errada la puerta al partir tan desagradable personaje, vínose hacia mí el general casi en llantos:“¿Qué habéis hecho? Pensaba otro plan teníais para no dársela. ¡Me decepcionáis!”.
E abriendo lentamente el bolso de mi capa delante del general, saqué la caja auténtica envuelta en el paño adamascado:
“¡Esta!, usía – le dije -: esta es la caja roja que representa a España. Lo que le he entregado es una copia”.
“¡Santo Dios! – dijo al verla -, que aunque parejas se ven, tiene esta algo de magia que puede percibirse”.
E acercóse el abad mitrado e, tomándola en sus manos dijo: “Esta caja tiene eso de lo que aquella adolece”.
Así, viniendo entonces hacia mí el coronel, me dijo:
“Cuando se hace una promesa ha de cumplirse si se es hombre e no pelele como hemos visto. Vos la habéis cumplido con creces e yo os hice otra promesa”.
E llamó con un gesto a uno de la guardia que trujo otro estuche. Acercóse el general hacia mí e, abriendo la tapa de aquella caja de piel, sacó una medalla de extraña forma:
“Sois desde ahora nombrado coronel e con honores y se os impone esta cruz que habréis de llevar siempre en grandes solemnidades”.
“Habiendo pasado tantos años como capitán – le dije -, casi preferiría se me siguiera llamando por ese grado”.
“¡Tómese nota agora! – gritó -, que es deseo del Coronel Alacaída que se le siga llamando capitán”.
E volvimos luego a Madrid e hubimos una cena luenga e todos me decían usía. Con esto, dije ser el marqués de Fuentefría además de coronel, e así dijo el general:
“¿A qué bajar la nobleza de hombre tan noble, que siendo capitán es marqués e agora coronel? Sea su tratamiento el superior dellos: excelentísimo señor. Aquí tenemos, pues, al Excelentísimo señor Coronel Alacaída e marqués de Fuentefría, conoscido por propia voluntad como Capitán Alacaída”.
E hubo gran silencio e todos restaron en pie mirándome e no se movían sino las manos temblorosas de Marcos, que cosa tal no habría visto en su vida.
En Grazalema e a veinte y uno de noviembre del año de dos mil e seis.


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