brió el otro guardia el estuche de piel e sacó dél un a modo de catalejo de gran tamaño e lo puso sobre un pié e, después de moverlo a un lado e a otro, me dijo veía a Andrés. Así, miré por las lentes e, le vi tan de cerca, que retiréme al punto. El otro guardia abrió la funda de lona luenga e salió della una enorme bandera de España que dejó escondida hacia el otro lado de la cruz.Al cabo, comenzó la ceremonia e veía uno de los guardias todo cuanto hacía Andrés. E duró la ceremonia más de lo que yo hubiese deseado hasta que llegaron hasta nuestros oídos unas voces cantando en la lejanía. El rito había terminado.
En tal momento, me advirtió el guardia de la bandera era la hora de entregar la caja e alzó la bandera ayudado por su compañero e Marcos, e di aviso por teléfono a la albóndiga sebosa:
“¡Andrés! A la vista me tenéis e con la caja en la mano presta para la entrega”.
E miró Andrés a su en derredor tan asustado, que el guardia que de cerca le veía echóse en risas.
“¿Dónde, capitán? – preguntó asustado -, a fe que no puedo veros entre tanto franquista e tanta bandera”.
“Mirad a lo alto (me decía el guardia hacia dónde miraba); más alto, capullo, que esto tiene su tope”.
E alzando la cabeza muy de espacio miró a lo alto de la cruz e vio la bandera e pareció ver algo se movía ante ella ondeante, e alzando mi mano diestra mostréle la caja roja.
“¡Estáis loco, capitán! – gritó casi con pánico - ¿Cómo vais a dármela desde allí arriba?”.
“¡Fácil es! – respondile a gritos porque bien me oyese -; decid a todos los que os rodean que desde lo alto de la cruz ha de caer un objeto que no debe romperse, pues su significado no es otro que la unidad de España”.
E como loco llevado por los diablos púsose a señalar a lo alto de la cruz e a decir lo que yo le había comunicado, e esto mesmo hacían los guardias que le acompañaban. Con esto, mientras el guardia me decía la gente miraba e señalaba a lo alto, fui levantando los brazos parejos con la caja roja e comencé a gritar:
De profundis clamo ad te, Domine,
Audi vocem meam!
Volví algo el rostro por dar seguridad a Marcos.
Fiant aures tuae intendae
Ad vocem obsecrationis meae.
Si delictorum memoriam serva veris…
Y empujando con todas mis fuerzas la caja hacia la muchedumbre vila caer con lentitud, e luego, volviendo mis ojos, vi la enorme bandera se alzaba desplegada al viento.
Domine, Domine, quis sustinebit.
“¡Santo Dios! – gritó aterrorizado Marcos -, si la caja se hace trizas…”.
La muchedumbre de abajo aplaudía e agitaba sus brazos e pareciónos ver cómo la caja, en su caída, iba dejando tras de sí una estela blanquecina.
Los cuerpos que llenaban la explanada cerca de Andrés, se unieron unos a otros alzando todos sus manos e, según decía el guardia del catalejo, Andrés parecía suspenso al observar lo que ocurría. Al llegar la caja a las manos, fue recogida por muchos e, estas mesmas manos la fueron pasando hasta la entrada a la basílica. Allí la recogió un guardia e la llevó con cuidado hacia el interior, e Andrés intentaba abrirse paso hasta que los guardias que lo acompañaban lo tomaron por los brazos llevándoselo de aquel lugar.
El abad mitrado esperaba su llegada e la recibió en sus manos, pasando luego a la parte oculta donde encuéntrase la sacristía e algunas salas.
“¡Andrés! – le dije dándole aviso al teléfono - ¿Habéis visto la caja?”.
“¡Idiota, capitán! Podríais haber acercaros y dármela ¿Es esto una entrega?”.
“No puedo acercarme a vos agora – le dije -, ya lo sabéis, mas he de veros”.
“¿Hombre de palabra? – gritó - ¡Me habéis engañado!”.
“No tal – respondile -, que en poco se os dará en la mano”.
Y volví a colgarle.


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