os entramos por la carretera que lleva al Valle de los Caídos e dióme el general señal para el próximo aviso e, viendo esto, dijo Marcos:“Esto imaginaba, que tanto secreto no podía llevarnos sino a algún lugar muy secreto, mas venir a este sitio un veinte de noviembre…”.
“¡Saludos, Andrés! El ejército os llama, que si ya habéis llegado a la Puerta de Hierro, habréis de tomar agora la carretera que os lleva a El Escorial”.
“Paréceme, capitán – respondió -, adivino vuestras intenciones. Espero que sea en el sitio que sea, recoja hoy la caja o nos veremos frente a frente”.
“Frente a frente nos veremos hoy mesmo, Andrés – le dije -, que por tal cosa no habéis de preocuparos, que si os he dicho tendréis la caja, así será”.
E con mucho enfado e alzando la voz me dijo:
“¡Imbécil! ¿A lugar tan denigrante me haréis asistir en día como hoy?”.
“Si queréis la caja… - apunté -, vuesa merced tome la decisión. Y habréis de llegar a partir de las cuatro y media, que antes no creo os dejen pasar ni mostrando vuestra falsa placa de oropel de defensor del pueblo. La ceremonia comienza a las cinco en punto; ¡no faltéis! Y estad atento”.
E colguéle, mas parecióme oír el principio de algunas palabras malsonantes.
“¿Asistirá a la cita? – preguntó el general –. Es éste individuo rebelde e de condición traidora, que sería capaz de perder la caja por no pisar el sitio a donde nos dirigimos”.
“No es sitio de mi santa devoción – dijo Marcos e recibió un codazo en el vientre -, mas no creo a nadie pase nada por visitarlo. Bien, muy bien, me parece tenga que venir este criminal aquí si quiere tal caja”.
E pasamos los cuatro enormes pilares que dan entrada al lugar e que son llamados los «juanelos», que preparó para el Emperador Carlos V, Juanelo Turriano y en Toledo se hallaban. Pesando cada uno más de 54 toneladas, tienen hasta metro e medio de diámetro e once de altura. Entramos pues en lugar muy sagrado para unos e infame para otros.
“Andrés, cuando paséis los juanelos, mostrad vuestra sucia placa e seréis acompañado por un par de guardias”.
“¡Capitán, capitán, no colguéis! ¿Es que acaso no sabéis qué día es hoy e lo que se celebra a las cinco desta mesma tarde?”.
“Lo sé, lo sé; e no he de ser yo quien lo celebre, sino vos; desde el principio hasta el final e mirad que tendréis escolta que cuidará de vos e verá también si lleváis el acto con… devoción. Si no es así, no hay caja”.
“¡Capitán! ¿Qué me hacéis?”.
En el «ave» y en Grazalema a veinte de noviembre del año de dos mil e seis.
Continuaré.


No hay comentarios.:
Publicar un comentario