n uno de aquellos coches grandes, negros e con banderolas de España al frente, comenzamos a movernos por Madrid hacia la llamada Puerta de Hierro, e ya Marcos iríase haciendo una idea de lo trazado. Salimos por la carretera que lleva a La Coruña (que es llamada la V-6) e al poco de salir de la parte de la ciudad con las casas más altas, veíase, a lo lejos, de forma majestuosa, la enorme cruz del Valle de los Caídos.“Algo me parecía a mí sabía del lugar de entrega – dijo Marcos -, e pienso mi intuición se acentúa”.
“Cuando estemos prestos a la llegada – le dije -, será cuando llame a la albóndiga sebosa por decirle hacia dónde debe tomar, que en esto siempre habremos de llevarle ventaja”.
“¿No hay otro sitio… más discreto en toda España – preguntó Marcos – para una cita tan sencilla?”.
“¿Sencilla decís? – le miré riendo –. Esperad una buena pieza e veréis no es tan sencilla. ¿Recodáis lo dicho de la araña que colgaba del techo? Allí se pone por estar a buen recaudo, mas no temáis que no se hace así sólo por seguridad, sino como símbolo, como lo es la caja”.
E me hizo el general unas señas por dar el siguiente aviso:
¡”Andrés! Aquí tenéis el segundo aviso. Al momento especial nos acercamos”.
“Decidme, capitán – respondió -, que por mi familia os juro que me tenéis las carnes abiertas”.
“¿Si? No tened cuidado, que nos acercamos a la entrega. Tomad agora el coche e dirigiros hacia la Puerta de Hierro e tomáis la carretera de La Coruña que dentro de otro poco os diré donde estamos”.
E colgando el teléfono, le dije a Marcos que la albóndiga sebosa pensaba yo le tenía con las carnes abiertas y echóse a reír:
“Colgado de un garabato bien fuerte e abierto en canal, como están los cerdos ya por San Martín”.
“Ese hombre del que reís – dijo -, Andrés Plaza, a veces parece hombre cordial, mas os advertiría yo no os acercarais mucho a él, que es hombre harto peligroso. Tiene su licencia de guardia ¿Cómo la consiguió? Puede un hombre capaz de hacerse pasar por persona de bien llegar a las más altas instancias e, una vez allí, sacar su verdadero yo criminal. Ese es Andrés. Me gustó verle la última vez con una a modo de bandera de España en el entrecejo”.
Echóse el general a reír e reímos nosotros también e, volviéndome luego hacia él, le dije:
“En el primer e único encuentro que hubimos en Sevilla, puse yo esa bandera en tal sitio con mi blanca, general, que así ha quedado marcado como cerdo ibérico para toda su vida”.


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