ecogiéronse la bandera, el catalejo e pocas cosas más que portábamos y bajamos las escaleras en una tenebrosa penumbra crepuscular entrando luego en el «ascensor» e, en una bajada interminable, salimos a unos pasillos subterráneos e nos condujo la guardia hasta una de las salas también cavada en la roca.“Capitán – saludáronme el coronel y el general -, bienvenido seáis. Esta locura vuestra ha terminado o, según se mire, comenzado, que aún habréis de entregar esa caja a quien nunca debería tenerla en sus manos”.
“Hase visto – le dije -, e también lo ha visto Andrés, que multitud de cuerpos e corazones unidos alzaban sus manos por defender la unidad que nunca, nunca, e así os lo aseguro, ha de romperse”.
“Viene la guardia – dijo el coronel – trayéndole aquí. No le entregaría yo tal presea ni habiendo hecho juramento, mas vos sabéis qué cosa debéis facer”.
E meditando un poco lo que iba a decir, me dirigí al general:
“Esos que están ahí afuera son franquistas, nostálgicos tal vez de un personaje, mas ahí no acaban sus propósitos, sino que buscan una España unida por siempre. Ya esto se ha demostrado. Mas quiero dejar bien claro, si me lo permitís, que aunque conocí al general dictador e nunca comulgué con sus ideas, lo que prometió cumplió, pues la unidad no se deshizo. Agora, como un mensaje desde su tumba, de profundis, arrojado desde lo más alto, sabemos que los españoles no quieren ser partidos en pedazos”.
“Capitán, por Dios os lo pido – dijo el general -, no entreguéis a ese hombre la caja”.
“Confiad en mí, general – le dije –, que aún no ha terminado esta escena”.
Sonaron unos tenebrosos golpes en la puerta e fue abierta; allí estaba la guardia con Andrés. Quedóse éste como estatua de jardín romano e pasó la guardia a dar sus saludos e, una vez dado cumplimiento a tanto protocolo, díjole el coronel a Andrés pasase e, dando pasos muy cortos y con gran desconfianza, entróse en la sala.
El Abad mitrado benedictino mantenía solemnemente en sus manos la supuesta caja simbólica, valiosa e de muy antigüo. E así, le dije a la albóndiga sebosa:
“Nunca más desconfiéis de lo que os diga el Capitán Alacaída, que mi palabra la trazo con mi espada sobre el suelo, la pared o la carne de un hombre; bien lo sabéis. Aquí, en las manos del abad, tenéis lo prometido (oyéronse rumores) e os será entregado. Una vez tengáis la caja en vuestras manos, os llevará la guardia a la salida, tomaréis vuestro coche e desapareceréis del mapa e, si algún día se pretende hacerla añicos o quemarla, os aconsejaría yo os fueseis antes a París o a Roma, que lo que a la caja hagáis, a España ha de ocurrirle; e vos, aunque no lo queráis, ¡sois español!”.
E acercóse el abad a Andrés sin extender sus manos en gesto de entrega e tomó Andrés la caja e la guardó bajo su mugrienta chaqueta. Así, lo tomó la guardia e lo sacó de aquel lugar.


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