ruedas de su silla para darse la vuelta e púsose en llanto.

“¡Santo Dios! – le dije -, ¿alguna cosa hemos hecho mal por ventura?”.

E levantóse Su Ilustrísima e fue a consolarlo e hablaron una pieza y le tomaba Gregorio con fuerzas por el brazo. Así, pasada una pieza, volvióse el joven hacia nosotros e nos dijo iba a referirnos la historia que vivió. Apareció su madre, le besó e dejó sobre la mesa café para todos e algún dulce que tomar e asió las manos de Su Ilustrísima e le hizo gran reverencia.

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