l cabo, sonaron las músicas de mi móvil con el aviso del inspector:“¡Capitán! ¿Estáis entrambos prestos a la aventura desta empresa?”.
“Prestos estamos, inspector – ponía atención Marcos –. Vos decís agora el lugar de encuentro para el almuerzo donde se tratarán los últimos detalles”.
“Así será, que no es sino el mesmo donde ayer almorzamos. Tomad un coche e procurad estar allí a la hora, que han de ser las dos e no más tarde”.
“Como decís haremos – le dije – que ya casi en aburrimiento entramos de tanta espera enclaustrados”.
Dentro de una hora, tomamos un coche hasta el lugar apuntado e, al llegar, en la puerta veíanse ya hasta cuatro grandes coches negros con la bandera de España en su parte delantera e adiviné en el techo de uno dellos una funda de tela gruesa como lona militar que escondía algo que adivinábase de hasta cinco metros de longitud e no era abultada. Allí nos entramos e se nos dijo pasásemos a un «reservado» más grande, donde ya nos esperaban algunos militares. E todos estaban en pie tomando una copa e la dejaron en la mesa e me rindieron saludo como a general: «Descansad, descansad, que no soy sino capitán e veo por aquí estrellas de ocho puntas».
Así se nos sirvió una copa e se nos dijo habíamos de esperar al coronel e a un general, mas en pocos minutos aparecieron e todos rendimos el saludo debido. E parecióme el general hombre muy alegre e de mucha parla, pues una buena pieza estuvo conmigo conversando e riendo, que ciertas cosas que decimos los sevillanos (aunque yo no lo sea), son de su agrado.
Ya en el almuerzo, e razonados algunos asuntos, tomé el teléfono e llamé a la albóndiga sebosa, que por no decirle este tipo de apodo, hube de llamarle Andrés, quitándole el don.
“¿Andrés? Llegó el día según parece y en Madrid me encuentro”.
“¡Ay, capitán, que si no asistís a la entrega me cuelgan de un pino!”
“E… ¿Resistiría? – preguntéle”.
“No sé si lo resistiría – me dijo – que mi cuerpo es débil e mi cuello no es muy fuerte”.
“Referíame yo – apunté – a que si el pino resistiría vuestro peso, mas no es esto cosa de importancia agora, sino que habréis de tomar buena nota de lo que os voy a decir”.
“Así lo haré, capitán – respondió de contento -, que cuanto me digáis he de hacer, que no quiero yo la caja para mí, sino que encargado estoy de recogerla”.
“Pues así os digo – comencé -, que tengáis coche preparado para el transporte desde agora, pues en cualquier momento seréis avisado. ¡Nada de armas! Seréis bien registrado a la llegada al lugar e tendréis siempre muy cerca guardias que sí irán armados. Al sitio se os llevará; primero diciéndoos por teléfono hacia dónde dirigiros e luego serán los guardias los que os señalen el sitio exacto. Si la caja no llegase a vuestras manos como os he dicho, se os avisará de nuevo para que la tengáis”.
“Gracias, capitán – díjome asombrándome -, que otro no hubiera cumplido lo pactado con un desconocido como yo”.
“No las merezco – le dije -, Andrés, que vos habéis cumplido, aunque con trampas, vuestra parte. Soy yo agora el deudor y he de cerrar esta cuenta. ¡Atento a los avisos!”.
E le colgué (cosa que empezaba a gustarme), dejándole con alguna otra pregunta en su sesera.


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