asados los juanelos, paró la guardia al seboso Andrés, pidió su placa e le llevaron al lugar donde debería estar inmóvil durante toda la ceremonia, casi en el centro de la gran explanada que se extiende delante de la entrada a la basílica. Cientos de banderas españolas ondeaban al aire frío de aquella tarde e allí hubo de esperar este hombre hasta media hora.Mientras aquello sucedía, la comitiva de coches oficiales se dirigió a la parte trasera de los riscos donde se levanta la majestuosa cruz que sube hasta los 1.750 metros de altura. Pasamos luego por unos pasillos debajo de las piedras e llegamos a unas extrañas estancias e, luego de hablar con algunos otros guardias, recorrimos largos pasillos obscuros hasta llegar a una sala pequeña e inquietante. Allí, despidiéronse de nosotros varios acompañantes e abrióse la puerta de uno de estos que llaman «ascensores» e que sólo podía llevar a cuatro personas. Con mucha dificultad, introdújose allí el bulto que me parecía tenía hasta cinco metros e otro bulto en estuche de piel. Así, comenzó una subida que se me hizo eterna hasta llegar a otra pequeña estancia e salinos a ella. Unos de los dos guardias que nos acompañaban nos indicó que los pasillos que veíanse a cada lado no eran sino los brazos de la cruz, que de lado a lado tienen hasta cuarenta e siete metros suspensos en el aire. Así, seguimos el ascenso, ya más corto, hasta una estancia pequeña e que parecía poco visitada, e desta partía una escalera estrecha de metal hasta una portezuela en el techo. Al abrir el guardia la portezuela, entró un viento gélido que nos hizo estremecer e subió luego a la parte de afuera. Cuando pude subir aquellas inseguras escaleras, salía a un lugar indescriptible. Era una terraza, no muy grande, a cuyo en derredor veíanse paisajes muy lejanos y el viento era fuerte e muy frío. Sentía cómo el suelo movíase de lado a lado, aunque no mucho. Acercándome luego al pretil donde se hallaba uno de los hombres de la guardia, sentí mis piernas no podían seguir en pie mas hube de hacer un gran esfuerzo. Estábamos en la cimera de la enorme cruz de ciento e cincuenta metros desde los riscos e veíase la gran explanada de la entrada a la basílica, llena de gentes e de banderas, a trescientos metros más abajo. Agarrado a las piedras, pude mantenerme en pie.


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